En el panorama literario de la frontera norte, pocos nombres han logrado consolidar una trayectoria tan constante y reconocida como el de Elpidia García. Narradora nacida y formada en Ciudad Juárez, su obra se ha convertido en una de las voces más representativas y activas de la literatura contemporánea de esta ciudad marcada por la memoria, la violencia y la resistencia cotidiana. A lo largo de más de una década de trabajo, García ha construido una narrativa que dialoga con la realidad fronteriza, pero también con las historias invisibles de quienes habitan sus calles.
Su trayectoria está respaldada por importantes reconocimientos, como la beca David Alfaro Siqueiros Nuevos Creadores (2012), el Premio Programa Publicaciones ICHICULT (2013), la Convocatoria Voces al Sol de la UACJ (2014), así como la beca Creadores con Trayectoria (2018) y el Premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila (2018), uno de los galardones más importantes del cuento en México. A ello se suma una obra diversa que incluye títulos como Ellos saben si soy o no soy, Polvareda, La rebelión de las muñecas y El hombre que mató a Dedos Fríos, entre otros libros que han consolidado su presencia en la narrativa nacional.
Ahora, García presenta Imperio Bravo: En la jaula de las fieras (Librosampleados, 2026), un volumen de cuentos del género noir que retrata la crudeza de la vida en la ciudad. En esta entrevista, la autora habla sobre el origen del personaje central —una mujer de origen maquilador que ingresa a la policía para buscar a su hija desaparecida— y reflexiona sobre la responsabilidad de la literatura para mirar de frente la realidad. “La ficción también tiene la tarea de retratar el momento que vivimos”, afirma, convencida de que narrar la violencia es también una forma de entenderla.
¿Qué puedes contarnos sobre tu nuevo libro?
El libro lo publica Librosampleados, una editorial independiente. Forma parte de la colección RedRum, dedicada exclusivamente al género noir. Este volumen es el número 23 de la serie. En la colección participan autores bastante reconocidos: por ejemplo, Juan José Aboytia, Salvador Ruiz —escritor de Mexicali— y Axin Nieto, un autor joven de la Ciudad de México, entre otros nombres importantes del género.
¿La editorial está establecida en Estados Unidos?
El director de la editorial, Naum Torres, actualmente vive en San Diego, aunque durante mucho tiempo trabajó desde la Ciudad de México. Ahora mantiene una dinámica entre ambas ciudades: viaja con frecuencia para continuar con el proceso editorial y la producción de los libros.
¿Cómo describirías el momento que vive esta editorial?
Es una editorial que va creciendo y que goza de buena salud. Para nosotros es atractivo publicar ahí porque Naum realiza un trabajo editorial muy completo: se encarga de la edición, del diseño de portada y también de la difusión. Además, cuentan con una página web donde venden directamente los libros, lo que también funciona como una tienda en línea y ayuda a ampliar su alcance entre lectores.
¿Cómo surgió el personaje de Imperio Bravo y cuál es la historia que cuentan estos relatos?
Esta serie de cuentos gira en torno a un personaje llamado Imperio Bravo, en quien comencé a pensar alrededor de 2019, cuando recibí una beca del PECDA para escribir una novela. A partir de ese proyecto empecé a perfilar a la protagonista.
Yo quería que Imperio Bravo fuera una mujer que hubiera trabajado en la maquiladora: alguien de origen humilde, sin educación formal y perteneciente a la clase trabajadora. Su vida cambia de manera dramática cuando su hija, de 14 años, desaparece en el centro de la ciudad. Imperio la deja un momento viendo unos zapatos mientras va al mercado a comprar unas cosas. Le dice que no se mueva de ahí y que enseguida regresará. Pero cuando vuelve, la niña ya no está: alguien se la llevó.
Desesperada por encontrarla y cansada de tocar puertas sin obtener respuestas, decide ingresar a la Policía municipal. Su intención es acercarse a los lugares y a las personas a los que los policías sí pueden acceder, incluso a los círculos de la delincuencia. Sabe también que dentro de la corporación existen elementos corruptos, pero aun así cree que desde ahí tendrá más posibilidades de investigar por su cuenta.
Las historias se sitúan en los años en que el Ejército estuvo desplegado durante el gobierno de Felipe Calderón, una época en la que la criminalidad aumentó de forma muy marcada y los feminicidios adquirieron características particularmente crueles. Ante la magnitud de la violencia, la policía simplemente no pudo dar abasto y muchos de esos crímenes quedaron impunes.
