Son las seis de la tarde y afuera del Centro Cultural Paso del Norte la primera composición de la noche todavía no necesita instrumentos. La forman unas 300 personas alineadas frente al edificio, conversaciones cruzadas, abanicos improvisados y una expectativa que lleva un nombre conocido por todos. Faltan sesenta minutos para el concierto de las orquestas sinfónicas de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y la Universidad Autónoma de Chihuahua dedicado a Juan Gabriel. El termómetro marca 36 grados. Nadie se mueve de la fila.


Hay niños, jóvenes, adultos mayores, parejas y familias enteras. Algunos llegaron con mucha anticipación. Diez años después de la partida del Divo de Juárez, sus canciones siguen convocando multitudes en la ciudad que convirtió en escenario, refugio y parte esencial de su biografía. El concierto forma parte de las actividades organizadas por la UACJ para celebrar su legado y la sensación alrededor del recinto es parecida a la de las grandes noches. Todos conocen alguna canción.
A las 6:08 de la tarde ocurre el primer aviso musical. Dos clarinetes comienzan a sonar mientras continúa el ingreso al inmueble, con capacidad para más de mil 500 personas. Todavía no hay concierto, pero el ensayo espontáneo basta para cambiar el ruido del vestíbulo por unas cuantas notas que anuncian lo que viene.
A las 6:35, alrededor de 25 músicos ocupan ya sus lugares. Algunos prueban sus instrumentos, afinan, repasan fragmentos. La mitad del Teatro Víctor Rascón Banda está llena. Sobre el escenario comienza a construirse esa geografía particular de una orquesta, con atriles, cuerdas, alientos y percusiones esperando la primera indicación. El calor también ha entrado. Los enormes ventiladores colocados a los costados intentan mover el aire, aunque no alcanzan a refrescar completamente el recinto. Hay gente que se abanica con programas, papeles y cualquier objeto capaz de producir una pequeña ráfaga.


Una pantalla se enciende y muestra, mediante imágenes creadas con inteligencia artificial, una avenida Juárez de otros tiempos. La vieja calle aparece animada como si la memoria también hubiera conseguido entrada. Después llegan nuevas imágenes y el teatro comienza a parecer un álbum abierto de la ciudad donde Alberto Aguilera Valadez construyó buena parte del personaje que terminaría conociendo todo México.
En la zona Plateado empiezan a ocupar sus lugares algunos invitados acompañados de sus parejas. A las 6:50 se escucha la primera llamada. Cinco minutos después, a las 6:55, llega la segunda. Se pide al público colocar los teléfonos celulares en silencio. Para entonces todos los músicos están ya en sus sitios. La orquesta está preparada. El público también.

Pero pasan los minutos y a las 7:08 comienzan los chiflidos y los aplausos. No son todavía parte del repertorio, sino una especie de presión colectiva dirigida al escenario. “Que ya empiece, hace mucho calor”, grita una mujer mientras mueve con velocidad un abanico de mano. La frase provoca algunas risas y resume el sentir de una parte del público.
A las 7:11 llega finalmente la bienvenida. Se presenta el concierto y comienzan los agradecimientos. Se reconoce entre los asistentes la presencia del notario de Juan Gabriel y de Jean, hijo del cantante. También interviene Castillo, de la UACJ, quien agradece a quienes hicieron posible el encuentro. A su lado se encuentra Brenda Rodríguez, subsecretaria de Cultura en la Zona Norte. Desde las butacas alguien grita “¡Viva Juan Gabriel!” y la respuesta llega desde distintos puntos del teatro.
A las 7:16 se apagan las luces. Una nube de humo corre por el escenario y, un minuto después, aparecen los directores. Se abrazan. Lizandro Valentín García Alvarado, director orquestal de la orquesta sinfónica de la UACJ, con el cabello largo recogido y traje negro, sube al estrado. El teatro cambia de temperatura emocional antes de que pueda cambiar la temperatura física.

Las primeras notas pertenecen a No tengo dinero. Juan Gabriel ha entrado por la única puerta que nunca se cerró, la de sus canciones. La ejecución es impecable. Sonido limpio, músicos precisos y una orquesta que desde los primeros compases demuestra que aquella noche el repertorio popular tendrá una dimensión sinfónica. Las cuerdas ensanchan las melodías, los metales les dan cuerpo y los alientos encuentran pequeños espacios escondidos dentro de piezas escuchadas miles de veces.

Siguen Tus ojos mexicanos lindos y Dénme un ride. Para entonces ocurre algo curioso. El calor continúa exactamente donde estaba, pero comienza a perder protagonismo. La calidad musical desplaza aquella molestia hacia un rincón de la experiencia. Los abanicos siguen moviéndose, aunque cada vez resulta más difícil apartar la atención del escenario.

Y llega De mí enamórate. La interpretación merece quedarse entre los recuerdos grandes de la noche. Los arreglos poseen una dimensión que por momentos remite a aquella tradición sinfónica con la que el propio Juan Gabriel elevó su cancionero hasta Bellas Artes. Hay respeto por una obra cuya construcción melódica demuestra soportar toda la potencia de una orquesta.

La música comienza entonces a viajar entre estados de ánimo con Insensible, He venido a pedirte perdón y Mi fracaso. El público pasa del movimiento al coro, del aplauso a los vivas para el gran embajador musical de Ciudad Juárez. García Alvarado dirige esta última pieza antes de entregar la batuta a David Pérez Olmedo.

