Un recuerdo puede diluirse con el tiempo y dejar sólo la sensación, la idea, el concepto. Un recuerdo puede borrarse a punta de calmantes, ansiolíticos, antidepresivos, somníferos, terapias, exceso de trabajo, mucha vida social y ocupaciones, pero hay cosas que se anclan a la memoria y que permanecen ahí esperando que uno tenga el valor suficiente para bucear en ellas.
Avenida 10 de Julio, Nona Fernández
Recientemente editado para México e Hispanoamérica a través del Fondo de Cultura Económica, la novela Avenida 10 de Julio de la escritora Nona Fernández no puede ser pensada de otra forma –a mi parecer– más que como un libro hecho para la hecatombe interna. Aunque no en un sentido negativo.
Para explicarme, primero quisiera que pensemos en los fantasmas. Llegan a nuestra mente imágenes de espectros flotantes cuyo propósito principal es perseguirnos. Existen diferentes adaptaciones tanto literarias como cinematográficas sobre su naturaleza, la mayoría es sobre el miedo que provocan porque, según indican, buscan asustarnos y atormentarnos sin un tiempo determinado. Para Nona Fernández, la nostalgia, la impotencia, la injusticia, el dolor de la perdida también pueden ser espectros que nos perseguirán por largo tiempo, tal vez incluso después de afrontarlos.
La historia comienza en Chile, con Juan, quien tras ver una fotografía tomada hace más de quince años por el periódico local recordó a Greta, una querida amiga de sus años de adolescencia. A partir de ello, decide escribirle una carta expresándole su añoranza a su presencia tan singular.
A medida que las cartas aumentan, podemos ver cómo éstas se intercalan con la vida de Juan, la cual él mismo nos relata de forma fragmentada. Este detalle conectará los eventos: a veces nos encontramos en medio de los recuerdos tan detallados de Juan sobre sus días como revolucionario y anarquista a la edad de 15 años, cuando junto a sus amigos tomaron el Liceo al que asistían como protesta a las injusticias que afrontaban; de golpe volvemos a su presente que poco a poco lo presiona a “avanzar” –sea lo que sea que eso signifique– para los beneficios personales de quienes se lo piden.
La voz íntima que crea la autora genera dudas, invita al lector a unirse en su proceso de investigación y duelo, casi como haciéndolo parte de la historia. Así conocemos a un hombre cuya vida llevaba un ritmo acelerado, a la luz de su trabajo como periodista, con apenas tiempo para él o su vida en general. Cierto día, decide retar su propia rutina: en algún momento, después de llevar a su esposa Maité al trabajo, permanece varios minutos en su auto para apreciar la lluvia, sintiendo después de mucho tiempo la calma.
Claro que en nuestra sociedad dominada por el sistema capitalista necesitar un respiro es sinónimo de demencia. Una vez tomada esta decisión, las personas a su alrededor exigen una explicación “lógica” para tan tajantes acciones. Lo que debía ser un merecido descanso, una oportunidad de libertad, termina en un exilio total.
La novela nos lleva a la complejidad del pasado, pero también del futuro. No hay una garantía de que todo mejorará, tan sólo existen intervalos que cubren lo abrumante de vivir –sobre todo en una ambiente postdictadura como en el que se desenvuelven los personajes–. Esos momentos mantendrán firme a Juan para evitar ser desalojado de su hogar de toda la vida por una organización que recién compró casi todo su vecindario para construir un centro comercial. Sin familia, amigos e incluso sin una esposa que lo acompañe, Juan cuenta únicamente con los recuerdos que alguna vez lo hicieron sonreír. Como el fantasma de Greta como inspiración de sus cartas, o Dalí, su perro fiel y compañero, quien parece fungir como su único aliado en su lucha por conservar lo que queda de su vida.
A medida que Juan continúa escribiéndole a Greta, ésta toma una presencia cada vez más fuerte. Así se presenta a nuestra siguiente protagonista, una mujer obstinada, dulce, paciente y de ojos grises cuya vida recorre un trauma –al igual que Juan– tras la toma del Liceo en 1986. Por si fuera poco, tras la muerte de su hija de 6 años, Greta y su esposo Max caen en depresión. Sin embargo, se manifiesta de distinta manera en cada uno: en Max se refleja en el alcoholismo, mientras que a Greta la conducirá a la obsesión de comprender cómo se dieron los hechos que le arrebataron a su hija, recreando la experiencia misma por medio de la recolección de partes de autos para crear su propio furgón escolar.
