Notas sobre Fue solo un accidente
(It Was Just an Accident / Yek tasādof-e sāde),
y el cine que se hace en las sombras
I. Los ladridos
La película comienza de noche, con una familia dentro de un auto; se escuchan perros que no se ven y, de pronto, uno es atropellado. La hija lo intuye antes de que el padre lo admita. No aparece el cuerpo, solo esos ladridos que se interrumpen de golpe.
Jafar Panahi no necesita mostrar sangre, deja que el sonido haga el trabajo, porque así opera la memoria de quienes han sido torturados; no vieron los rostros de sus verdugos, los tenían cubiertos, pero nunca olvidaron ese ruido inconfundible, el arrastre de una prótesis sobre el suelo frío de la prisión.
II. El mecánico que busca una cara
Eghbal perdió la pierna en la guerra y Vahid, el mecánico, cree reconocerlo por el chirrido de la prótesis; lo secuestra, lo encierra en una caja y lo lleva al desierto, pero duda porque nunca vio su rostro y entonces busca testigos.
Shiva, fotógrafa y también víctima, dice identificarlo por el olor, igual que Golrokh, mientras Hamid, el hermano de ella, se deja arrastrar por la furia y quiere matarlo incluso si se equivocan.
Al final, la confesión no llega por la fuerza sino por Shiva, que lo enfrenta a cachetadas, una tras otra, como si en cada golpe reclamara un día de vida que le fue arrebatado.
—Pide disculpas —le ordena.
Él rompe. Grita. «Lo siento. Lo siento.»
Shiva no celebra. Le tiemblan las manos. La venganza no llena el vacío. Solo lo hace más grande.
III. El infierno de Golrokh (y la tradición que viola)
Aquí es donde Jafar Panahi hunde el cuchillo con más precisión. Golrokh no pasó por una celda ni por vendas en los ojos; Eghbal la violó y, después, su vida se vino abajo. Su novio la dejó, su familia la miró con vergüenza y la condenaron como “incasable”.
No solo le arrebató el cuerpo, también la posibilidad de un futuro, dejándole una sentencia que pesa más que cualquier herida visible. Esa es la forma de violencia que no deja marcas en la piel pero desmorona por dentro, la que convierte a la víctima en un fantasma dentro de su propia comunidad.
Panahi no muestra el acto, muestra las consecuencias: Golrokh con su vestido de novia blanco, en una sesión que debería ser feliz, pero con un rostro que parece cargado de luto. Lo que el director expone no es solo la violencia política, sino otra más silenciosa y persistente, la que se sostiene en normas sociales y se disfraza de tradición, esa que rara vez se castiga porque demasiadas veces se justifica.
IV. El rengueo que regresa
Semanas después, Vahid se muda y la cámara se queda afuera; entonces se escucha ese sonido, el rengueo, el golpe seco de la prótesis contra el pavimento.
Vahid no se voltea, el ruido se acerca, se detiene y luego se aleja, y nunca sabrá si era Eghbal, otro hombre cojo o el eco de su propia culpa; decide no saber.
El final es la lucidez de quien entiende que la tortura no termina cuando liberan al preso y continúa mientras el sobreviviente sigue oyendo pasos detrás de sí; para Golrokh, ese sonido no se va nunca, lo escucha en cada mirada que la juzga y en cada boda a la que ya no la invitan.
V. El hombre detrás de la cámara
Jafar Panahi no habla como espectador, habla desde la experiencia: ha sido encarcelado en dos ocasiones y, en 2010, fue condenado a 20 años sin poder hacer cine; aun así, filmó This Is Not a Film con un iPhone, escondió la memoria en una USB dentro de un pastel y logró sacarla de contrabando.
En 2015, Taxi ganó el Oso de Oro en Berlín. No pudo ir a recogerlo.
En 2025, It Was Just an Accident de Jafar Panahi ganó la Palma de Oro en Cannes y fue nominada al Oscar; poco después, el régimen le impuso un año más de prisión.
Panahi continúa en el exilio y ha dicho que volverá. Su amigo y colega Mohammad Rasoulof vivió un destino similar: filmó The Seed of the Sacred Fig (2024) en secreto, fue condenado a ocho años de prisión y huyó a Europa a pie. Quizás esa sea la siguiente historia, pero esa quedará para otra nota.
VI. Lo que nos deja
En 2025, It Was Just an Accident de Jafar Panahi obtuvo la Palma de Oro en Cannes y fue nominada al Oscar; poco después, el régimen le sumó un año más de prisión. Panahi permanece en el exilio y ha reiterado que volverá.
Su colega Mohammad Rasoulof siguió un camino similar: rodó The Seed of the Sacred Fig (2024) en secreto, fue condenado a ocho años y escapó a Europa a pie. Esa podría ser la siguiente historia, pero quedará para otra nota.
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Dónde verla: En Estados Unidos en Hulu y Disney+. En México y América Latina en MUBI. También en Amazon Prime Video y Apple TV.

