Atisbos sobre una histeria compartida
El tiempo no es algo dentro de lo cual estamos,
sino aquello a partir de lo cual somos.
Martin Heidegger, Ser y tiempo
Queríamos cambiar el mundo porque no estábamos de acuerdo (Gracias, 1999), es el lacónico comienzo de la melodía Feliz año, dentro del álbum Pequeño, del cantautor ibérico Enrique Bunbury. A propósito del ocaso del 2025 y el alba de este 2026, resulta lícito analizar esta potente voz de protesta que atraviesa desde la lírica musical la caótica realidad en la que vivimos, donde cada año el ánimo colectivo nos lleva a inmensas frustraciones que son causa de muchos de los males de nuestra contemporaneidad.
De la filosofía, la literatura al psicoanálisis, sabemos que en el ocaso de cada año, no tanto por una vocación de ruptura, sino porque, sin saberlo del todo, buscábamos afirmarnos en el tiempo: ser algo distinto antes de que el desgaste nos fijara. Como casi todos y todas, supongo. O al menos eso prefiero pensar ahora, cuando el desacuerdo se revela menos como resistencia y más como un gesto inicial de identidad. No era el mundo lo que queríamos transformar, sino la manera de habitarlo antes de que el tiempo —ese desde donde somos— decidiera por nosotros. Por supuesto, cada uno desde su individualidad, cada uno desde el Dasein.
Enrique nos traslada a un nosotros y la ilusión del desacuerdo, en la potente lírica que acompaña esta melodía, se abre con un “queríamos” en plural: un nosotros que no es del todo definido, pero que funciona como comunidad afectiva. Aquí aparece una primera tensión filosófica interesante. Nietzsche advertía que el desacuerdo con el mundo rara vez es radical: muchas veces es solo una variación moral dentro del mismo marco de valores. Decir “queríamos cambiar el mundo porque no estábamos de acuerdo” no implica todavía una ruptura, sino una esperanza de reforma. Más si a través de filosofar a martillazos nos mueve hacia ese sujeto barrado que sugería Lacan.
En este sentido, refiriendo a Foucault, este “no estar de acuerdo” puede leerse como una forma temprana de resistencia que aún no ha comprendido del todo los dispositivos que lo gobiernan, esos dispositivos del poder que parecen invisibles como la propia Matrix. La letra delineada en conjunto con Gracias por el propio Enrique parece intuirlo cuando añade “como casi ninguno, al menos eso es lo que espero”: hay una sospecha de que ese desacuerdo quizá era menos singular de lo que se creía. La rebeldía juvenil aparece así como gesto identitario, no como transformación estructural, no por nada en HDS profesaban que “La rabia insolente de mi juventud, la ingenuidad nos absuelve de equivocarnos” (Landázuri/Cardiel/Valdivia/Andreu, 1995).
En términos lacanianos, ese nosotros es un sujeto todavía sostenido por el Ideal del Yo freudiano, pero atravesado por ese sujeto barrado: la imagen de quienes creen estar fuera del sistema cuando, en realidad, aún hablan desde su lenguaje.
Podemos sugerir entonces que el deseo es postergado y la servidumbre voluntaria. Después de esta potente introducción continúan con uno de sus núcleos más potentes: “Queríamos tantas cosas, que siempre las retrasábamos, sustituyéndolas por otras de las que ahora somos esclavos” (Gracias, Feliz año, 1999).
Aquí el psicoanálisis entra con fuerza. Freud diría que el deseo no desaparece cuando se posterga: se desplaza, o Lacan le llamaría la metonimia; un deseo siempre es sucedido por otro de forma infinita. Lo que la letra nombra como “sustituciones” es justamente ese mecanismo: renuncias parciales que prometían seguridad o estabilidad, pero que terminaron convirtiéndose en nuevas formas de dependencia.
Lacan afinaría aún más: no somos esclavos de las cosas, sino de los significantes que las nombran —trabajo, éxito, estabilidad, futuro—. El sujeto cree elegir, pero elige dentro de un orden simbólico que ya ha decidido qué es deseable. Esta fantástica melodía no acusa a un enemigo externo; acusa una complicidad silenciosa: no nos encadenaron, nos adaptamos.
Aquí también resuena Nietzsche y su idea de la moral del cansancio: el deseo fuerte se aplaza hasta volverse recuerdo, y el recuerdo se justifica como madurez. Enrique, con esa voz potente, sin embargo, no lo celebra; lo lamenta.