Aquí es interesante la forma de recrear un evento a través de construir un recuerdo que, a su vez, está formado de más recuerdos. Cada parte que llega a manos de Greta posee una historia distinta, pero todas coinciden en tener finales trágicos, los cuales terminan por crear un ciclo tormentoso.
Algo a destacar –y que fue muy de mi agrado– es la forma en que Nona Fernández recrea el funcionamiento de la mente. No hay linealidad, sino una serie de imágenes que toman forma cuando conectan con otras. Lo anterior sin mencionar que el género que sigue la novela es impredecible, constantemente oscila entre crónica periodística, documento histórico sobre los eventos ocurridos en Chile durante la dictadura –como el abuso de poder y las desapariciones forzadas– o diario de duelo –el cual en ocasiones puede llegar hasta la perversión de quien la padece–. Lo mismo sucede con su naturaleza emocional, pues la infidelidad, la compasión y otras emociones de repente se intercalan con el terror, el misterio y la pesadez que guarda la oscuridad –literalmente–.
En este punto temía avanzar con la lectura y al mismo tiempo algo me llamaba a saber la verdad, justo como los personajes de la obra. Su lectura se vuelve adictiva porque intriga a conocer el final, marcado sobre todo por el viaje que realizará Greta para encontrar a su viejo amor que despareció sin dejar más rastro que la dirección de su casa y las cartas dirigidas a su nombre. Tal como su sentido de rebelión la llevo a resistir las injusticas que vivió en su juventud, su propio juicio se resiste a asumir esta desaparición como una coincidencia. Eventualmente, la verdad se revela en forma de una especie de limbo donde víctimas que, tras padecer un accidente, llegan a este lugar relegado por la sociedad, donde la salida hacia la luz parece un sueño.
Greta buscará juntar cada espejismo de su pasado para averiguar desde dónde la llaman, adentrándose en la boca de la bestia que se alimenta de la agonía de cada víctima que se ha tragado. Los seres de esta novela parecen sostener su existencia solo de los ecos de una pequeña comunidad que busca la manera de sobrevivir a la sombra de la historia dolorosa que habita las calles de Chile y cuya única opción posible era dar vuelta a la página. Porque, aunque traten de no hacerlo, sus llantos buscan ser escuchados.
Es esencial tener en mente que el nombre de la calle no sólo remite a la venta de autopartes, sino también a la batalla de Huamachuco, un enfrentamiento clave de la Guerra del Pacífico ocurrida el 10 de julio de 1883 entre Chile y Perú. Fernández toma esta fecha histórica como una metáfora dentro de su novela para crear un paralelismo entre aquel enfrentamiento del siglo XIX y las luchas que libraron los estudiantes en las calles de Santiago durante la década de los 80. Ese ambiente de sometimiento vaga por muchas de las páginas de esta novela. Un recordatorio de que el sistema no nos quiere libres, sino trabajando, obedeciendo, “cumpliendo con tu vida”. Si generas resistencia, te condenas a una muerte sin repuesta; si buscas justicia, no la encontrarás, te fue arrebatada al momento de nacer.
No quisiera arruinar la lectura de la novela contando muchos detalles, pero verdaderamente consigue que el lector dude de lo real, conduce a desconfiar incluso de la mirada propia. La historia nos muestra cómo tratar de convencerse de que debe existir una manera de liberase del dolor sólo logra aferrarte a que éste es real. El toque fantasmagórico se vuelve la única forma de hablar de lo traumático para los personajes, y desde ahí desarrolla su poética.
Avenida 10 de julio de Nona Fernández es una novela imprescindible para quienes buscan entender el impacto generacional de la dictadura chilena. Si te gustan las novelas que exploran la memoria, el trauma y el duelo con una prosa lírica y honesta, este libro te fascinará. Y ahora más cerca del lector y lectora mexicanos, gracias al Fondo de Cultura Económica.

