No fue una urgencia ni una consigna lo que me llevó de vuelta a la reseña. Fue algo más simple y más incómodo: el cansancio. Ese estado donde el cuerpo ya entendió cosas que el lenguaje apenas empieza a formular. Leí Los hombres nunca reciben flores y Mountains Are Calling You en noches largas, después del trabajo, con la lluvia cayendo afuera y una playlist de cierre de año sonando de fondo —Cameron Winter, Geese, Nourished by Time, algo de Rosalía— y, una y otra vez, No Woman de Whitney. No como ilustración, sino como compañía. Ambos libros son breves, pero la brevedad en poesía no significa ligereza: significa concentración. Algo en esos textos me devolvió a la escritura no para explicarlos, sino para acompañar lo que habían puesto en movimiento.
Zel Cabrera es poeta, ensayista, editora y periodista mexicana. Nacida en Guerrero en 1988, su escritura se desplaza entre la poesía, el ensayo afectivo y la reflexión crítica, con una atención constante al cuerpo, al lenguaje y a las estructuras emocionales que atraviesan la vida cotidiana. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, del programa Jóvenes Creadores del FONCA y del Programa de Creación y Desarrollo Artístico de Guerrero. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Tijuana y es autora de diversos libros de poesía y narrativa. Dirige además el proyecto editorial Los Libros del Perro y el Festival Internacional de Escritoras Primavera Bonita, espacios desde los cuales ha intervenido de manera activa en la conversación literaria contemporánea.

Leídos en conjunto, Los hombres nunca reciben flores (Los Libros del Perro, 2025) y Mountains Are Calling You (Malabar Editorial, 2025) no funcionan como variaciones de un mismo gesto, sino como dos momentos distintos de una misma conciencia poética. Uno escrito desde el desgaste afectivo y la asimetría emocional; el otro, desde la extranjería, el viaje y la soledad habitada. Ambos dialogan sin repetirse y delinean una escritura que no busca explicar el mundo, sino aprender a estar en él sin traicionarse.
El cansancio de amar
En Los hombres nunca reciben flores, Cabrera escribe desde un punto donde el cuerpo ya llegó antes que el discurso. El libro se abre con Wittgenstein —los límites del lenguaje son los límites del mundo—, pero la cita no funciona como adorno: es una advertencia. Aquí la filosofía no aparece como sistema, sino como herramienta de supervivencia. El problema que el libro nombra no es la ausencia de emociones masculinas, sino la precariedad simbólica con la que muchos hombres han sido educados para habitarlas.

Cabrera no acusa desde el resentimiento. Diagnostica desde la lucidez. La masculinidad que aparece en estos poemas no es monstruosa ni caricaturesca: es torpe, cansada, entrenada para el rendimiento y no para la ternura. Amar se vuelve cumplir; comunicar, rendir cuentas; cuidar, inversión. El lenguaje empresarial —objetivos, resultados, eficiencia— se filtra en la intimidad hasta volverla transacción. Del otro lado, mujeres que sostienen, traducen, esperan, cargan. No por elección individual, sino porque así fue diseñado el reparto emocional.
El cuerpo femenino aquí no es escenario erótico complaciente. Es archivo del desgaste. Aparece observado, evaluado, fuera de catálogo, fuera de target. En el centro comercial, en el probador, en la cama, en la calle. El sexo no se escribe desde la conquista ni desde la provocación, sino desde la incomodidad precisa: cuerpos que no se escuchan, encuentros que se viven como trámite, orgasmos que se vuelven costumbre. “Los cuerpos no se conquistan. Se habitan”, parece insistir el libro, y en esa idea se condensa buena parte de su gesto político.
Filosofía encarnada
La filosofía atraviesa el texto sin solemnidad. Kierkegaard sirve para pensar la ansiedad de amar sin garantías; Nietzsche fracasa como consuelo; Agamben aparece para reivindicar la inoperancia, el derecho a no producir, a no rendir, a existir sin dar resultados. Simone Weil se vuelve peligrosa cuando su idea de desposesión se traslada al amor heterosexual: lo que en lo místico es acto radical, en lo cotidiano se convierte en domesticación. Las mujeres han sido entrenadas para sacrificarse; los hombres, para recibir sin preguntarse a qué costo.
Nada de esto está escrito desde la cátedra. Está escrito desde el suelo, desde la repetición de vínculos asimétricos que siguen exigiendo paciencia y contención de un solo lado. El libro no ofrece redención ni pedagogía sentimental. Ofrece algo más incómodo: mirar sin anestesia.
La intemperie como descanso
Mountains Are Calling You se desplaza hacia otro registro sin abandonar esa honestidad. Si el primer libro escribe desde la fricción del vínculo, este segundo lo hace desde la soledad habitada. No hay antagonista claro ni estructura a la que responder. Hay viaje, extranjería, idioma, equipaje, maletas que se pierden y regresan, cuerpos que se sienten distintos al cruzar un aeropuerto.
Vivir en otra lengua implica traducirse todo el tiempo. No encontrar la palabra exacta para decir hambre, cansancio, miedo. La maleta aparece como objeto real y como archivo simbólico: peso, memoria, decisión. Hacer una maleta es elegir qué se lleva y qué se deja. Qué es necesario y qué es lastre.
Aquí el cuerpo deja de estar permanentemente expuesto al juicio. No hay performance del deseo ni evaluación constante. Hay torpeza, miedo, ternura involuntaria. El cuerpo existe sin escenario, y eso, en sí mismo, es político. Cabrera escribe lugares donde no se chifla, donde no se empuja, donde el transporte público no se vuelve campo de batalla. No idealiza esos espacios, pero deja claro algo esencial: vivir sin miedo constante reconfigura el cuerpo.
Dos libros, una ética
Leídos juntos, estos libros revelan algo claro: Zel Cabrera no escribe desde una sola herida ni desde una consigna. Escribe desde dos cansancios distintos. El cansancio de amar dentro de una pedagogía emocional fallida y el cansancio de traducirse en un mundo ajeno. En ambos casos, la escritura no busca gustar ni convencer. Busca sostener.

Aquí la deconstrucción no se anuncia; se practica. En lo que no se concede, en la negativa a suavizar lo incómodo, en la precisión del lenguaje, en la ausencia de defensa. No hay necesidad de declarar una postura ética cuando esta se vuelve visible en la forma de leer, de escribir, de no ocupar más espacio del necesario.
Zel Cabrera no escribe para agradar.
Escribe para resonar.
Y cuando un texto se queda en el cuerpo —no en la opinión—, la poesía ya hizo exactamente lo que tenía que hacer.
No más.
No menos.