El relevo modifica también la sonoridad de la noche. Pérez Olmedo entra acompañado por el Mariachi Universitario y abre su intervención con Canto a mi tierra. Las cuerdas del mariachi se incorporan al cuerpo orquestal y el concierto adquiere otro acento, profundamente ligado a la música que convirtió a Juan Gabriel en un compositor capaz de caminar entre géneros y generaciones.
La segunda parte comienza con un Juan Gabriel proyectado en pantalla. Es una grabación de uno de los conciertos con los que celebró 25 años de carrera artística. “Se está haciendo un video para yo dejarlo como testimonio para cuando yo no esté en este planeta, pues las próximas generaciones… bueno, algún día me tengo que ir. Bueno, está bien”, dice el cantante. Por algunos segundos ya no hace falta ningún arreglo. Hay lágrimas y después llegan los gritos. Para muchos de quienes están allí Juan Gabriel sigue viviendo precisamente de esa manera, entrando por una pantalla, regresando desde una canción, apareciendo en una frase que alguien sabe completa aunque hayan pasado décadas.
El Mariachi Universitario se estrena musicalmente con Me nace del corazón y el Víctor Rascón Banda, con calor incluido, se transforma en una gran fiesta. Vienen Inocente pobre amigo, No vale la pena, No me vuelvo a enamorar y Hasta que te conocí. Después La farsante, Ya lo sé que tú te vas y Abrázame muy fuerte.

A estas alturas, el concierto ha conseguido que el público recorra varias épocas de su propia memoria. Cada canción parece tener dueño entre las butacas. Alguno la asocia con una persona, otro con una casa, otro con una ruptura y muchos simplemente con Juárez. Con Abrázame muy fuerte, el mariachi abandona el escenario bajo el aplauso de más de mil personas.

La tercera parte devuelve a Lizandro Valentín García Alvarado al frente. Antes de subir nuevamente al estrado, choca el puño con el director de la UACH. Es un gesto breve entre colegas antes de reanudar la maquinaria musical. Llegan Querida, Nadie baila como tú y Bésame. Después comienza un popurrí magistral que termina levantando a buena parte del teatro con Siempre en mi mente, Mentiras que me quieres mucho, Parácuaro y nuevamente Dénme un ride.

Para entonces hay gente de pie. La Frontera y Juárez es el No. 1 llevan el concierto directamente al territorio sentimental de la ciudad. Juárez aparece dentro de las canciones y las canciones regresan a Juárez. Después llega Amor eterno y el Mariachi Universitario vuelve al escenario. Hay canciones que necesitan pocos segundos para modificar el ánimo de un auditorio entero y esta es una de ellas. Algunas personas cantan, otras guardan silencio y otras simplemente escuchan.
La noche fue construida por dos orquestas, pero tuvo muchos otros brillos. En las voces estuvieron Ilse Viridiana Durón, Fernando Hernández Garza, Marisol Castro y Aníbal Acevedo, cuatro solistas encargados de enfrentarse a un repertorio que buena parte del público conoce de memoria. Sus interpretaciones estuvieron a la altura de la música, con momentos que rozaron la perfección.

La banda añadió otra capa al sonido. Elgran músico cubano-mexicano Danni Iglesias estuvo al piano, Guillermo Velázquez en la guitarra, Sergio Gutiérrez en el bajo eléctrico, Francisco Domínguez en la batería y Fernando Herrera en el saxofón. El coro estuvo integrado por Ivonne Torresdey, Alejandra Torrente, Sara Argueta, Marabrí Flores y David Hernández. Todos fueron parte de una misma maquinaria musical que llevó a Juan Gabriel desde el mariachi hasta la sinfónica y desde la canción popular hasta una lectura orquestal de enorme factura.

Después vino la otra conversación. Terminado el concierto, las redes sociales comenzaron a llenarse de críticas por el calor dentro del Teatro Víctor Rascón Banda. Algunos asistentes cuestionaron que un recinto de esas dimensiones hubiera funcionado únicamente con enormes ventiladores laterales. La incomodidad existió. Quienes estuvimos allí la sentimos y durante algunos momentos fue un verdadero fastidio. El problema, sin embargo, era ajeno a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y a las orquestas responsables del concierto.
El Víctor Rascón Banda pertenece al Centro Cultural Paso del Norte y actualmente atraviesa un proceso de rehabilitación cuya segunda etapa incluye precisamente el nuevo sistema de climatización. Brenda Rodríguez, subsecretaria de Cultura en la Zona Norte, explicó a Poetripiados lo que ocurre detrás de esos ventiladores gigantes.
La primera etapa, relató, correspondió al techo. La segunda contempla la instalación del clima, el cambio de ductos y la rehabilitación de toda la infraestructura eléctrica. Una parte del problema se arrastra desde años atrás, cuando fue robado el cableado del inmueble. La intervención terminó siendo mayor y fue necesario incorporar al proyecto un transformador especial para soportar el nuevo sistema.

Según Rodríguez, los motores de los antiguos aparatos de aire acondicionado ya fueron retirados. Ahora faltan los nuevos ductos y la llegada de ese transformador. Todavía habrá una tercera etapa dedicada al sistema contra incendios. La funcionaria estatal aseguró que todas las fases están autorizadas y que el presupuesto aprobado alcanza los 100 millones de pesos. “No se le había metido nunca recursos al teatro”, explicó. La subsecretaria reconoce que conseguir que las obras avancen ha sido una tarea monumental y pide paciencia mientras concluye la rehabilitación.

