Hay películas que se ven y otras que se sienten. Y luego está The Plague, de Charlie Polinger, que se mete debajo de la piel (literalmente) y ya no se va. Como la cara de Ben diluyéndose en esa disolvencia imposible, como el dedo de Eli en el suelo del locker, como la sangre en la playera con la que alguien baila mientras la música de otro tiempo suena y la cámara no aparta la mirada.
Intento expresar en palabras lo que esta ópera prima logra con una precisión quirúrgica al retratar el acoso escolar como un proceso de fases, una máquina perfectamente engrasada de destrucción psicológica que culmina en lo físico, y de lo físico salta a lo metafísico.
Bienvenidos a la quinta potencia del bullying.
I. LAS FASES DEL INFIERNO
Lo que Polinger entiende y filma con una claridad que duele es que el acoso es un proceso con distintas fases:
Fase 1: El aislamiento. El chico que no puede hablar, el apestado, es apartado. La plaga (inventada, inexistente, pero eficaz) funciona como coartada perfecta. Nadie se acerca. Nadie toca. Nadie mira a los ojos. Es el territorio del leproso, ese Eli que cuenta historias raras —el laxante en el viaje a Nueva York, la comida mongoliana donde todos miran— mientras el mundo le rehúye.
Fase 2: La desestabilización física. El cuerpo comienza a fallar. Se caen las cosas, los pies tropiezan, las manos tiemblan. El acoso se manifiesta en los músculos, en los reflejos, en la capacidad de sostenerse. Es cuando Ben, el protagonista mudo, sale corriendo y todo se le escapa de las manos.
Fase 2.5: La invasión de los sueños. Una noche, mientras el chico duerme y sueña con chicas haciendo gimnasia artística en el agua (esa música sublime, ese respiro que la película nos concede para después arrancárnoslo), las linternas encienden. Los acosadores han estado esperando. «Espero que no estés soñando con alguna de nuestras putas», dice la voz de Jake. El bully ha llegado al inconsciente.
Fase 3: La internalización. En una conversación con Eli, el leproso, el otro apestado —el de la erupción real, aunque menor—, Ben pronuncia la frase que confirma su derrota: “Algo en mí está mal. Solamente yo lo sé”. Asume la falla como propia y la convierte en parte de su identidad. La plaga se instala en su percepción de sí mismo, y la mirada de Eli, ese espejo roto que le devuelve la confirmación de su condena, se vuelve una de las más perturbadoras del año.
Fase 4: El odio manifiesto. La mirada cambia. En la mesa, durante un juego estúpido de «preferirías», Ben levanta los ojos y ya no hay miedo. Hay odio. La cámara se aleja lentamente, la siguiente escena empieza a superponerse, pero la cara de Ben sigue ahí, visible, visible, visible hasta que se pierde en la nada. El plano más triste del año. El más honesto.
Fase 5: El clímax físico. En la alberca, durante un partido de waterpolo, Jake abraza a Ben una y otra vez. Quiere contagiarlo de su propia ficción. Ben resiste. Jake rasguña, acusa, y el maestro dice: “Están jugando, aguántate”. Entonces Ben intenta ahogarlo. El profesor salva a Jake. Expulsan a Ben.
Fase 6: La autodestrucción como testimonio. En el baile de graduación, Eli baila con un cartón de Perry Boo. Es su única pareja posible. Jake, el pequeño engendro, el líder de la manada, no puede soportar ni siquiera esa felicidad de mentira. Destroza el cartón, persigue a Eli al locker, le dice: «Nadie quiere estar contigo porque te estás comportando así». Eli lo mira con ojos que ya no son de este mundo. Coge unas tijeras y hace el truco del dedo. Pero real. Se amputa el dedo delante de Jake. Sangre. Silencio. Hospital.
Fase 7: La liberación imposible. Ben, con la playera manchada de la sangre de Eli (porque lo cargó, porque no se lavó, porque aceptó el contagio simbólico que Jake había inventado), regresa al baile. Empieza a moverse. Luego a bailar. Luego a bailar frenéticamente. La música que suena es «Corsa Notturna» de Johan Lenox, una pieza vocal y orquestal inspirada en los 60 que suena como un himno de otro mundo. La cámara lo sigue mientras ocupa toda la pista. Los demás miran. La sangre sigue ahí. La película termina.
