Mientras Donald Trump se presenta como el sheriff del mundo, dispuesto a “poner orden” en países que —según su narrativa— viven en el caos permanente, en casa el incendio ya se le salió de control. Estados Unidos, ese laboratorio democrático que presume exportar estabilidad, hoy enfrenta una revuelta social en sus propias calles, con Minneapolis como epicentro y el Ejército como amenaza de contención.
El presidente estadounidense volvió a desempolvar la Ley de Insurrección de 1807, una reliquia legal pensada para escenarios extremos, para advertir que podría desplegar tropas federales y militarizar la respuesta contra las protestas que estallaron tras una serie de operativos del ICE marcados por la violencia. La escena es conocida: gases lacrimógenos, agentes con equipo táctico, manifestantes perseguidos y una ciudad sitiada por fuerzas federales que superan en número a la propia policía local.
El detonante fue el asesinato de Renee Good, de 37 años, quien murió de un disparo en la cabeza por parte de un agente migratorio. A eso se sumó un nuevo tiroteo, ahora con un agente federal que hirió a un hombre durante un operativo. La versión oficial habla de defensa propia; la calle responde con piedras, fuegos artificiales y rabia acumulada. El guion es tan predecible como inquietante.
Trump, fiel a su estilo, no llamó a la calma ni a la investigación, sino al músculo militar. Desde redes sociales acusó a “agitadores profesionales” y defendió a los “patriotas del ICE”, una agencia que actúa con un margen de impunidad cada vez más amplio. Para el mandatario, el problema no es el uso excesivo de la fuerza, sino la resistencia ciudadana. El remedio: más poder, más armas, más Ejército.
La paradoja es evidente. Mientras Trump señala a Venezuela, Nicaragua o cualquier otro país incómodo como ejemplos de autoritarismo y desorden, su respuesta interna se parece cada vez más a la de los regímenes que dice combatir. Tropas para reprimir protestas civiles, fuerzas federales imponiéndose sobre gobiernos locales y una narrativa que criminaliza la disidencia. Maduro, pero con estrellas y barras.
El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, fue claro al decir que la ciudad ha sido “invadida” por fuerzas federales que generan miedo y enojo. El gobernador Tim Walz fue más lejos al señalar que esto dejó de ser un asunto migratorio para convertirse en una campaña de brutalidad organizada desde el propio gobierno federal.
En Minnesota se han reportado más de dos mil arrestos desde diciembre. No es una operación quirúrgica, es una demostración de fuerza. Y Trump parece dispuesto a cruzar una línea más: usar al Ejército para apagar protestas sociales. No para defender fronteras lejanas, sino para disciplinar a su propia población.
Al final, el desorden que Trump dice combatir afuera florece dentro. Y el país que se erigió como defensor de la democracia empieza a ensayar, sin pudor, su propio manual de autoritarismo. Con uniforme, fusiles y una ley del siglo XIX como coartada.

