¿qué importa, si haces, hada con ojos de terciopelo,
ritmo, perfume, esplendor, oh, mi única reina,
menos odioso el Universo, menos pesados los instantes?
Charles Baudelaire
(Himno a la belleza)
Hace poco tiempo que la vida se ha vuelto muy acelerada; en una urbe tan polifacética como la frontera juarense, los trastornos psicológicos son ya una constante. Motivos existen de sobra: desde los tiempos de traslado, los embotellamientos cada vez más frecuentes en arterias citadinas, hasta el caótico suplicio de una sociedad del cansancio, vertida por una lógica de producir y desear todo y nada a la vez.
En una entrega anterior nos cuestionábamos: ¿cómo algunas obras literarias, fílmicas, musicales o televisivas pueden también solo hacernos soportar nuestra realidad y seguir con el andar de la sociedad? Así podemos entender a las personas que, después de un día tortuoso, al llegar al hogar, tienden a salir a leer, a sentarse en algún mullido diván a ver televisión, escuchar música, a buscar relajarse. Analicemos lo expuesto por Lacan, citado por uno de sus lectores, Slavoj Žižek, en relación con la experiencia teatral:
Por la noche, está usted en el teatro, piensa en sus cosas, en el bolígrafo que perdió ese día, en el cheque que habrá de firmar mañana; no es usted un espectador en el que poder confiar; pero de sus emociones se hará cargo un acertado recurso escénico. El coro se encarga: él hará el comentario emocional […] Lo que el coro diga es lo que conviene decir, ¡despistado!, y lo dice con aplomo, hasta con más humanidad. Despreocúpese, pues incluso si no siente nada, el Coro habrá sentido por usted. Además, ¿por qué no pensar que, en definitiva, en pequeñas dosis, usted podrá acabar sintiendo el efecto, aunque casi se le haya escapado esa emoción? (Žižek, 2008, págs. 115-116).
Quienes han llevado a la palestra estas obras dejan de manifiesto el malestar de no poder ser uno mismo, de matarse con las necesidades que nos impone la sociedad. En Fight Club, el narrador vivía para poder tener algo material que le diera valor; Bunbury canta lánguidamente que ha renunciado demasiado en los últimos años para un modesto resultado; cómo no disfrutar del ocio, de actividades que nos permiten liberar química para sentirnos bien, y no solo hacerlo para luego poder volver a ser más eficientes o rodearnos de las necesidades que la propia sociedad nos impone como sinónimo de éxito.
En el tema que hoy nos atañe es necesario preguntarnos: ¿puede realmente un día ser el más triste del año? Para el caso del Blue Monday, que a decir de diversos estudios se ciñe al tercer lunes de enero, sustentado en diversas hipótesis; sin embargo, los episodios de depresión y ansiedad, principalmente, no podrían por criterios clínicos expresarse en un solo día al año como experimentar tristeza o melancolía. Ciertamente, hoy por hoy muchos criterios clínicos que derivan del DSM-V son similares en muchos padecimientos, pareciendo que existe un trastorno para cada situación; sin embargo, Freud lo atisbaba adelantado a su tiempo en El malestar en la cultura (Freud, 1992): veía una sociedad enferma por fenómenos propios de lo que hoy vivimos en distintas latitudes.
El Blue Monday pareciera más bien un nombre poético para un día caótico, con la cruda moral que deja el derroche de las fiestas navideñas y la llamada cuesta de enero. Sin embargo, la cultura que nos vertebra como mexicanos en este caso, y en el del juarense una sobredosis marcada por la cultura estadounidense, hace que psicológicamente los síntomas que vertebran la depresión, así como la ansiedad, se exponencien en las fechas decembrinas y posdecembrinas, al concluir el llamado Guadalupe-Reyes. En el particular caso de los fronterizos, este periodo de latencia comienza desde noviembre, influenciado por el Black Friday y por el ahora mexicanísimo Buen Fin; posteriormente comienzan las posadas, los intercambios, y la sociedad ha dejado de forma dogmática que es necesario dar y recibir para poder ser dignos de las festividades. Sin embargo, el costo de la vida hace que muchas personas no tengan la forma de cumplir con estas costumbres y “necesidades” tan arraigadas en la cultura popular, por lo que muchas personas comienzan con síntomas depresivos desde noviembre, que pueden durar lo que dura una estación climática.
Derivado de estos nuevos padecimientos, como siempre, la ciencia busca tipologías y tratamientos; en una lógica de mercado siempre existirá una sustancia que nos ayude a sobrellevar estas temporadas. Bunbury dice que “perderemos el tiempo intentando curar, invirtiendo millones en pastillas que no curen a nadie” (Bunbury, 2014). Así tenemos ya un nuevo padecimiento conocido como trastorno afectivo estacional, que se define como una depresión que tiene su aparición en ciertas temporadas, otoño-invierno, y cuyas causas no son para nada desconocidas desde la psicología, aunque también existen algunas propias de la neurología; por lo que esto le da la excusa perfecta para recetar medicamentos que ayuden a sobrellevar este trastorno, cuando principalmente la raíz se encuentra en una sociedad que ha llegado a vivir en un cansancio permanente.
Los síntomas más comunes de dicho padecimiento van desde sentimientos de tristeza, desesperanza o irritabilidad; pérdida de interés en actividades; baja energía; fatiga; dificultad para dormir o dormir en exceso; aumento del apetito, especialmente por carbohidratos; aumento de peso; dificultad para concentrarse y aislamiento social. Pero en un análisis crítico, y con base en lo expuesto en párrafos anteriores, por el excesivo apetito consumista que se nos ha legado y que se nos ha insertado como un deseo —tal como lo exponen en la cinta Inception, haciéndolo a través del estado onírico—, muchos de estos criterios clínicos se derivan de la frustración de no poder cumplir con los requisitos sociales en temporadas como noviembre-diciembre, y agudizándose en enero con las imposiciones venideras de pago de impuestos y las deudas adquiridas para cumplir con el cliché de las fiestas navideñas.
Ciertamente, para quienes vivimos en el hemisferio norte, la temporada de esta híbrida estación entre otoño e invierno reduce la exposición al sol, lo que afecta la segregación natural de serotonina y melatonina, hormonas clave dentro de las conocidas como de la felicidad, pero que pueden ser estimuladas y producidas por hábitos que compensen la duración de la luz solar. Y es aquí donde la industria farmacéutica produce miles de medicamentos para tratar estas afecciones, volviendo a la población consumidora permanente, ya que la propia cultura también nos ha hecho buscar la solución sin necesidad de cambiar de hábitos.
Si continuamos bajo esta lógica, los padecimientos seguirán incrementándose; las pastillas que no curen a nadie seguirán multiplicándose si no ponemos en entredicho que todo nos es dado, en aras de emancipar la cotidianidad con rabia y coraje, de repensar que todo sigue inmerso en una debacle permitida, si no observamos bajo un cristal distinto, bajo una perspectiva crítica que demuestre que estos nuevos paradigmas pueden ser rotos, al igual que han sido construidos, y que también tienen su punto de fragilidad donde existe una ruptura que termina por eliminarlos. De otra manera, la sociedad seguirá no solo cansada: terminará por ser una sociedad enferma por hipocondría.
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Trabajos citados
Bunbury, E. (2014). En bandeja de plata.
Fiennes, S. (Dirección). (2012). Pervert´s Guide of Ideology [Película].
Freud, S. (1992). El malestar en la cultura. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Aula de Letras.