II. LOS PEQUEÑOS MONSTRUOS SAGRADOS
Decir que The Plague funciona por su guion o su dirección es cierto pero insuficiente. Funciona, sobre todo, porque tiene un elenco de niños-actores que no interpretan: habitan.
Kayo Martin (Jake) es el líder, el que maneja los tiempos, el que sabe esperar. El que enciende las linternas después del sueño húmedo. El que dice “Voy a creer que no puedas distinguir, eso es lo que está pasando” con una calma que hiela la sangre. Boxeador rankeado nacionalmente y skater competitivo, debutante absoluto, Martin construye a un personaje que emparenta directamente con Christian Bale en American Psycho: esa sonrisa que no certifica nada, la capacidad de hacer del silencio una amenaza más letal que cualquier grito. También con Tom Hardy en Bronson, esa teatralidad de la amenaza, la ambigüedad entre la broma y el peligro real. Y con Isabelle Fuhrman en La huérfana: la disociación entre la edad que aparenta (10 años, aunque tenga 14) y el peso adulto de su crueldad. Cuando Jake mira a Eli después de la amputación, Martin tiene que sostener la perplejidad del depredador que encuentra una presa que prefiere mutilarse antes que seguir siéndolo. Y lo logra.
Everett Blunck (Ben) es la víctima. El que no puede hablar. El que aguanta. El que desarrolla urticaria por el estrés, por las cucarachas, por la sugestión, por el rascado compulsivo (ese detalle quirúrgico de «se rasguña la orilla de la uña» que pocos ojos captan). Blunck, que ya había trabajado con Nicolas Cage en The Old Way, sostiene la película con la mirada. Esa mirada que se diluye en la disolvencia pero no se va. Esa mirada que, al final, baila con sangre en la playera. Su linaje: Haley Joel Osment en El sexto sentido, la contención, el silencio que pesa más que cualquier diálogo; Jacob Tremblay en La habitación, la corporalidad del pánico, el cuerpo que no sabe cómo procesar el horror; y Anna Paquin en El piano, la comunicación desde la palabra negada.
Kenny Rasmussen (Eli) es el leproso. El que tiene la erupción real (menor, tratable, nada de qué preocuparse, como señalan los críticos, pero eso no importa cuando el mundo decide que sí importa). El que cuenta historias raras. El que baila con un cartón. El que, al final, se corta el dedo para decir lo que las palabras no pueden. Rasmussen hace con su cuerpo lo que otros hacen con discursos. Su mirada antes del corte es la misma que la de Christian Bale en El maquinista: el cuerpo como campo de batalla de una culpa que no se puede procesar de otra manera.
Elliott Heffernan (Julian) completa el ecosistema. Viene de ser el protagonista infantil de Blitz de Steve McQueen (junto a Saoirse Ronan) y ya ganó premios por ello. Aquí, en un papel secundario, demuestra por qué: sabe estar sin llamar la atención, que es la forma más difícil de estar.
Y luego están Everett Blunck como Ben, Kayo Martin como Jake, Kenny Rasmussen como Eli, Joel Edgerton como Daddy Wags, Lennox Espy como Julian, Lucas Adler como Logan, Elliott Heffernan como Tic Tac, Caden Burris como Matt, Kolton Lee como Corbin. Todos, absolutamente todos, construyendo un ecosistema de crueldad y fragilidad que pocas veces se ha visto en el cine reciente.
III. LA MÚSICA: EL PERSONAJE INVISIBLE
Johan Lenox debuta como compositor para cine con un score construido casi exclusivamente con su propia voz. Cuerdas superpuestas, texturas percusivas, una cualidad «primal» que evoca El Señor de las Moscas. La música no acompaña: asedia.
Pero hay dos momentos donde la música se vuelve protagónica:
El sueño. Las chicas haciendo gimnasia artística en el agua. Una música sublime, etérea, que funciona como el lenguaje que el chico no tiene. Es su voz interior hecha melodía. Por eso duele tanto cuando las linternas encienden.
El final. «Corsa Notturna». Una pieza vocal y orquestal inspirada en los 60, según las notas de Lenox. No suena a nada de lo que hemos escuchado antes en la película. Es de otro tiempo, de otro mundo. Y sin embargo, es exactamente lo que necesita ese momento: un himno de liberación para un chico que carga la sangre de su amigo mientras baila.