En ese contexto transcurren los relatos. Imperio entra a la policía con la esperanza de encontrar a su hija, Alondra. Como muchas madres buscadoras, se niega a pensar que su hija está muerta; mientras no tenga pruebas de lo contrario, mantiene viva la esperanza de hallarla con vida.
Los cuentos no se centran únicamente en esa búsqueda, sino también en el día a día de Imperio dentro de la corporación. Ella trabaja junto a un compañero llamado Ariel y, en su labor cotidiana, enfrenta casos como robos, extorsiones o secuestros. En uno de los relatos, por ejemplo, encuentran a una joven que logra escapar de un grupo criminal que pretendía traficarla con narcotraficantes. Imperio se involucra a fondo, incluso arriesgando su propia vida, porque quiere evitar que otras chicas sufran un destino similar y, al mismo tiempo, conserva la esperanza de que algún rastro pueda conducirla hasta su hija.
En esencia, los cuentos narran las vicisitudes de esta mujer en su búsqueda y muestran cómo, poco a poco, se va adentrando en entornos cada vez más peligrosos. Imperio intenta no contaminarse de la corrupción que la rodea, aunque no siempre es fácil cuando ya se está dentro de ese mundo.
De ahí el título del libro: En la jaula de las fieras. Porque hay fieras en su trabajo, hay fieras en la ciudad, y ella se encuentra en medio de todo, tratando de sobrevivir mientras sigue buscando a su hija.
¿Podría decirse que el libro refleja la violencia y las realidades más duras que vive la ciudad?
Sí, definitivamente. La literatura de este género suele tener precisamente ese propósito: retratar la sociedad tal como es, mostrar sus zonas oscuras, los crímenes, los abusos y muchas de las situaciones que forman parte de la vida cotidiana.
Por esa misma razón hay personas que prefieren mantenerse alejadas del noir o de la novela criminal, porque sienten que ya están rodeadas de demasiada violencia y no desean encontrarse con ella también en la literatura. Sin embargo, creo que este tipo de historias también cumple una función importante: nos permite mirar de frente la realidad en la que vivimos.
Desde mi perspectiva, quienes escribimos ficción tenemos también una responsabilidad: contar nuestro tiempo, dejar testimonio de lo que ocurre a nuestro alrededor y retratar el momento histórico que estamos viviendo.
Además de escribir, también has impulsado talleres y actividades literarias con distintos grupos de la ciudad. ¿Cómo nació ese trabajo de acompañar a otras personas en la escritura?
Sí. En realidad todo comenzó cuando salí de la maquiladora. En ese momento me interesó mucho empezar a escribir historias de vida, anécdotas y experiencias reales de ese mundo laboral en mi blog Maquilas que Matan, que ya dejé hace algún tiempo. Ricardo también me animó mucho a continuar por ese camino, a leer más y a seguir escribiendo. Con el tiempo descubrí que es una actividad que me satisface profundamente.
Nunca he aspirado a convertirme en “la gran escritora”. Tampoco tengo una carrera universitaria, pero escribir es algo que disfruto muchísimo. Me gusta investigar el lenguaje, explorar palabras, leer obras que puedan ayudarme a mejorar mi propio trabajo. No sé si algún día lograré perfeccionarlo, pero mientras tanto hago lo que me gusta y pienso seguir haciéndolo.
Al mismo tiempo, sentí la necesidad de compartir esa experiencia. Tengo muchas amistades que también quisieran escribir o publicar, pero no han tenido un acercamiento a la literatura. Por eso, alrededor de 2018, durante la pandemia, comencé a impartir talleres con compañeras de la maquiladora gracias a una beca de la Secretaría de Cultura de Chihuahua. En ese momento se abrió una convocatoria para talleres virtuales, envié mi propuesta y fue aceptada.
Mi intención siempre fue sencilla: compartir lo poco que sé y contar el camino que yo misma he recorrido. Creo que todos deberíamos compartir nuestros conocimientos, porque así crecemos como sociedad y como comunidad artística.
Desde entonces he impartido talleres de manera continua, por ejemplo en el MUREF, en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, con la Secretaría de Cultura y también en ferias del libro. Son talleres dirigidos principalmente a principiantes: jóvenes, mujeres, trabajadores de la maquiladora y adultos mayores.