El tiempo podemos sugerirlo como pérdida del yo, cuando las líneas señalan “Ahora que el año se acaba y otro poco de nosotros se nos escapa…” (Gracias, 1999). Este verso introduce una conciencia temporal muy heideggeriana. El tiempo no es solo calendario: es pérdida de posibilidad. Para Heidegger, el problema no es que el tiempo pase, sino que el sujeto se disuelva en el uno (das Man), en la rutina que anestesia la pregunta por el ser.
La melodía nos señala “se nos va el año”, dice “otro poco de nosotros se nos escapa”. Aquí el yo ya no es estable: es algo que se erosiona. La renovación de promesas no cumplidas suena menos a esperanza que a ritual defensivo frente a la finitud. Es casi un acto mágico: repetir la promesa para no enfrentar su imposibilidad, un mecanismo de defensa inconsciente ante lo que el gran Otro nos ha hecho desear.
Desde la propuesta de otra de las grandes propuestas del psicoanálisis, en voz de Carl Jung, podríamos decir que el texto señala el conflicto entre el yo consciente y la sombra: aquello que queríamos ser y que ahora nos observa desde atrás, no como reproche moral, sino como figura melancólica.
Es dable asumir el mito del sur y la fantasía de inmortalidad. El viaje al sur implícito en esta inmortal melodía —el sol, la música, el alcohol, la mezcla de géneros— funciona como espacio mítico, no geográfico. Jung vería aquí un arquetipo claro: el retorno al paraíso dionisíaco, donde el tiempo se suspende y la identidad se diluye en experiencia.
Nietzsche aparece de forma casi explícita en la ebriedad, la música, el creerse inmortal, en esos estados dionisíacos que luchan con lo apolíneo. Es el impulso dionisíaco: la vida intensificada, sin cálculo. Pero Enrique lo canta en pasado, lo cual es crucial. Ya no es una posibilidad viva, sino una nostalgia estetizada.
Lacan diría que esa inmortalidad era una fantasía necesaria: el sujeto joven necesita creer que el tiempo solo afecta a los otros. La herida llega cuando el cuerpo y la repetición cotidiana demuestran lo contrario. Enrique joven, aun cuando lleva a la palestra este grito de rebeldía, no se burla de esa fantasía; la trata con ternura, como quien reconoce una mentira necesaria para vivir. Ya un lustro después lo diría poéticamente “la mentira, una bonita creación” (Landázuri, 2004), seguramente influenciado por uno de sus autores predilectos, Oscar Wilde, en su no tan conocida obra La decadencia de la mentira (Wilde, 1979).
En un sentido crítico, esta letra es fuerte precisamente porque no moraliza. No acusa al sistema, ni al tiempo, ni a los otros: se acusa a sí mismo como colectivo, como un sujeto barrado. Su potencia está en mostrar cómo el deseo se diluye sin necesidad de tragedia, solo por desgaste.
Como crítica, podría señalarse que el “nosotros” corre el riesgo de volverse demasiado cómodo: diluye responsabilidades individuales. No por nada Lacan decía que ese era el fin del psicoanálisis, que el sujeto se hiciera cargo de sus propias frustraciones y no las desplazara a la otredad. Pero quizá para Enrique esa es su apuesta ética: mostrar que la pérdida no es heroica ni excepcional, sino compartida y banal.
En suma, esta armoniosa melodía funciona como una genealogía íntima del desencanto: no el fracaso espectacular, sino el silencioso.
Filosóficamente, interroga el tiempo y el deseo; psicoanalíticamente, revela cómo el sujeto negocia con su pérdida sin dejar de añorar lo que fue.
Trabajos citados
Landázuri, E. O. (2004). Que tengas suertecita [Grabado por E. Bunbury]. España.
Landázuri/Cardiel/Valdivia/Andreu, B. d. (1995). Iberia sumergida [Grabado por H. d. Silencio]. España.
Bunbury, E. (2010). Las consecuencias [Grabado por E. Bunbury]. El Puerto de Santa María, Cádiz, Andalucía, España.
Freud, S. (1991). La interpretación de los sueños. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Gracias, E. B. (1999). Feliz año [Grabado por E. Bunbury]. España.
Wilde, O. (1979). Obras completas. México: Aguilar.
Žižek, S. (2010). El acoso de las fantasías. Buenos Aires: Siglo XXI.

