AL ORIGEN
si mi alma
se ha alimentado
tanto de lo griego
¿moriré griego
o mexicano?
¿reclamará Namibia
la cuna de mi canto?
¿vendrá el dios Huichilobos
a llevarme a su reino?
¿me mostrará su espejo
el Humanísimo?
mi carne por lo menos
aquí se quedará
en suelo de los hijos
de Mexitli
de la señora que parió
las estrellas y la Tierra
de la aclocada señora
de los pájaros
y el terremoto
que es mitad caimán y mitad hembra
línea finísima donde
se unen las arenas y las aguas
en este lago inmenso en cuyo centro soy la serpiente
que un águila devora
MANANTIAL
Volvieron a reunirse
tus partes desmembradas
al terminar la escalinata
en dirección a la profundidad.
Lágrimas de un demorado
deshielo.
Huellas de zarpa
en el centro del muro.
Surcos de ese anfibio feroz
rumbo al pantano
lo mismo que un nocturno
dictado por la piedra.
Es un cielo
terrestre,
un pedazo de aire
o cicatriz
en la maduración
de la ventisca.
Volviste a ser reunida
pieza a pieza,
Madre del limo y de las consonantes.
El ruido de los autos venía
de tan lejos
que terminaba en ondas
expansivas:
ligerísimo estruendo
sobre el agua,
pupila con que expandes
tu dominio bajo el acantilado
de cinco metros cúbicos.
Victoria y Emmanuel
brillaban en la noche
continua,
allá adelante las turquesas
y una rampa
hacia el fondo.
Es tan pura esta agua
que un pensamiento
la corrompe,
un recuerdo la tiñe,
un latido la oxida.
Agua para animar
la carne
con sus huesos,
cada gota un milenio,
cada aro concéntrico
un instante
que se rompe y arrastra
frente a la estalactita.
Garganta
para hinchar
la mirada
del terrón
convertido
en garfio
que habrá de levantarnos
cuando el temor nos tumbe.
El sol se disolvió
en tu azul.
El sol se hizo cianuro
y lo bebimos
y fuimos otra vez el cielo
y sus doscientas gradas.
Beben de aquí
los elementos,
bebe el aire
para alzarte la falda,
bebe el fuego
para alcanzar el tono
de la estufa,
bebe la tierra misma
en su propio mirar,
bebe
el agua
su interminable agua,
su propio cuerpo
separado a la fuerza
en cielo y suelo,
en el celeste lodo
con el que me formaste,
batracio milenario,
ojo de agua,
yacimiento.
SUEÑO MINERAL
inmensas cantidades de sal
para secar la dársena
para fosilizar una ensenada
un brazo mínimo de mar
que se adentra en la tierra
que antes era agua
que antes era tierra
y Tú eras las dos
y al mismo tiempo cielo
una amargura tal
que te hizo piedra
doble acantilado
un par de masas oscilantes
de piedra dura y rígida
convertidas en carne
una carne petrificada
por las nubes
por las nubes más negras cada vez
nubes grisáceas
tenues
como una ráfaga de niebla tóxica
que acabó con la vida
esa vida minúscula
irredenta
que luego se hizo muerte
aunque muerte vital
y enseguida otra vez blanca lo mismo que la espuma
o el vapor
tierra sin modo de habitarse
tierra negándose a la brisa
que trajera lo vivo
y lo implantara
Madre abortando
Madre sabiendo de antemano
que la vida venía a aniquilarla
Madre pretérita y silente
ven
no tengas
miedo de nosotros
seres humanos cortos de estatura
inexistentes ya para tus años
que se miden en eras
en millones
en esa longitud de tiempo
que no cabe en la mente
Madre
perdónanos el daño que te hicimos
quítanos ya este modo
de hablar y respirar
haznos materia dura y yerta
para que nunca más
volvamos a partirte
en dos
en mil
en nada

SERGIO BRICEÑO (Colima, México, 1970). Maestro en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Barcelona. Premio Internacional de Poesía Salvador Díaz Mirón, Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines. Su obra poética está en los libros Corazón de agua negra, Catorce fuerzas, Ella es Dios, Saetas, Náqar, La hembra humana, Trance, Insurgencia, En concreto (Xilitla), Todos somos esto, Forrest y Monolito. Es autor de la novela Tumba siete. Ha sido traducido al francés y al alemán. Aparece en las antologías El manantial latente, La luz que va dando nombre, Árbol de variada luz y Antología de poesía mexicana actual.

