I. La tele que promete y la vida que niega
Seamos honestos desde el principio. Esto no es un libro, es una puñalada en el estómago que llega por detrás, cuando uno está distraído viendo la televisión, creyendo que la vida es esa mentira brillante de los comerciales de detergente y seguros médicos.
Vacas (1998), del novelista y guionista británico Matthew Stokoe, es un viaje al subsuelo, literal y metafórico, de un país que se llama Estados Unidos, aunque podría ser cualquier lugar donde los sueños se fabrican en serie y también se rompen en serie.
Crecí viendo la misma tele que Steven, el protagonista de esta pesadilla. Esa caja luminosa que vendía la familia perfecta, el perro que mueve la cola, la esposa que espera con el delantal puesto y la cena caliente. El hijito rubio que juega en el jardín mientras papá llega del trabajo con el periódico bajo el brazo. Esa mentira piadosa que nos vendieron como pan caliente y que nosotros, crédulos, nos tragamos con todo y empaque.
Pero Steven no tiene nada de eso. Steven tiene a “la Mala Bestia”, una madre que es más bien un monolito de grasa y sadismo, que lo alimenta con desechos y le recuerda a cada rato que el día que nació le orinó los ojos y ella nunca se lo perdonó. Steven tiene un perro paralítico al que la Bestia dejó tullido de un ladrillazo porque sí, porque en este mundo la crueldad no necesita motivo. Steven tiene un trabajo en un matadero donde los hombres se convierten en bestias y las bestias, paradójicamente, terminan siendo más humanas que los hombres.
Y tiene, sobre todo, una televisión que nunca se apaga.
II. El matadero como catedral
Dice Cripps, capataz del matadero y filósofo de pacotilla, que matar es un acto de autorrealización. Que cuando usted mata se mira al espejo y descubre quién es realmente. Que la violencia lo libera de las cadenas que le impuso la sociedad. Suena bonito, ¿no? Suena a discurso de autoayuda con olor a pólvora. Pero Cripps no mata por filosofía, lo hace porque le gusta, y porque mientras mata siente una excitación que lo desborda, una conexión visceral con algo que él llama “la verdad del poder”.
Ahí hay una verdad incómoda que Stokoe no disfraza. La violencia es sexual, política y religiosa. Los matarifes no son asesinos fríos, son fieles de un culto donde la sangre funciona como vino de consagración y los cadáveres de las vacas se vuelven el altar.
Cuando se ensañan con una vaca viva entre todos, turnándose para infligir dolor, no cometen un acto de perversión gratuita. Celebran una misa negra en la que ellos actúan como sacerdotes y la bestia ocupa el lugar de la hostia.
Y Steven —nuestro héroe, por llamarlo de alguna manera— termina participando. No porque quiera, sino porque ya no puede hacer otra cosa. La violencia lo ha atrapado como una telaraña y cada paso que da para liberarse lo hunde más.
III. La lengua de los que no tienen voz
Aquí la cosa se pone verdaderamente interesante. Porque en medio de tanta sangre, tanta inmundicia y tanto dolor derramado sobre cadáveres de animales, aparecen las vacas parlantes. Y yo sé lo que usted está pensando: “este ya se pasó de lanza, ¿vacas que hablan?” Pero aguántese ahí.
Las vacas hablan porque tienen que hablar. Porque en esta novela los únicos seres con conciencia moral, los únicos capaces de mirar más allá de su propia conveniencia, son los animales. El toro Guernesey ve venir lo que Steven no quiere ver: que Cripps lo está usando, que la violencia no lo va a liberar, que se está convirtiendo en un monstruo. Y se lo dice claro: “Ese hombre Cripps va a destruirte”. Pero Steven no escucha, porque escuchar significaría renunciar al único poder que ha conocido.
Las vacas viven en las alcantarillas, en un mundo subterráneo que es el reverso oscuro de la ciudad brillante que Steven ve en la tele. Han construido una sociedad, tienen sus propias jerarquías, sus propios conflictos. Y cuando Steven las lleva a matar humanos, cuando les da de comer carne humana, está creando un ejército. Está haciendo con ellas lo mismo que Cripps hizo con él: está convirtiéndolas en depredadoras para sentirse poderoso.