IV. EL DEDO: TRES DIMENSIONES DE UN SÍMBOLO
La escena de la amputación es el epicentro de la película. Vale la pena detenerse en lo que significa:
Metafóricamente: El dedo que señala, que toca, que cuenta. Eli se amputa la posibilidad de señalar a Jake, de tocar a otro, de llevar la cuenta de las ofensas. Es la renuncia a la denuncia y la certificación de su intocabilidad.
Psicológicamente: Cuando las palabras no sirven, el cuerpo habla. La autolesión como lenguaje extremo. La internalización de la violencia del agresor, convertida en autoagresión. El control en la pérdida de control: «si no puedo controlar mi vida, al menos controlo mi muerte (o mi mutilación)».
Filosóficamente: El cuerpo como propiedad última. Cuando no puedes cambiar el mundo, cambias tu relación con él mediante el sacrificio. El dedo en el suelo es un testimonio mudo que acusa sin necesidad de palabras. Es la superación del simulacro: Jake ha vivido en la ficción de la plaga; Eli introduce lo real con sangre.
V. LA PLAGA: ¿REAL O CONSTRUCCIÓN?
Los críticos han debatido si la erupción es real o no. La respuesta es más compleja y más terrorífica:
La erupción de Eli es real, pero es una infección menor, fácilmente tratable (TheWrap dixit). La «plaga» como enfermedad contagiosa y mental es una invención de Jake. La urticaria que desarrolla Ben es producto del estrés, las cucarachas, la sugestión y el rascado compulsivo que nuestros ojos detectaron.
Es decir: la ficción del agresor se vuelve real a fuerza de violencia psicológica. El bully no necesita contagiar nada. Solo necesita mantener el estrés en el nivel exacto para que el cuerpo de la víctima haga el resto.
La plaga no era la piel. La plaga era el sistema: los adultos que no ven, los compañeros que callan, el líder que construye ficciones, y la víctima que termina encarnándolas.
VI. EL FINAL: LA SANGRE Y EL BAILE
Ben baila con la playera manchada de la sangre de Eli. Esa sangre es la prueba de que cargó a su amigo, de que no se lavó, de que aceptó el contagio simbólico que Jake había inventado.
Mientras baila, la música de otro tiempo lo envuelve. La cámara no lo suelta. Ocupa toda la pista. Los demás miran.
¿Está libre? ¿Está loco? ¿Está muerto en vida?
La película muestra a un chico con sangre en la ropa, bailando como si el mundo se acabara, ocupando por primera vez un espacio que siempre le fue negado.
Esa ambigüedad es el mayor acierto de The Plague. Porque después de todo lo visto —las fases, las linternas, las cucarachas, el dedo—, no sabemos qué significa exactamente ese baile. Y no saber es la respuesta correcta.
VII. LA QUINTA POTENCIA
The Plague es una película sobre cómo se construye un infierno paso a paso, fase por fase, hasta que la víctima ya no distingue entre el agresor externo y el agresor interno.
Es una película sobre cómo la ficción puede volverse real si se repite lo suficiente.
Es una película sobre cómo el odio engendra odio, y la violencia engendra violencia, y al final todos terminamos manchados de alguna sangre que no es la nuestra.
Y es, sobre todo, una película sobre cinco niños-actores que deberían dar clases a medio Hollywood. Kayo Martin, Everett Blunck, Kenny Rasmussen, Elliott Heffernan y el resto del reparto han hecho algo que no se ve todos los días: habitar el horror sin dejar de ser niños, o precisamente por serlo.
Cuando Ben baila con la sangre en la playera, cuando Eli se mira el dedo antes de cortarlo, cuando Jake recibe esa mirada que no sabe interpretar, el cine se convierte en algo más que entretenimiento. Se convierte en testimonio.
Y nosotros, los que vimos, los que analizamos cada fase, cada mirada, cada nota musical, nos quedamos como la cara de Ben en esa disolvencia: visibles, visibles, visibles, hasta perdernos en la nada.
Pero sin olvidar.
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The Plague está disponible para renta en Amazon Prime Video y en Mubi. No la veas si buscas catarsis fácil. Vela si quieres entender cómo duele crecer cuando nadie te ayuda.