Lo más bonito es ver cómo algunas personas que comenzaron allí ahora ya están escribiendo y publicando. Por ejemplo, participantes como Ana Torres Licón, Nora Cepeda, Nora Cancino o Ana María Ibarra ya trabajan en sus propios proyectos y han participado en antologías. Eso demuestra que la literatura también puede abrir caminos y darle un nuevo sentido a la vida de muchas personas.
En paralelo sigo presentando mi trabajo. El libro de Imperio Bravo se presentó recientemente en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería 2026, dentro de las jornadas de novela negra. Allí me acompañaron Magaly Velasco y César Gándara. Además, Magaly también presentó su novela Cocodrilos. Fue una experiencia muy enriquecedora porque permite dar a conocer el trabajo y dialogar con otros lectores y escritores.
Y ahora viene otro proyecto: un segundo libro titulado Colmenar de obreras/Relatos de la maquiladora, que ya está en proceso de impresión. En este caso se publicará a través de Amazon y el proyecto está coordinado por Juan José Aboytia.
¿En qué espacios comenzará la promoción del libro y qué actividades tienes previstas en los próximos meses?
Ya tengo algunas invitaciones confirmadas. Una de ellas es para la Feria del Libro de Cuauhtémoc, que si no me equivoco se realizará en octubre. También participaré en la Fiesta de los Libros de La UACJ, el 21 de abril. Además, estoy invitada a la FELIF, la Feria del Libro de la Frontera en Ciudad Juárez, que también se realiza hacia finales de año.
En octubre, además, estaremos presentando el libro en Xalapa, donde ya recibí una invitación. Poco a poco van surgiendo más espacios y presentaciones, así que la idea es seguir promoviendo el trabajo y darlo a conocer.
En particular, me interesa mucho que el libro sobre la maquiladora llegue a los propios trabajadores y trabajadoras, porque fue escrito pensando en ellos. Utilicé un lenguaje más cercano, más coloquial, e incluso incluí canciones, porque en la maquila la música está presente todo el tiempo mientras se trabaja.
En el caso de Imperio Bravo, el editor me comentaba que el libro tiene un tono más bien triste. Y es cierto: el personaje vive con la ausencia permanente de su hija. Haga lo que haga, donde quiera que esté, Imperio siempre está pensando en ella. Esa búsqueda y esa preocupación atraviesan toda la historia.
¿Qué tipo de investigación realizaste para construir la historia y retratar el dolor que viven las madres de personas desaparecidas?
Desde que comenzaron a conocerse los casos de feminicidio en Ciudad Juárez, me interesó mucho comprender cómo se sentían las madres. Todos veíamos las noticias y observábamos a esas mujeres completamente desgarradas por el dolor. Era evidente que atravesaban un sufrimiento enorme, y eso me llevó a preguntarme qué pasaba emocionalmente con ellas. Sin embargo, mi intención no era revictimizarlas, algo de lo que traté de mantenerme siempre alejada.
Más bien me interesaba mostrar la vida cotidiana de una mujer que trabaja en la policía mientras busca a su hija desaparecida.
Para construir esa historia leí varios libros que se publicaron sobre el tema. Entre ellos El silencio que la voz de todas quiebra, de Adriana Candia, Lupita de la Mora y Patricia Cabrera; Cosecha de mujeres —también conocido como The Killing Fields— de Diana Washington Valdez; Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez; y trabajos periodísticos como los de Sandra Rodríguez Nieto.
También revisé una tesis doctoral de la investigadora Laura Ramírez, en la que aparecen entrevistas con policías sobre su vida cotidiana durante la formación en la academia. Todo ese material fue muy valioso como punto de partida.
Además, más recientemente he conversado con una mujer policía de la Policía Municipal, quien generosamente me ha compartido información sobre su experiencia. A eso se suma la lectura de novelas negras de otros autores, que también me han servido para observar cómo construyen a sus personajes.
Con todo ese material traté de recrear la vida diaria de Imperio Bravo: una mujer que cumple con su trabajo como policía mientras, al mismo tiempo, continúa buscando a su hija. Incluso el personaje es lectora de novela negra, porque cree —de forma un poco ingenua— que esas historias podrían ayudarle a entender mejor el mundo criminal que la rodea.