El Guernesey lo sabe y se lo dice: “Estás aprendiendo a disfrutar esto. Llevas a Cripps dentro y cada día despierta más”. Pero ya es tarde. Para cuando Steven entiende que se ha convertido en lo que más odiaba, ya no hay vuelta atrás.
IV. Lucy y el veneno
Y luego está Lucy. La vecina del cuarto piso, la única mujer que Steven ha conocido, la que podría haber sido la esposa de la tele, la madre de sus hijos, la pieza final del rompecabezas del sueño americano. Pero Lucy también está rota. Ella cree que el dolor se acumula físicamente en el cuerpo, que hay un veneno negro incrustado en las entrañas que hay que extirpar para ser feliz. Pasa horas mirándose el colon con un endoscopio, buscando esa masa de sufrimiento que está segura de llevar dentro.
Es la metáfora perfecta de la generación que no puede simplemente vivir porque está demasiado ocupada analizándose, buscando la causa de su infelicidad en el útero materno, en el trauma infantil, en la herencia genética. Lucy no puede ser feliz porque cree que la felicidad es un estado de pureza al que se llega por eliminación de impurezas. No entiende que la felicidad es aceptar la mugre y seguir adelante.
Cuando muere —porque en esta novela todos mueren, y casi siempre de la manera más horrible imaginable—, Lucy se extrae a sí misma. Se abre el vientre y saca el feto, convencida de que es el veneno que la estaba matando. Y nosotros, los lectores, sabemos que el veneno era ella misma, era su incapacidad para aceptar que la vida es esto, esta mezcla de luz y sombra, y que no hay cirugía que la extirpe.
V. El regreso al útero
Al final, cuando Steven ha perdido todo, a Lucy, al perro, al apartamento, al hijo que nunca nació, cuando la ciudad se le viene encima con su multitud de seres normales que lo aplastan con su normalidad, ¿adónde va? Vuelve al subsuelo. Vuelve a las alcantarillas. Vuelve al vientre de la tierra.
Y allí mata al Guernesey con el fémur de Cripps, una imagen poderosa digna de la mejor literatura negra, y se sienta en el montículo, con la pequeña vaca ruana acariciándole el costado mientras el rebaño duerme. Por primera vez en toda la novela, Steven está en paz.
Pero ¿qué clase de paz es esa? Es la paz de alguien que ha renunciado a ser humano. La paz del dictador en su búnker, del mesías en su montaña, de quien construye su propio mundo porque el real nunca lo quiso.
Steven ha conseguido lo que siempre quiso, una familia que lo ame, un lugar seguro y una vida sin sobresaltos. Su familia son vacas que han aprendido a matar, su lugar es una cueva impregnada de excremento y su vida consiste en liderar estampidas contra humanos para alimentar la necesidad de sus fieles.
Es el sueño americano llevado a su conclusión lógica: cuando no puedes ser parte de la sociedad, construyes la tuya propia. Y cuando la tuya propia es inviable, te refugias en la única compañía posible: las bestias que tú mismo has moldeado.
VI. Lo que Stokoe nos está diciendo
Llevo años leyendo realismo sucio, años recorriendo los márgenes de la literatura donde los personajes no se bañan y las paredes tienen manchas de humedad. He leído a Bukowski, desde luego, y a Selby, y a ese monstruo de Fante que escribía con las vísceras. Pero Stokoe va más allá. Stokoe no se conforma con mostrar la mugre: la cocina, la sirve en plato de porcelana.
Porque Vacas es una novela sobre la soledad radical del hombre contemporáneo, sobre su incapacidad para conectar con otros seres humanos, sobre la manera en que la cultura de masas —esa televisión que nunca se apaga— nos vende sueños que no podemos alcanzar y luego nos culpa por no alcanzarlos.
Steven quiere ser como la gente de la tele. Quiere la esposa, el hijo, el perro y la casa con jardín. Cuando finalmente lo consigue, aunque sea por un rato, descubre que no es suficiente. Que la felicidad no se construye con objetos, ni con personas, ni con rituales copiados de una pantalla. Que la felicidad, si es que existe, está en otra parte. Y como no sabe dónde está, se conforma con el poder.
