Reconocemos a nuestras poetas ramificadas en la fronda literaria. Las ocultas o soslayadas, otras más leídas por el público. Las mismas que nos legaron su obra en salones o en la intimidad de sus cuartos. Todo poema pasa de mano en mano como una dádiva plateada. Hoy contamos con, cada vez más, recopilaciones de sus producciones. Vuelvo a decir: no han muerto. Catalina Boccardo, 2026
EMILIA BERTOLÉ (1896-1949)
Mis manos
Mis manos, ciertas veces,
dan la rara impresión de cosa muerta.
Palidez más extraña no vi nunca;
marfil antiguo, polvorienta cera,
y en el dorso delgado y transparente
el turquesa apagado de las venas.
Carne que bien podría
si la rozara una caricia ardiente,
deshacerse en ceniza
como esas flores frágilesy tenues
que en el fondo oloroso de los cofres
en fino polvo ámbar se convierten.
¿En qué siglo remoto florecieron
estas dos pobres rosas extinguidas?
¡Un milagro, sin duda, las conserva
aquí, sobre mi falda todavía!
De: Espejo en sombra, 1927
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MARIA ELENA WALSH
Vana historia
Si no recuerdo mal, todo cabía
entre los horizontes de un pañuelo.
Entonces figuraba el mediodía
un sol con ojos en mitad del cielo.
Y gracias a una tierna hechicería
la noche prodigaba su consuelo
con tanta caridad que uno veía
las estrellas tiradas en el suelo.
Pero hoy el agua no lo dice. Es cierto:
ya no se pone un corazón dorado
ni roba añiles a la golondrina.
Porque el mundo hechizado está desierto.
Qué dolor, sobre él se ha desatado
el Miedo con sus trapos de neblina.
De: Otoño imperdonable, 1947
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LIBERTAD DEMITRÓPULOS (1922-1998)
Danza del rococo
Sonidos duendes guanacos,
palabras polvaderales,
danza su muerte el rococo
como un loco
con sus perros, sus finados y matacos.
Cada vez que suena la caja,
raja en un solo de erquencho
dulce, y demonios le gimen
algún crimen
taciturno como víbora que baja.
Lagañoso de mujeres
el funeral de la tierra
con bombos danza y olvido,
ya perdido
su corazón pendenciero de quereres.
Rocoso dueño del mundo,
subterráneo macho y hembra
lunar, cantando la vida
desprendida
de una vidala y amarillo profundo.
Panza en la noche se pierde.
Puesto que no ha de volver,
raja un bajo, rompe un frío;
como el río
para siempre es sombra de un pedazo verde.
De: Muerte, animal y perfume, 1951
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ALEJANDRA PIZARNICK (1936-1972)
La jaula
Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.
Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.
Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.
Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.
De: Las aventuras perdidas, 1958
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AMELIA BIAGIONI (1916-2000)
Manifiesto
Yo me resisto,
en la calle de los ahorcados,
a acatar la orden
de ser tibia y cautelosa,
de asirme a la seguridad,
de acomodarme en la costumbre,
de usar reloj y placidez,
aventura a cuerda,
palabra pálida y mortal
y ojos con límites.
Yo me resisto,
entre las muelas del fracaso,
a cumplir la ley de cansarme,
de resignarme,
de sentarme en lo fofo del mundo
mortecina de una espada lánguida,
esperando el marasmo.
Yo me resisto,
acosada por silbatos atroces,
a la fatalidad
de encerrarme y perder la llave
o de arrojarme al pozo.
Con toda la médula
levanto, llevo, soy el miedo enorme,
y avanzo,
sin causa,
cantando entre ausentes.
De: El humo, 1967
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IRMA CUÑA (1932-2004)
Desvestimos una colina boscosa
para hacerla un seno de arena,
un desierto empinado,
una duna del aire.
El arco del ala es más terso que nuestra palma
y las palomas envidian esta quietud de siesta.
El destierro del origen se ha sumado al destierro del suelo
y erramos,
mordiendo mendrugos solares,
apretando colas de cometas,
hundiendo uñas en la pulpa fría de los ríos.
(El sol hirsuto al mediodía
y por las noches
sólo el andar pausado de las hojas.)
¿A qué alzar vanas tiendas,
desperdigadas,
laxas?
Recolector de caracolas y algas secas,
el caminante afianza el paso
en otros caminantes y espejismos.
De: El extraño, 1977
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OLGA OROZCO (1920-1999)
Señora tomando sopa
Detrás del vaho blanco está la orden, la invitación o el ruego,
cada uno encendiendo sus señales,
centellando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro.
Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino,
por una pluma azul, por la belleza, por una historia llena de luciérnagas.
Pero la niña terca no quiere traficar con su horrible alimento:
rechaza los sobornos del potaje apretando los dientes.
Desde el fondo del plato asciende en remolinos oscuros la condena:
se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo,
y sola en los más negro de algún bosque invernal donde aúllan los lobos
y donde no es posible encontrar la salida.
Ahora que no hay nadie,
pienso que las cucharas quizá se hicieron remos para llegar muy lejos.
Se llevaron a todos, tal vez, uno por uno,
hasta el último invierno, hasta la otra orilla.
Acaso estén reunidos viendo a la solitaria comensal del olvido,
la que traga este fuego,
esta sopa de arena, esta sopa de abrojos, esta sopa de hormigas,
nada más que por puro acatamiento,
para que cada sorbo la proteja con los rigores de la penitencia,
como si fuera tiempo todavía,
como si atrás del humo estuviera la orden, la invitación, el ruego.
De: Con esta boca, en este mundo, 1994
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CELIA GOURINSKI (1938-2008)
Paisaje íntimo
Tantas ciudades tantos cielos derramados con inso-
lencia tantos caracoles vacíos que ya no narran
historias de mar tantos comedores de vagabundos
hambrientos tantos bichos noctámbulos en la
mitad del vértigo de madrugada tantos habitantes
incautos y verdes ojeras y resplandores de hogares
donde sólo quedan cenizas y todo tanto más, cuando
se avecinan ceremonias nupciales y cada vez y cada
amante y tanto en cada melancólica despedida en
tanto revés de tus señas y tantas irreverencias hasta
la sombra secreta y en cada movimiento lento y
sagrado cuánto fuego en la alborada de los niños,
en los zapatos gastados, en los sombreros que se
ponen las nubes y cuántos mediodías sin sol y sin
negrura y tanto desparpajo y tanto recorrido por
zonas peligrosas y cuánto en tantas constelaciones
del silencio y del naufragio
De: Inocencia feroz, 1999.
*Realicé este orden autoral siguiendo las fechas de publicación de los títulos que incluyen los poemas.

