Canchola cerró la puerta y concluyó: «La muerte del Negro no es culpa de nadie porque la muerte del Negro es culpa de todos. No hay nada más que decir del tema.»
La habitación estaba a oscuras y había que sortear muebles y pilas de objetos para tomar asiento, estirar las piernas y otra vez imaginar que nunca más saldría de casa. Nada más que pedir del mundo que la suspensión definitiva de todos sus encuentros. Que todo se detuviera en ese ensamble de huesos mal vestidos, embonados en un sillón deforme. Que todo desistiera en aquella oscuridad redonda.
Así pensaba Canchola, que recordaba con claridad el vestido azul turquesa y las piernas de su madre vistas desde la altura de un perro. Esas piernas eran el sostén de la casa. Todo orbitaba alrededor de ellas, que se metían en el vestido azul como el pico de una montaña se mete entre las nubes.
La imagen no tardó en irse. Las imágenes que lo visitaban durante las noches tenían la virtud de ser breves. Las salidas al mundo eran atrozmente largas. En la oscuridad metódica de su hogar, conseguida con rigurosos cuidados, la duración de las cosas era un tema frívolo que nada tenía que hacer contra la eterna elocuencia de la negrura.
Aquella oscuridad era en verdad rigurosa. Los vampiros podrían haber tomado lecciones de Canchola.
“Bendito el dios que nos quita la luz. Benditas las cuevas y la noche sin fondo que se agazapa bajo la tierra y las estrellas.” Así rezaba Canchola. Para él la gente desperdiciaba su tiempo yendo y viniendo. Si pudieran ver, como él, las bondades de estar a oscuras, aquel sería otro mundo.
“Lo que más me gusta es poner la mente en blanco.”
Un Canchola joven responde con frescura a la pregunta de la mujer sentada del otro lado de la mesa. ¿De cuándo es esto? Hizo memoria. Veinte años ya. Su última y primera cita. Él no quería salir a comer con la mujer rolliza. Lo hizo por mamá. Mamá insistía, no paró de insistir. Mamá arregló la cita. Mamá planteó el lugar. No le hubiera sorprendido que su madre los hubiera observado comer desde el otro lado de la calle. La imagen de Mamá sentada en el auto con un par de binoculares le sacó una mueca.
Hundido en su actitud de araña satisfecha, flotando en la tibia nulidad de la sala, Canchola pensó en enjuague bucal. Y de esta forma perdió su dicha y comenzó a caer de bruces por el tobogán del pensamiento. «El enjuague va a durar más que yo. Si hibernara yo cien años para luego despertar y ver al enjuague bucal ahí en la repisa… como un perro fiel, como un hombre de piedra montando guardia afuera de la tumba de un emperador… y yo cien años más viejo pero intacto… saldría a la calle y vería que todo sigue siendo horrible.»
El metal de una cama crujió entonces. Venía del piso de arriba. Se armó un ritmo irregular, un rumor fofo y pantanoso. Un jadeo reseco. El estertor de un fantasma ahogándose en su propio vómito.
Canchola rechinó los dientes. Los ancianos de arriba cogían con frecuencia. Era un milagro o un crimen contra natura. Tener ochenta años y seguir raspando cloacas.
Se resignó y se puso de pie con un movimiento lastimero; esperó a que la sangre le fluyera en las piernas; caminó hacia el interruptor.
La capilla era un lugar horriblemente bien iluminado. Debió de haber traído lentes oscuros. Nadie se lo hubiera reprochado, ponerse gafas negras en un funeral no es algo mal visto. La gente esconde con lentes el dolor o la flagrante ausencia de dolor.
La capilla era peor para Canchola que el hospital donde murió su madre… peor incluso que el psiquiátrico donde pasó varias temporadas. Todo en la capilla aspiraba a la pureza y fracasaba como la mala poesía, pensó Canchola, que en voz baja decía atroz, atroz, atroz en actitud de plegaria mientras las luces fluorescentes lo violentaban. Aquella luz muerta, buena sólo para maquillar cadáveres, golpeaba también sin sentido contra el mármol y el estuco. Canchola no sabía dónde poner la mirada. Ni siquiera el ataúd del Negro era oscuro; le habían comprado una caja color mamey. Seis filas adelante había una mujer de cabello azul escarabajo. Canchola puso sus ojos en aquel remolino abombado.
El Simio Jiménez se sentó a su lado y carraspeó. Canchola sintió que no tenía más opción que voltearlo a ver. El Simio le ofreció una sonrisa quebrada.
«Alguien le puso el dedo al Negro» dijo el Simio en voz baja. «Obvio, algún amigo o familia. Lo digo porque sé que a ti te gusta pensar y tal vez piensas que yo pienso que fuiste tú el que le puso el dedo. O tal vez sospechas que fui yo. Pero no fui yo porque, aunque sabía dónde estaba escondido… y lo odiaba, naturalmente… yo no pongo el dedo. Aunque tampoco juzgo a nadie. Porque no tendría nada de malo. Porque me imagino que tú también lo odiabas. Y no tiene nada de malo eso. Yo ciertamente lo odiaba, pero tú sabes por qué. Así que no es mi culpa haber deseado que lo mataran. Yo creo que medio vecindario deseaba lo mismo. Incluso aquí. Aquí hay varios. Porque hay personas que ni su propia sombra los quiere. ¿Por qué? Por sus acciones, Canchola. Es obvio. Y cuando se mueren no tiene nada de malo decirlo en voz alta. Pero igual te agradecería que esto quedara entre nosotros.”
Canchola se puso de pie y salió de la capilla.
Cayó la noche mientras caminaba de vuelta a casa. Afuera de su edificio había un ciprés solitario y enmarcada en el ciprés había una figura que lo observaba acercarse. Canchola trató de discernir los rasgos de la figura inmóvil bajo la escueta sombra del ciprés pero no logró ninguna imagen sensata. A esa distancia y con esa luz la cabeza parecía hecha de migajón con hormigueros en vez de ojos.
La distancia se acortó y la figura salió a su encuentro. Era una mujer como cualquier otra mujer, pensó Canchola. Era un fantasma buscando una tumba donde dormir, era un pedazo de naufragio.
«Eres Canito», dijo la mujer.
«¿Qué?»
“Él te decía Canito, tu hermano. Tú eres su hermano. Él me enseñaba tu foto.”
Canchola se tensó como si fuera a caer una bomba.
“Soy Canchola.”
“¿Vienes de su funeral?”
Canchola no sabía donde poner los ojos.
“Necesito darte algo. Es una carta. ¿Podemos entrar a tu casa?”
Los ojos de la mujer brillaban con un poder atroz.
Canchola soltó un gemido largo y se orinó encima.
«¿Estás bien?»
Canchola se echó a correr.
Entrando a su casa prendió la luz para servirse un vaso con agua y cambiar de ropa. Luego apagó la luz y se sentó a esperar.
Nadie tocó a la puerta y Canchola logró, en algún momento, enroscarse en la oscuridad rotunda.
Con el sonido de una pompa de jabón que truena Canchola imaginó salir del mundo.
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Eduardo Padilla (Vancouver, 1976) es autor de Zimbabwe (El Billar de Lucrecia), Minoica (escrito en colaboración con Ángel Ortuño, publicado por Bonobos), Mausoleo y áreas colindantes (La Rana), Blitz (filodecaballos), Un gran accidente (Bongo/3pies), Hotel Hastings (Cinosargo) y la antología Paladines de la Auto-Asfixia Erótica (Bongo Books). Su libro más reciente es Zwicky (Cinosargo).
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