Getting Killed: Geese y el momento
en que el talento aprende a cargar su tristeza
Geese no llegó a Getting Killed por azar ni por empuje externo. Llegó después de años de trabajo silencioso, de discos bien hechos que no incendiaron nada, de una banda que desde temprano sabía tocar —y muy bien— pero que todavía no había concentrado todo ese oficio en un gesto de urgencia real. Ese es el punto de partida del álbum: la conciencia de que tocar bien no basta.
Desde sus primeros registros, Geese dejó ver un músculo musical poco común en bandas jóvenes. Projector mostró guitarristas con criterio y una sección rítmica que entendía el groove como tensión, no como simple sostén. 3D Country amplió el campo: riesgo, ironía, psicodelia torcida, referencias bien digeridas. Pero esos discos, aun sólidos, no generaron fiebre. No por falta de talento, sino porque todavía faltaba algo que no se aprende en el ensayo ni en la escucha obsesiva: una herida compartida, una presión capaz de atravesar el ruido general.

Ese detonante aparece en Getting Killed. No como cambio de sonido ni como estrategia, sino como maduración compositiva y emocional. La banda llega aquí con canciones más filosas, estructuras que ya no buscan lucirse sino tensionarse, arreglos que acompañan el desgaste en lugar de disimularlo. El talento siempre estuvo ahí; lo que aparece ahora es la capacidad de cargarlo con sentido.
El primer contacto con el disco puede engañar. Hay grooves que parecen querer asentarse, patrones que sugieren estabilidad, momentos donde uno podría pensar que Geese va a acomodarse dentro de una forma reconocible. Pero cada vez que eso ocurre, el propio disco se sabotea. Las guitarras entran para contaminar más que para adornar, los ritmos se cargan de una ansiedad que nunca se resuelve del todo, las canciones avanzan como si estuvieran siempre a punto de romperse. Eso no es desorden: es decisión.
La producción entiende algo esencial: Getting Killed no debía sonar “bien”, debía sonar vivo. Saturado. Incómodo. Expuesto. La prolijidad habría sido una traición conceptual. Aquí todo suena al límite, como si la banda prefiriera dejar ver las costuras antes que fingir estabilidad.
En el centro de ese nervio está la voz, pero no como figura aislada. Es importante decirlo con precisión: Geese escribe como banda. Hay letristas dentro del grupo, hay una conciencia lírica compartida. Cameron Winter articula y encarna ese pulso, sí, pero la tristeza que atraviesa el disco no es individual: es colectiva. Se siente en cómo se construyen las canciones, en cómo los arreglos no buscan alivio, en cómo la música acompaña el desgaste en lugar de esconderlo.

Winter no canta desde la seguridad técnica ni desde la pose carismática. Su registro se quiebra, se adelanta, se retrae, se vuelve irónico, incluso antipático por momentos. Canta como si el cuerpo no alcanzara a sostener lo que la canción ya dijo. Esa fricción es el corazón del disco: no hay redención, hay exposición del nervio.
Musicalmente, Getting Killed se mueve como un organismo inquieto. Coquetea con el funk, el punk, el rock nervioso, el absurdo, sin instalarse del todo en ninguno. Cuando un patrón rítmico empieza a afirmarse, algo entra a romperlo. Cuando una melodía asoma, se ensucia. Geese no quiere que el oyente se acomode: quiere que escuche activamente.
Comparado con la obra previa de la banda, este álbum no es una progresión lógica, sino una respuesta dura a su propio crecimiento. Donde antes había exploración, aquí hay fricción. Donde antes había juego, aquí hay peso. No porque Geese haya perdido energía, sino porque ganó conciencia del tiempo, de lo que implica sostener una voz cuando ya no eres invisible.
En ese progreso juega un papel clave Heavy Metal, el disco solista de Cameron Winter. No como ruptura ni como fuga, sino como afinación. Ahí, Winter expuso la voz sin red y confirmó algo esencial: que la canción y la escritura podían sostenerse en primer plano. Ese gesto no debilitó a Geese; le dio base. Permitió que Getting Killed fuera más agresivo, más errático, más tenso, porque el centro ya estaba claro.
Heavy Metal absorbió la confesión directa; Getting Killed se quedó con el choque colectivo. Uno ordenó el pulso interno; el otro lo arrojó al ruido del mundo. Juntos explican por qué este disco no suena emocional en el sentido clásico: la emoción ya había sido procesada; aquí lo que queda es el residuo —ansiedad, ironía, desgaste, lucidez incómoda—.
A esa maduración artística se sumó un factor estructural que sí importa. Geese está firmado por Partisan Records, una disquera independiente que hoy tiene a IDLES como su punta de lanza a nivel mundial. No como coincidencia estética ni como molde sonoro, sino como activo estratégico. IDLES demostró que se puede crecer sin suavizar el discurso, sin pulir la furia, sin negociar el nervio. Ese antecedente pesa. No porque Geese suene a IDLES —no lo hace—, sino porque opera dentro de un ecosistema que entiende el riesgo como valor.

Partisan no funciona como fábrica de sonido, sino como estructura de contención. Da tiempo. Da margen. Permite que las bandas lleguen a su forma sin exigir corrección temprana ni domesticación. IDLES abrió ese camino dentro del sello: probó que la incomodidad puede viajar lejos. Geese recoge ese aprendizaje y lo traduce a otro lenguaje, a otra sensibilidad, a otra tristeza. Ese respaldo no dictó el contenido del disco, pero creó las condiciones para que existiera así.
La resaca de Getting Killed confirmó todo esto. El disco no se agotó al terminar; activó consecuencias. Winter empezó a exponerse más: tocando solo, dejando que la voz respirara en otros tempos, aceptando el plano cerrado. Esa exposición no fue pose ni ascenso artificial; fue seguimiento natural de un proceso honesto. No sorprende que cineastas como Paul Thomas Anderson y Benny Safdie se interesaran en documentarlo: ambos han mirado siempre a personajes en fricción, a identidades que no encajan del todo, a procesos antes que a productos terminados.

Y entonces ocurrió algo más: el ruido. No el de la industria, sino el de los oídos que importan. Nick Cave habló públicamente del disco de Geese, no solo del trabajo solista de Winter. Lo hizo desde la experiencia de escucha, desde la caminata, desde el cuerpo. Habló de la fuerza rítmica, de la voz, de la felicidad extraña que el álbum le provocó en un día ordinario. Que Cave hable así no es marketing: es reconocimiento entre pares, inscripción en una tradición de voces que cargan contradicción, tristeza y humor negro sin pedir permiso.

A ese murmullo se sumaron otros nombres con sensibilidad afinada, como Cillian Murphy, oyentes que no recomiendan por moda sino por atmósfera compartida. Ese tipo de ruido no grita ni impone: circula. Se filtra. Lleva el disco a espacios donde la música no entra sola —sets, camerinos, trayectos silenciosos— y lo coloca en otra escala de escucha. Ese ruido no explica el disco. Lo confirma.

Lo que estamos viendo no es una banda que “explotó”, sino una banda que llegó. Llegó al punto donde el talento deja de protegerse y empieza a arriesgarse. Donde la tristeza deja de ser gesto y se vuelve materia compositiva. Donde tocar bien ya no basta y la música empieza a cargar verdad.
Para mí, Getting Killed no es solo uno de los discos del año. Es el disco en el que Geese aprende a sostener todo lo que es: músicos enormes, escritura colectiva, nervio, tristeza y riesgo. No busca salvar a nadie. Pero incomoda, obliga a escuchar y deja marca.
Y hoy, en el panorama actual, eso ya es una forma de verdad.

