Juan Carlos Méndez Guédez nació en Barquisimeto, Venezuela, en 1967. Estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela. En 1996 partió a España, donde se doctoró en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca, con una tesis sobre la obra de José Balza.
Forma parte de antologías del cuento en español como Líneas aéreas y Pequeñas resistencias, y algunas de sus narraciones han sido publicadas en Suiza, Francia, Bulgaria, Italia, Eslovenia y Estados Unidos.
En 2001 ganó el VI Premio de Cuentos Ateneo de La Laguna; en 2009, el Premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro; en 2013, el Premio Libro del Año en Venezuela, otorgado por los libreros de ese país, por la novela Arena negra. En 2016 obtuvo el Premio Los Mejores Libros para Niños y Jóvenes (Banco del Libro); en 2018 fue finalista del Premio Mandarache, y en 2024 ganó el Premio Tiflos de Cuentos.
El autor relata que su vocación literaria nació en la infancia, entre juegos y cuentos dictados a su madre, y se afirmó en la adolescencia al descubrir que escribir era su única pasión verdadera. Migró a España en 1996 para escribir y estudiar, bien recibido pese a ser minoría.
Hoy, desde el dolor por Venezuela, sostiene que es posible criticar al chavismo sin avalar injerencias externas y exige devolver al centro del debate dos palabras olvidadas: venezolanos y democracia.
—¿Cómo descubriste que querías dedicarte a la literatura?
Con cinco años le dicté a mi madre un primer cuento que corregía algo de una serie de televisión que no me había gustado. Ella siempre estuvo atenta a ayudarme en todo lo que me hiciera feliz, y escribir me hacía muy feliz.
La escritura siempre estuvo allí, como algo natural, sin mucha conciencia y sin que fuese algo distinto a jugar, comer o pasear.
Lo mismo me sucedió en el liceo Urbaneja Achelpohl. Los profesores de literatura fueron entrañables, cómplices. Fíjate que hace un par de veranos mi profesora María Cariel me escribió para contarme que durante más de cuarenta años había guardado un cuento con el que gané un concurso liceísta. Imagínate cómo me conmovió aquel mensaje tan hermoso y humano.
Lo cierto es que la idea de dedicarme a la literatura surgió justo en esos años de la adolescencia. Me detuve un momento y pensé: no entiendo las matemáticas, ni la física, ni la química. No bailo bien, no sé jugar al béisbol ni al baloncesto. Me dan sueño las ferreterías y la mecánica. Soy incapaz de arreglar una instalación eléctrica. Ignoro cómo se puede ganar dinero haciendo negocios. Lo único que me apasiona y que hago con cierta dignidad es escribir.
Así que, en unas vacaciones en Morrocoy, mientras me duchaba, al fin llegué a esa conclusión. Esto será la vida, dije. Y esa es la vida.
—¿Cómo fue ser inmigrante venezolano en Madrid cuando todavía no existía esa comunidad masiva? ¿Eras un exiliado económico, político o simplemente un escritor buscando su espacio?
Vine a hacer un doctorado en la Universidad de Salamanca. Te hablo del año 96 y, en efecto, estaba buscando el mejor lugar posible para escribir. Lo cierto es que cuando llegué éramos una comunidad muy minoritaria; era una rareza encontrar un paisano. Pero, en general, te diré que fui muy bien recibido. Los españoles fueron entrañables, solidarios, amistosos.
Fíjate que es ahora, con la llegada masiva de venezolanos que huyen del chavismo, cuando desde la extrema izquierda o desde la extrema derecha encuentro ocasionales expresiones xenofóbicas contra nosotros. De tanto en tanto, algún miserable suelta improperios o amenazas. A todos, en general, les respondo de la misma manera: aunque sea agosto, les deseo feliz Navidad y les comento que suelo tomar sol en las plazas de la ciudad; que, si alguno está muy incómodo conmigo, me busque allí y lo conversamos.
—Sobre la situación actual de Venezuela y Estados Unidos, tú que escribiste Los maletines sobre la corrupción del gobierno chavista, que has sido crítico del régimen desde la literatura, ¿cómo te sitúas en este momento? ¿Es posible ser crítico del gobierno venezolano sin validar los ataques y presiones externas?
Me sitúo en el dolor de contemplar a mi país de origen destruido por la falta de libertades, por la corrupción, por la violencia. Claro que es posible ser crítico con la dictadura venezolana y con las injerencias extranjeras que están allí para exprimirnos, pero es indispensable hablar de todas, no hacer selecciones ideológicas. Es indispensable ser crítico con la presencia colonialista de Cuba, Rusia, Irán y China, que desde 1998 nos están parasitando, y ahora con la de Estados Unidos, que ha desembarcado esta semana.
Noto en tiempos recientes mucha angustia por el petróleo venezolano del que Trump quiere apropiarse. Agradezco mucho esa preocupación mundial; habría sido estupendo sentir ese apoyo en estos años recientes en los que Cuba, Rusia, Irán y China nos saquearon sin piedad. Lo mismo con partidos políticos europeos y personalidades varias que actuaron como verdaderos vampiros del petróleo venezolano.
