El viejo estuche apareció sobre la mesa una tarde de café y pláticas sobre la música que envolvía a la frontera. En 2021, don Beto Valtierra lo puso frente a Antonio León de la Cruz y acarició por unos segundos el saxofón que lo había acompañado durante tantos años. “Antonio, quiero que te quedes con esta cacharra de latón”, dijo. Antonio abrió el estuche y encontró un Selmer Paris Mark VI de 1970, el instrumento que había acompañado a Valtierra durante sus años con Los Seven Teens, recorrido escenarios y guardado, entre llaves y zapatillas, varias décadas de la historia musical de Ciudad Juárez.
Aquel saxofón había llegado a las manos de Beto después de que la música entrara muy temprano en su vida. Gilberto “Beto” Valtierra nació en Matehuala, San Luis Potosí, pero creció en la ciudad del burrito y los atardeceres paradisíacos, y terminó convertido en uno de esos personajes que Juárez adopta hasta hacerlos parte de su memoria. Su padre, don Cuco Valtierra, le enseñó solfeo y a tocar varios instrumentos, entre ellos precisamente el saxofón. La afición terminó siendo oficio y el oficio ocupó prácticamente toda su vida.

Esa y otras historias sobre su vida fueron contadas entre reuniones, traslados y mucho café a Antonio, su gran amigo, a quien llevaba varias décadas de edad. Una diferencia que apenas se percibía porque la música se encargaba de acortar la distancia entre ambos. León de la Cruz recuerda que el músico era muy humilde y siempre compartía sus conocimiento, pese a haber sido nombrado el mejor saxofonista de México por el gran George Harrison, en noviembre de 1963.
En 1965 formó Los Seven Teens, conocidos también como los Reyes del Twist. Beto era director musical y saxofonista, y aquel instrumento se convirtió en compañero de una época particularmente intensa de la música fronteriza. Con la agrupación grabó temas como “Nena loca”, “La Panchita”, “Juárez Twist”, “Recuerdo de Ipacaraí” y “Los gorrones”. El grupo alcanzó tal popularidad que, según recuerdan los hijos de Valtierra, Juan Gabriel soñaba con cantar con ellos.
El saxofón acompañó además una carrera que llevó a Beto mucho más allá de Juárez. Tocó con figuras como Angélica María, Enrique Guzmán, Julissa y César Costa durante los años del rock and roll. Participó en caravanas artísticas donde coincidió con Manolo Muñoz, el Loco Valdés y José José. Entre aquellas historias estaba también José Alfredo Jiménez, quien bautizó a Gilberto, uno de los hijos del saxofonista, y terminó siendo su compadre. Valtierra también fue compadre de Amalia Mendoza, “La Tariácuri”.
Después vinieron años en la Ciudad de México, apariciones en programas de Televisa como “Ensalada de Locos”, la dirección de diferentes teatros, entre ellos el Blanquita, y más escenarios. El sax seguía formando parte de aquella vida. Cuando Beto regresó a Ciudad Juárez continuó con su profesión artística y se convirtió también en maestro de música de las secundarias Federal 6 y Federal 4.
Trabajó además en el área de Bellas Artes de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, donde años después se jubiló. La jubilación funcionó solamente para los documentos. Valtierra nunca dejó realmente la música y todavía unas semanas antes de morir había tocado en un aniversario de bodas. El saxofonista tenía entonces 85 años y seguía haciendo lo mismo que había aprendido desde muchacho.
Fue precisamente en la UACJ donde las historias de Beto y Antonio León de la Cruz terminaron encontrándose. Antonio comenzó a estudiar música alrededor de 2007 en el CUDA, primero con Fortunato Pérez y después con Valtierra. Entre ambos existían cerca de 50 años de diferencia, pero el saxofón servía para reducir rápidamente las distancias. Beto se convirtió en maestro, después en amigo y finalmente en una especie de memoria oral de una época que Antonio conocía escuchándolo.
Terminaban las lecciones y ambos acostumbraban ir por café y El Ojo de Pancha, los tradicionales panes que venden en La Nueva Central y que suelen acompañarse con una taza de café. Antonio escuchaba. Beto hablaba de José José, José Alfredo Jiménez, George Harrison y los escenarios que había conocido. “El cuero se arruga, pero el corazón jamás”, decía el maestro. El café se terminaba; las historias casi nunca.
Fue durante aquellos años cuando ocurrió la escena del estuche. Estaban en casa de Valtierra, otra vez alrededor del café y la conversación, cuando Beto se levantó, buscó el viejo saxofón y lo puso frente a Antonio. “Antonio, quiero que te quedes con esta cacharra de latón”, dijo. Dentro estaba aquel Selmer Paris Mark VI de 1970 utilizado durante sus años con Los Seven Teens.
Antonio entendió inmediatamente el tamaño del regalo y se negó. Consideraba que una pieza semejante pertenecía a la historia familiar de Valtierra y debía quedarse con sus hijos. Beto insistió. Antonio terminó recurriendo al humor con el que ambos solían tratarse. “Preste, pues, antes de que se arrepienta”, respondió. El Mark VI cambió entonces de manos.
Entre saxofonistas, un Selmer Paris Mark VI ocupa un lugar especial, y los ejemplares de determinadas épocas son buscados por músicos de distintas partes del mundo. Para Antonio, su valor reunía también las historias acumuladas durante décadas. En sus manos quedaba el instrumento con el que su maestro había recorrido una parte fundamental de su trayectoria.
Alrededor de 2023, el saxofón volvió al centro de otra conversación. Frente al café y El Ojo de Pancha, Beto le pidió a Antonio que cuando muriera tocara “A mi manera” en su funeral utilizando precisamente aquel Mark VI. “Ya sabes que sí”, contestó Antonio. Después agregó, siguiendo el tono habitual entre ellos, que primero tendría que seguir vivo para poder cumplirle.

