El camino de una morra devenida en perra:
la postura política de Dahlia de la Cerda
Por Liz De Roman
Si tuviera que describirme a un nivel crítico y breve, diría que soy una mujer joven que nació con “suerte” y esa suerte se puede traducir en distintos privilegios; nunca me faltó comida en la mesa, nunca sufrí por mi color de piel ni por falta de educación. Al contrario: mis papás –sobre todo mi mamá–, se aseguraron de que tuviera muchas cosas –escuelas privadas, la alegría de pedir antojos y chucherías, además de ropa, zapatos y libertades personales–. Mis heridas, por tanto, no nacen de la precarización o la raza. Siempre me enorgullecí de tenerlo en mente, no por presunción o egolatría sino para observarme con tanta objetividad como fuera posible. Sin embargo, cuando leí a Dahlia de la Cerda corroboré de nuevo que “uno nunca deja de aprender” o, si se prefiere, nunca dejas de vivir momentos que te hacen humilde.
En Desde los zulos (2023), Dahlia parece decirnos “al chile soy esto y me responsabilizaré de lo que venga” de principio a fin, porque ni el lenguaje ni los planteamientos que describe en su obra están creados para ser del gusto y la preferencia de todos. Se dirige a incomodar desde las problematizaciones y los sentimientos que la experiencia le ha dado: furia, dolor, injusticia… en este sentido, cualquiera podría decir que para leer a Dahlia necesitas “estar preparado”. ¿Para qué? La respuesta simple es “escuchar”; la más extensa nos la ofrece este libro.
Desde las primeras páginas nos acompañan ejemplos sobre la postura que Dahlia ha logrado construir con el paso del tiempo. Así, transitamos entre su biografía, literatura y ensayos teóricos como si nos contaran el chisme de la autora –de propia mano– mientras leemos una versión de “teoría feminista y decolonial para principiantes”. Los argumentos, entonces, se suscriben en dos líneas: por un lado, sostener la carga política de las anécdotas y, por otro, el reconocimiento de que vivimos en un mundo desigual y ello marca un límite claro entre lo que importa y lo que no en las sociedades.
Para la primera línea se nos presenta la frase “Todo esto parecerá anecdótico, pero no lo es. Es político”, la cual retoma del famoso postulado “lo personal es político”. Esto nos dice que el propósito de Dahlia al contar sus anécdotas no realiza un simple ejercicio de memoria, antes bien se trata de una postura política porque con ellas muestra una realidad que los demás ignoran e invisibilizan; nacer, crecer y desarrollarse en la pobreza y marginación se vuelve un relato escondido, un lugar al que solo tenemos acceso mediante prejuicios –de suciedad, ignorancia, delincuencia– o romantización –verdaderos amigos, verdadero amor, verdadero esfuerzo– y que, por ende, se torna relevante sacarlo de las sombras. Este espacio es al que Dahlia denomina “los zulos”.
Por su parte, la segunda línea discursiva dice que “la desigualdad se puede analogar en una sopa de fideo”, una comparación que invita a reconocer qué tantos y hasta dónde llegan tus propios privilegios. Es decir, aunque la comida –y en particular “una sopa”– sea un derecho básico o una garantía humana, no todos hemos disfrutado o disfrutamos de lo mismo hasta en lo más esencial. En ello, la lectura nos expone tres casos: el de Ivonne –mejor amiga de Dahlia–, quien solía preparar su sopa solo con consomate y pasta; el de una vecina de su barrio en Aguascalientes que la preparaba con consomate, cebolla y pasta; y la de una amiga del colegio, cuya “nana” la preparaba con caldo de pollo, jitomate, consomate, cebolla y verduras. De manera que, la diferencia entre una y otra simbolizan una experiencia desigual, un ejemplo de que no vivimos con las mismas oportunidades y es “eso” lo que también nos limita a reconocer otras formas de ser y existir en el mundo. Quizá nos preguntamos, ¿por qué los privilegios son un límite para reconocer otras realidades? Conviene hacer un paréntesis.
Hace tiempo vi un tiktok en el que se les preguntaba a alumnos de distintas carreras “¿qué se te hace naco para venir a la uni?” y la mayoría ejemplificaba con prendas o estilos de vestir –playeras de anime, gorras, shorts, etc.–, pero una chica respondió: “venir sin coche”. La pregunta tenía un enfoque específico y, si nos detenemos a excavar en la situación, el hecho de que la chica respondiera como lo hizo es “lógico” para alguien que nunca ha tenido que preocuparse por moverse en transporte público. Así, un privilegio como “ir en coche” la favorece, sí, pero no le permite ver que hay otras personas que no pueden acceder a él. Eso aplicaría también para el creador del tiktok y sus participantes, pues quien divide la gente por su clase social normaliza el acto de insultarlas a partir de la palabra “naco” y que se juzgue –o discrimine– a quien entra en ese concepto.
Los límites vienen del “no poder ver” –ni preocuparse– por problemas y circunstancias que no hayamos vivido y ésta, como lo explica Dahlia, es la principal razón por la que se nos complica entender a otros. Ella, como alguien de los zulos, denuncia que casi nadie voltee a mirarlos, una pugna que se realiza en cada ámbito significativo de su vida: la salud mental, el activismo, el dinero, el amor, la literatura y el feminismo. De ahí que a lo largo de los cinco capítulos que abarca el texto les dedique apartados exclusivos para relacionar su pasado con las reflexiones personales a las que la filosofía, la literatura –mezclada con fragmentos de poesía y música–, la política y la teoría la han conducido.
Estas propuestas teóricas de Dahlia se unifican en el feminismo, y justo fue su bagaje y manejo de éste lo que me llevó a mi momento humilde. Quien, por ejemplo, no se ha informado mucho, pero sí lo suficiente en temas feministas, creerá que se trata únicamente de un movimiento social dirigido a la lucha por la emancipación de “la mujer” contra un sistema imperante que es “el patriarcado”. Sin embargo, Dahliale da un giro en su obra a esta postura. Así como “los zulos” son el término para designar un espacio escondido, subterráneo y dejado en la oscuridad, en el feminismo ocurre un fenómeno semejante: las ideas que nos dictan qué es feminismo y a qué sujetos ampara es el que ella designa como “feminismo del cuarto propio”, un grupo de teorías derivadas del texto de Virginia Woolf –Una habitación propia– y que devienen en una tendencia blanca –por y para mujeres blancas–; mientras “el feminismo de los zulos” –al que le dedica sus escritos– es el que todavía no tiene reconocimiento, el de las teóricas de color, racializadas y de lo abyecto.
He ahí lo que más disfruté de la lectura de Dahlia, el confrontamiento con un lado del feminismo que ignoraba en sus alcances porque insiste en debatir respaldada en una teoría que ha leído e interiorizado con el pasar de los años: “al feminismo todavía le falta abortar la colonialidad del saber” (p. 137).
Aún creemos que la diferencia entre unas y otras es negativo, el odio se propicia. Pensamos que las únicas opresiones de “la mujer” –es decir, la hegemónica– son la fragilidad, la mesura y lo doméstico cuando para otras –las que no son blancas– el maquillaje, la maternidad, el cabello afro, los cuerpos grandes y poderosos, el burka y el hiyab son resistencia. Porque las mujeres, las morras, las hembras, personas gestantes, mujeres trans… seremos diferentes, pero en eso que aún cabe y falta por nombrar, somos diversas. Y –sobra decirlo, pero se debe de– es lo que está bien.