En el momento en que respondo estas preguntas hay una nueva realidad en Venezuela. Una de las facciones criminales del chavismo ha pactado con Trump para permanecer ilegalmente en el poder. Espero mucho equivocarme, pero no tiene pinta de que en el futuro inmediato la riqueza del país vaya a beneficiar a la población.
De todos modos, como las palabras repetidas en estos tiempos por la opinión internacional han sido petróleo, petróleo, petróleo; soberanía, soberanía, soberanía, no dejo de acotar que hay dos palabras que nadie está pronunciando en este momento y que son las que debemos reintroducir en el debate: venezolanos y democracia.
Nadie parece interesado en saber de verdad lo que siente esa inmensa mayoría de venezolanos que ve cómo al mundo solo le importa el petróleo que hay bajo sus pies. Tampoco nadie parece interesado en comprender que deseamos volver a vivir en democracia, en libertad. Por eso las grandes protestas de años como 2002, 2014, 2017 y la masiva participación en las elecciones de 2024. Mucha sangre ha dado la gente del país para recuperar su destino y su bienestar.
Comprendo que es un momento difícil para las consignas fáciles de la inteligencia internacional, porque el miserable de Trump ha colocado un gobierno títere que se dice revolucionario y que, a su vez, entregó sin problemas al criminal de Maduro para poder salvar sus negocios y sus privilegios. ¿Cómo defender entonces ese pequeño engendro y volver a sacar banderitas?
Hablamos de una realidad en plena expansión. Es posible que en pocas semanas lo que te digo no tenga vigencia, pero lo dicho: venezolanos y democracia, dos palabras que es indispensable que vuelvan al centro del debate.
—¿Hay algún libro que releas periódicamente? ¿Algo que funcione como una especie de ancla o brújula creativa?
Te diría que hay dos: Réquiem, de Antonio Tabucchi, y Percusión, de José Balza. El primero es un libro de una belleza sobrecogedora: historia cotidiana que, al mismo tiempo, es historia de fantasmas en una Lisboa inundada por el verano, un gran viaje interior al pasado, a la culpa, a las reconciliaciones, a los encuentros y desencuentros.
El segundo es un viaje por el mundo en el que un personaje anhela el conocimiento, las sensaciones inexploradas, los cambios de paisaje; la visión de la belleza y del tiempo como espacios de exploración. Me doy cuenta de que ambos representan, a su manera, el viaje en un espacio acotado y el viaje en un espacio inabarcable. Quizá entiendo de esa manera el acto de leer: una expansión que te lanza a otros espacios y te trae de vuelta con algún tipo de nueva sabiduría.
—¿Cómo es un día de escritura para ti? ¿Tienes rutinas, rituales, horarios fijos o escribes cuando llega la inspiración?
Pienso que las rutinas, los rituales y los horarios pueden convertirse en una excusa para no escribir. Si lo complicas todo, terminas posponiendo la escritura. Así que vivo en estado de escritura continua. Incluso cuando duermo o voy en el metro, en realidad estoy escribiendo, tomando notas mentales.
Algo cierto es que escribo todos los días. No puedo dormir sin al menos haber escrito una línea. Pero cada libro ha funcionado de manera propia. Con Roman de la isla Bararida estuve varios meses escribiendo al amanecer, al mediodía y en la noche temprana. Estaba muy metido en esa narración, en su clima fantástico, en sus cambios de registro. En el caso de Los maletines solía trabajar muy tarde en la noche y parar en la madrugada. Así pasaba el día planificando lo que escribiría luego: el perfil de los personajes, sus anécdotas, su lenguaje. Recuerdo aquello como un trabajo más lento, más pausado.
No puedo olvidar el tiempo de Una tarde con campanas. Estaba haciendo mi tesis doctoral; me encontraba muy centrado en ella, pero no sé vivir sin imaginar ficciones, así que en los pequeños descansos diurnos trabajaba este libro de manera episódica, porque así podía volver a la investigación doctoral sintiendo que había cerrado un pequeño bloque de la historia que necesitaba contar.
—¿Los premios literarios importan? ¿Cambian algo en la vida de un escritor o son solo ruido mediático?
Gracias al Premio Tiflos que gané en 2024 pude costear los gastos de los últimos tiempos de vida de mi madre. Toma en cuenta algo: en la Venezuela chavista un jerarca del régimen deja propinas de casi cien mil dólares en un restaurante en París, pero en los hospitales la gente muere porque no hay bombonas de oxígeno.
¿Cómo no sentir gratitud por un premio que me permitió lo que te acabo de contar? Con el paso de los años, el ruido mediático de un premio se borra. Si el libro es bueno, seguirá vivo entre los lectores, que, por otro lado, a lo mejor ni se enterarán de que alguna vez ganó tal o cual galardón. Pero para el autor significó una alegría, un respiro cotidiano.
Debo subrayar una obviedad: en el 98 por ciento de los casos se gana muy poco dinero con la escritura. Un escritor es alguien que viaja mucho, que sale en los periódicos, pero que lleva mucho aire en los bolsillos.