El poder de que lo amen, aunque sean bestias. El poder de que lo sigan, aunque sea hacia la muerte. El poder de ser una deidad en un reino de desechos.
VII. Una nota sobre el estilo
Hay que escribirlo: Stokoe escribe como los dioses. Tiene una prosa que corta, que duele, que se mete en los intersticios del cerebro y se instala ahí para no irse nunca. Las escenas de violencia están descritas con una precisión casi clínica, pero con la justa medida para que usted entienda que el horror es el punto, no el adorno.
Los diálogos son ásperos y directos, sin concesiones. Cuando el toro Guernesey habla con Steven no hay falsa poesía ni sentimentalismo barato, solo dos criaturas que se necesitan mutuamente y desconfían por ello, y eso se nota en cada palabra.
La estructura alterna entre el mundo de arriba, la ciudad, la televisión y esa normalidad que Steven intenta alcanzar, y el mundo de abajo, los túneles, la sangre y el lugar donde encuentra una forma de libertad. Ese contraste está narrado con un ritmo que no da tregua.
Uno lee Vacas como quien presencia un accidente en cámara lenta, sabiendo que será algo terrible, pero sin poder apartar la mirada.
VIII. Entonces, ¿vale la pena?
Mire, no voy a venirle con el cuento de que esto es para todos. No lo es. Si usted se ofende con la violencia explícita, si le molestan las situaciones límite, si cree que la literatura debe ser edificante y dejar un mensaje positivo, mejor busque otro libro. Hay muchos.
Pero si usted cree, como yo, que la literatura es para mirar al abismo, para preguntarse hasta dónde puede llegar el ser humano cuando le quitan todas las máscaras, para entender que la civilización es una capa muy delgada sobre un océano de barbarie —entonces Vacas es para usted.
No es un libro cómodo. No es un libro que se lea en una tarde de sol con una bebida fría. Es un libro que se lee en las madrugadas, cuando la ciudad duerme y uno se siente tan solo como Steven en su cuarto, mirando la tele y preguntándose por qué su vida no se parece a la de los anuncios.
Y al final, cuando cierra la última página, se queda con esa sensación extraña de haber visto algo que no debía, de haber espiado por una cerradura prohibida, de haber entendido algo que quizás era mejor no entender.
Pero ya es tarde. Ya lo leyó. Ya lo tiene adentro. Como Steven tiene a Cripps adentro. Como las vacas tienen la carne humana adentro. Como todos llevamos esa semilla esperando las condiciones adecuadas para germinar.
IX. El veredicto final
Vacas de Matthew Stokoe es una novela maldita en el mejor sentido de la palabra. Es de esas obras que pasan de mano en mano, en ediciones fotocopiadas o en archivos compartidos, porque las editoriales no se atreven a tocarlas y los libreros las esconden debajo del mostrador. Es de esas novelas que uno recomienda en voz baja, midiendo al interlocutor para ver si está preparado.
Y no lo está. Nadie lo está. Pero se la recomiendo igual.
Porque en estos tiempos de corrección superficial, de literatura de aeropuerto y de novelas que se leen y se olvidan al bajar del avión, hace falta alguien como Stokoe que venga a recordarnos que el ser humano es sangre, desecho, deseo y sueños rotos. Y que a veces, para seguir viviendo, uno tiene que bajar a las alcantarillas y aceptar que su reino está ahí.
Al fin y al cabo, como dice el amigo Bukowski, “encuentras tu lugar y te sientas en él”.
El lugar de Steven es una cueva, con vacas que lo veneran y un fémur de su maestro como cetro.
¿El suyo? Búsquelo. Pero no se sorprenda si lo encuentra cubierto de aquello que no queremos nombrar.
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CALIFICACIÓN:
· Literatura: 9/10
· Higiene mental después de leerlo: -3/10
· Probabilidad de volver a ser la misma persona: 0/10
Lea con precaución. No conduzca. No opere maquinaria pesada. No socialice por al menos 48 horas.