La última vez que Antonio vio a su maestro fue durante un evento en la Misión de San José. Esa noche había tocado precisamente el saxofón de Beto. Al terminar, Valtierra le pidió que lo llevara a su casa porque estaba cansado. Antonio todavía recuerda el suéter de rombos, la camisa blanca y la mano levantada para despedirse antes de verlo entrar a su vivienda.
Beto Valtierra falleció la mañana del 4 de abril de 2024, a los 85 años. Hasta unas semanas antes había continuado trabajando y tocando. Para Antonio, la muerte trajo también aquella promesa pendiente y otra frase que el maestro le había dejado cuando alguna vez dudó de sus propias capacidades. “No te estoy preguntando si eres bueno o malo, lo único que te pido es que no dejes de tocar”, recordó León de la Cruz.
Antonio no dejó de tocar. Tampoco guardó el Mark VI como una reliquia condenada a permanecer dentro de una vitrina. En mayo de 2025 decidió llevarlo hasta París y acudir directamente a Selmer para darle mantenimiento. Conseguir una cita podía tardar meses, pero un luthier aceptó revisar aquel saxofón. Comenzó a examinar fugas, mecanismos y ajustes hasta que apareció la pregunta inevitable. Quería saber cómo había conseguido Antonio un instrumento así.

“Fue un regalo de un gran amigo”, explicó. El especialista quedó sorprendido. “Nadie regala algo como éste. Te ha de apreciar mucho”, comentó. Entonces Antonio comenzó a contarle quién había sido Beto Valtierra, Los Seven Teens, las décadas de música, aquellas conversaciones acompañadas por café y El Ojo de Pancha y la petición de tocar “A mi manera” cuando llegara su funeral.
El luthier continuó trabajando mientras escuchaba. Aquel Mark VI había salido de Francia décadas atrás, había terminado en manos de un saxofonista formado en la frontera mexicana, había sonado durante los años del twist y ahora regresaba a París cargando una biografía que ningún número de serie podía explicar.
Cuando terminó el mantenimiento, el especialista resumió la historia de una manera que Antonio no olvidó. “No te regaló un saxofón, te regaló su historia, te regaló gran parte de su trayectoria”, señaló. Después llegó el momento de pagar y ocurrió otra sorpresa. “Una historia como ésta no se cuenta tan fácilmente. El día de hoy andas de suerte, hoy no me debes nada”, agregó. No quiso cobrarle.
El saxofón siguió su viaje por Europa. Antonio lo llevó al cementerio de Montparnasse y tocó “Canción Mixteca” frente a la tumba de Porfirio Díaz. Después lo hizo sonar cerca de la Torre Eiffel y finalmente viajó con él hasta Dinant, Bélgica, ciudad estrechamente ligada al nacimiento del saxofón. El instrumento que durante décadas había contado historias de Juárez con música regresaba así a los lugares donde había comenzado la historia de su propia familia instrumental.

Antonio recorrió junto con el sax el Camino de Santiago, esa antigua geografía de peregrinos que atraviesa Europa hasta desembocar en Santiago de Compostela, Galicia, donde la tradición sitúa la tumba del apóstol Santiago el Mayor y cada caminante llega cargando sus propias razones.
El Selmer Paris Mark VI de 1970 ha recorrido desde entonces miles de kilómetros. Pasó por los años de Los Seven Teens, sobrevivió a escenarios, viajes y generaciones, cambió de manos y regresó a Europa. Don Beto lo llamó aquella tarde una “cacharra de latón”, quizá porque algunas cosas demasiado importantes solamente pueden entregarse fingiendo que no lo son.
Antonio León de la Cruz terminó entendiendo en París lo que había recibido realmente. Aquel saxofón conserva las huellas de un músico nacido en Matehuala que hizo de Ciudad Juárez su casa, tocó con figuras de una época, enseñó música durante años y trabajó prácticamente hasta el final de su vida. Don Beto murió el 4 de abril de 2024. Su Mark VI, en cambio, todavía anda por ahí haciendo exactamente lo que él pidió alguna vez a su alumno. Seguir tocando.