—¿El escritor tiene obligación de comprometerse políticamente o la literatura puede (debe) mantenerse al margen?
El escritor, como ciudadano, puede adoptar la actitud que le parezca adecuada: puede ser indiferente, participativo, militante o escéptico, algo que en democracia es una escogencia bastante sencilla.
En cuanto a su obra, también es decisión suya si quiere hacer literatura o prefiere convertirse en un predicador. A mí me parece estupendo que un escritor tenga claro cómo deben resolverse los problemas políticos del mundo, pero me suele aburrir bastante si se sube al púlpito para enmascarar sus consignas en una novela o en un conjunto de cuentos.
Ahora mismo, cuando descubro que un autor se presenta como activista o dice explícitamente que ha escrito una historia para salvar a los gatos ferales, sospecho que me está pidiendo que le perdone sus limitaciones literarias y lo premie por su bondad. A mí también me encantan los gatos ferales, pero prefiero darles comida en vez de gastar la vista en doscientas páginas pedagógicas.
—¿Es posible separar la obra del autor?
Creo que es inevitable. Ignoramos si Homero era simpático, si se vestía correctamente o si le daba el paso a los ancianos para cruzar la calle, pero allí está Homero, del que incluso ignoramos si existió como una sola persona o fue una reunión de varias voces poéticas.
Yo nunca conocí a Marosa di Giorgio. Ignoro si era generosa, si invitaba café a los amigos o si llegaba puntualmente a sus citas. Pero qué inmensa fiesta es su escritura: su imaginación desbordada, la finura y la expansión de sus frases y de sus imágenes.
Incluso en el caso de los autores vivos, uno no lee para hacer amigos y compartir con ellos las tardes del verano. Uno lee para estremecerse, para sentirse fuera de uno mismo, para respirar hondo con una frase o una imagen.
Hace poco tropecé con gente pidiendo que en las contraportadas de los libros de Alice Munro apareciera la aclaratoria de la terrible existencia que hizo padecer a su hija, algo así como un certificado de buena conducta denegado.
En su vida, Munro actuó como un monstruo y merece mi más profundo desprecio humano. No me sentaría en una mesa con alguien que permitió que su esposo dañara a su hija y giró la mirada hacia otra parte. Pero sus cuentos son sus cuentos. Gustarán más, gustarán menos, pero yo no me enfrento a la literatura con alma de comisario o de inquisidor.
—¿Quiénes son los escritores vivos, hispanohablantes, más importantes para ti en este momento?
Sencilla pregunta que siempre es muy difícil. Pero me atrevo con ella, pues acotas que esa importancia es personal, que tiene que ver exclusivamente con mi vida del presente.
Es un listado largo, plural, contradictorio, así que para no abrumarte con mi respuesta solo diré dos de ellos: José Balza y Luz Pichel, que, por cierto, escribe al menos en tres lenguas. En este momento de mi existencia, la narrativa de Balza y la poesía de Pichel me llenan de gratitud, de sosiego, de conmoción por la humanidad y la belleza.
—¿Qué estás escribiendo actualmente?
Cuando respondes esta pregunta corres el riesgo de hablar de un libro que no llega a terminar nunca, pero tampoco me parece tan terrible. Hay libros míos que solo existen en alguna entrevista: son un nombre y poco más, una foto del momento, la foto de un fracaso que no hay razón para ocultar. La literatura es un oficio que comienza cada día, una aventura de lo sentimental y del pensamiento. Por cada proyecto que cierras, has dejado en el camino tres o cuatro ideas que no germinaron.
Acabo de terminar un libro de cuentos que tiene a la música como tema común, una conexión vaga, oblicua, en la que los personajes de algún modo cantan, tocan instrumentos, bailan. No puede decirse que lo esté escribiendo, sino más bien dándole las últimas correcciones.
Ahora mismo estoy con una suerte de novela sobre mi madre. Por el momento se titula La noche callada. Es una combinación de estampas, anotaciones, transcripciones, cuentos, poemas, biografía y diario, en la que intento reconstruir la vida de mamá, una persona a la que le gustaba muy poco hablar de sí misma y que nunca tuvo un álbum con fotos propias. Es un trabajo lento, en el que quiero perderme y encontrarme, probar lenguajes, arquitecturas y tonos muy variados.
A la vez, voy trabajando otra novela sobre un personaje obsesionado con la figura de su abuelo, una suerte de santo laico del que conoce muy pocos detalles. Un libro en el que este personaje intenta contar la historia de su ancestro, pero en el que termina irrumpiendo su propia vida, la vida de su madre y sus tiempos de inmigrantes en América.
Ya veremos. El año comienza. Ya veremos cuando llegue el verano en qué estaré metido.
Méndez Guédez ha publicado más de 30 títulos, entre novelas, cuentos y literatura infantil y juvenil. Los más recientes son: Cuando vuelva diciembre (La Pereza Ediciones, Miami, EU, 2025); Roman de la isla Bararida (Firmamentos Editores, Cádiz, España, 2024), y La montaña de los siete tambores (Ediciones Monroy, Caracas, Venezuela, 2024).

