—Yo la primera vez que vi a una bartender en Juárez fue en un barecito muy elegante de un hotel… Era una joven simpática, con un chalequito y pantalón negro, blusa blanca y su moñito… Nada que ver con las mujeres que atendían, o atienden, los bares y cantinas de mala muerte*, sobre todo los ubicados en las calles Vicente Guerrero, Hermanos Escobar, Mariscal y La Paz, alrededor del mercado Cuauhtémoc, de la avenida Juárez; la mayoría de ellas eran mujeres bravas, muchas encantadoras, con minivestidos y faldas diminutas que dejaban ver sus calzones de colores chillantes… Mujeres cuyo fin era enseñar sus atributos y engatusar a los clientes para que consumieran más y se pusieran hasta las chanclas… y algunas fichaban. A estas se les señalaba como viles cantineras.
—En Gringolandia una bartender se supone que sí interactúa con los clientes, pero no tan descaradamente… Una sabe hasta dónde puede llegar… A mí, en esa barra del lago, me iba muy bien con las propinas y era muy popular… Hice muchos amigos.
—Oiga, vecina, con todo respeto, a mí se me hace que se equivocó de giro… No se me vaya a ofender… ¿No le hubiera ido mejor de bailarina? De teibolera, como coloquialmente se dice.
—¿Usted sí me aventaría dólares a la pista o me los metería entre los calzoncitos si fuera una bailarina topless?
—Por supuesto que yes… Sin pensarlo.
—¡Más le vale!
—Está perfecta para esa profesión.
—Fíjese que en Austin, en la cafetería donde trabajaba, conocí a una señora gringa que era muy guapa. Esta dama era como una enganchadora, buscadora de talento, y me invitaba a trabajar en un bar topless… “Tienes todo lo que se necesita para ser una de mis bailarinas: personalidad, cuerpazo y carisma. Además, tienes un rostro de muñeca… No sé qué estás haciendo en esta cafetería; conmigo tendrías todo”.
—Pues era sincera.
—Me invitó a conocer el ambiente de su club para adultos, encueradero.
—¿Y fue?
—Sí… fui con Elijah… Y por supuesto el cabrón quería que aceptara la invitación de la “madame”… No quise porque sabía que, si aceptaba el trabajo, Elijah aprovecharía la oportunidad para ampliar su mercado de venta de drogas… Es más, ahora creo que Elijah estaba detrás de todo esto.
—No lo dudo ni tantito… Ese Elijah era un vividor… De una manera u otra la quería explotar. ¿Cómo lo aguantaba?
—Me enamoré tontamente. Me hacía sentir protegida… amada; y luego yo pensé que con mi amor lo iba a enderezar… pero me salió el tiro por la culata.
—¡Ni hablar!… Terminó sola y atendiendo una barra pueblerina.
—No me iba a quedar eternamente. Mi tirada era ahorrar y aprender más de mixología para irme a una gran ciudad y rentar un depa… Pero se atravesó esta pandemia y todo se vino abajo.
*Una “cantina de mala muerte” o bar de mala muerte es un bar pequeño, sin lujos, con ambiente descuidado o antiguo, bebidas baratas, iluminación tenue y decoración ecléctica o cutre, que a menudo tiene un encanto nostálgico y local para su clientela habitual, ofreciendo un ambiente relajado y económico para tomar tragos fuertes y sencillos y pasar un buen rato.
Características típicas:
Ambiente: Pequeño, a menudo antiguo, con decoración anticuada o desordenada, pero acogedor para sus clientes habituales.
Bebidas: Tragos fuertes y cervezas económicas, a menudo servidas en envases de cerveza.
Decoración: Iluminación tenue, letreros de neón, a veces con elementos eclécticos o kitsch y un aspecto general de poco glamuroso.
Servicio: Puede ser solo en efectivo, con servicio sencillo y cantineros o cantineras que pueden estar relajados.
Clientela: Principalmente local, buscando un lugar sin pretensiones.
Aspecto: Pueden tener humedad, telarañas o baños algo descuidados, pero su atractivo está en lo auténtico y no pretencioso.
En resumen: Es un bar auténtico y sin pretensiones, donde lo importante es el trago y el ambiente relajado y genuino, más allá del lujo o la modernidad, a menudo con un toque de nostalgia o abandono que lo hace único.

