—¿De qué me quiere hablar? ¿En qué puedo servirle?
—Mi patio y su azotea no son seguros; quiero decir que tenemos que dejar de vernos.
—De seguro su esposa se lo prohibió.
—Nada de eso. Es por el Covid… Tengo miedo de pescarlo o que usted me lo contagie.
—¿Está hablando en serio?
—Sí… Ya ve que se están multiplicando los contagios del coronavirus y este bicho anda en el aire y yo, que soy muy vulnerable, me puedo infectar al estar expuesto mucho en el patio.
—No sea sangrón… Ni exageradito. A mí se me hace que algo le contó a su esposa y me lo regañaron.
—Ya le dije que no es por eso… Solo quiero no tentar al demonio, o sea el Covid.
—Me está bateando, ¡verdad!
—Se lo juro que no. Para mí es un privilegio verla y charlar desde mi patio… Solo estoy tomando precauciones.
—¡Se clava!… con eso del Covid.
—Parece lugar común… “No eres tú; soy yo”, pero es neta… temo contagiarme.
—¿Ya se aburrió de mí?… O de seguro le mostró a su esposa cómo soy (físicamente) con alguna de mis fotos que publico en Instagram y se puso celosa.
—Mi esposa no sabe de nuestra amistad… ya le digo que es una decisión mía.
—¡Como es gacho!… Siento como si me estuviera cortando.
—¡Ja, ja, ja!… Oiga, si nomás vamos a suspender nuestros encuentros afuera; nos seguiremos saludando y charlando por el WhatsApp o por Zoom… Es más seguro para mí y por supuesto para usted.
—¿Será una amistad digital?
—¡Exacto!… (La amistad digital es una relación forjada a través de internet, redes sociales o videojuegos, permitiendo conexiones sin contacto físico previo y a menudo basada en intereses comunes. Estas amistades superan barreras geográficas, ofrecen apoyo emocional y pueden ser tan sólidas y significativas como las presenciales, siendo cada vez más comunes en la era digital)… Y si queremos vernos, pues nos saludamos desde mi ventana.
—Me gusta la idea… Pero hay un pero; yo quería que me siguiera prestando libros. Aquí en la casa no hay ni madres, nada más tengo los de su autoría… y usted ha de tener una pequeña biblioteca, ¿o me equivoco?
—No… Tengo varios libreros repletos, sí le presto algunos y ahí tenemos la canastita colgando en la barda… ahí se los voy dejando y ahí mismo me los regresa.
—¡Sí es cierto!… Pues póngame dos… Una novela y uno de poesía.
—¿Cuáles son sus gustos?
—Los que usted elija para mí.
—Pues yo siempre recomiendo “Cien años de soledad” de García Márquez, pero me imagino que como ex estudiante de la licenciatura de Escritura Creativa ya lo leyó.
—Apenas íbamos a analizarlo en la uni, cuando tuve que salirme.
—¿Qué le parece si empezamos con ese?
—Nomás con que no sea un ladrillote y aburrido.
—Esa novela le va a encantar.
—Se la pongo en la noche en la canastilla… La voy a rosear con desinfectante… No vaya a ser que lleve el Covid entre sus hojas.
—Ya va a empezar con su fobia al Covid… Vecino, también me presta uno de poesía.
—Seguro. Le voy a prestar “Residencia en la Tierra” de Pablo Neruda… Pero me los regresa.
—¿Cuándo me los deja en la canasta?
—Hoy en la madrugada… En la mañana los recoge… Por cierto; no ha terminado de contar lo de su ex Elijah.
—¡Es cierto!
—Esa historia parece un novelón.
—O el guion de una peli… Se la voy a terminar de contar la próxima vez que nos enlacemos. Lo tengo que dejar; mi sobrina me está gritando.
—Okey… Sirve que nos conectamos por Zoom o por una videollamada por WhatsApp.
—De acuerdo, zacatón.

