Las sociedades suelen retratarse en las palabras que repiten. Hay frases que aparecen de manera espontánea y terminan describiendo el estado de ánimo de millones de personas. En México, pocas han ganado tanta fuerza en las últimas semanas como «¿Y si sí?». Nació alrededor del futbol y hoy forma parte de las conversaciones familiares, las oficinas, las escuelas, los programas deportivos y las redes sociales. La expresión resume un momento colectivo en el que millones de personas depositan su confianza y sus expectativas en la Selección Mexicana de cara al partido frente a Ecuador.
El futbol ocupa un lugar privilegiado en la vida pública mexicana porque tiene la capacidad de reunir, durante unas horas, a personas que normalmente viven en mundos distintos. El aficionado que llena un estadio, el trabajador que sigue el partido desde su celular, la familia que reúne varias generaciones frente al televisor o el grupo de amigos que convierte un restaurante en una pequeña tribuna comparten la misma emoción. El balón crea una conversación nacional que pocas actividades consiguen generar.
En ese contexto apareció el “¿Y si sí?”. La frase se convirtió en una invitación a mirar el partido desde la posibilidad y no desde el temor. También representa una manera distinta de asumir los desafíos colectivos. En lugar de buscar explicaciones antes de que ocurra el desenlace, propone esperar, competir y confiar en el trabajo realizado.
Este martes 30 de junio, México enfrentará a Ecuador en uno de los partidos más importantes de la Copa del Mundo. Todo apunta a un encuentro de máxima intensidad. Noventa minutos reglamentarios que podrían extenderse al tiempo extra y, si la igualdad permanece, hasta los siempre dramáticos tiros penales. Cada jugada será observada por millones de personas dentro y fuera del país.
Durante ese tiempo ocurrirá un fenómeno que trasciende el deporte. El país volverá a compartir una misma conversación. Los desacuerdos cotidianos quedarán en pausa mientras el balón recorra la cancha. Las diferencias partidistas perderán protagonismo frente al deseo común de ver avanzar a la selección nacional. Morena, PAN, PRI, Movimiento Ciudadano o quienes no simpatizan con ningún partido encontrarán, al menos por unas horas, un mismo motivo para mirar hacia el mismo lugar.
No se trata únicamente de apoyar a once futbolistas. También se expresa un sentido de pertenencia que pocas veces aparece con tanta claridad. Cada gol, cada atajada y cada recuperación del balón se convierten en emociones compartidas por millones de personas que, aunque no se conozcan, experimentan el partido como una experiencia colectiva.
Quizá esa sea la mayor enseñanza del “¿Y si sí?”. La frase recuerda que la confianza también forma parte del esfuerzo. Ningún equipo entra a una cancha pensando que el resultado está decidido. Cada partido representa una oportunidad distinta y exige competir hasta el último minuto. Esa disposición también tiene un valor fuera del deporte.
Cuando el árbitro marque el inicio del encuentro, México volverá a detener su rutina. Comercios, oficinas, escuelas y hogares dirigirán su atención hacia la misma cancha. Durante noventa minutos, ciento veinte o una tanda de penales, el país respirará al mismo ritmo. Pase lo que pase en el marcador, esa capacidad de reunirse alrededor de una esperanza compartida explica por qué el futbol sigue siendo uno de los pocos espacios donde millones de mexicanos encuentran un mismo lenguaje.
Porque, al final, el “¿Y si sí?” no habla únicamente de un partido contra Ecuador. Habla de una sociedad que, por unas horas, decide creer que todo puede suceder.

