Con Nicolás Maduro ya detenido y fuera de Venezuela, el balance geopolítico adquiere un tono aún más contundente: Rusia y China optaron por no pasar del discurso, dejando en evidencia que sus advertencias previas y condenas posteriores no se tradujeron en respaldo real frente a la ofensiva de Estados Unidos. La captura del mandatario venezolano marca un punto de quiebre no solo para el chavismo, sino para la arquitectura de alianzas que durante más de dos décadas sostuvo al proyecto bolivariano.
El desenlace contrasta de manera frontal con el pasado. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, Caracas construyó una relación estratégica con Moscú y Pekín como parte de su apuesta por un orden mundial multipolar. Esa red de apoyos fue decisiva en 2019, cuando Maduro enfrentó una severa crisis de legitimidad tras elecciones cuestionadas: Rusia y China rechazaron reconocer a Juan Guaidó como presidente interino y blindaron al régimen con respaldo diplomático, créditos, cooperación militar y apoyo en foros internacionales.
Hoy, ese paraguas desapareció. Pese a las advertencias lanzadas por Washington desde septiembre y al despliegue de unos 15 mil soldados estadounidenses, junto con una parte significativa de la capacidad naval de Estados Unidos en el Caribe, ni Moscú ni Pekín activaron mecanismos de disuasión efectivos. El resultado fue una operación militar que culminó con la detención de Maduro y su traslado fuera del país, sin que se registrara una reacción más allá de comunicados y declaraciones.
Rusia condenó la intervención y habló de “caos legal”, piratería y violaciones al derecho internacional. A través de su cancillería, exigió estabilidad, respeto a la legalidad marítima y apeló al “pragmatismo” de Washington. Sin embargo, el mensaje quedó en el terreno retórico. No hubo anuncios de apoyo logístico, asistencia militar ni medidas diplomáticas de alto costo que indicaran una disposición real a confrontar a Estados Unidos por el destino de su antiguo aliado.
China siguió un guion similar. Pekín calificó la captura de Maduro como un acto hegemónico que amenaza la paz y la seguridad en América Latina y el Caribe, y reiteró su rechazo al uso de la fuerza contra un Estado soberano. Pero, al igual que Rusia, no dio pasos concretos que alteraran el curso de los acontecimientos. La potencia asiática, con intereses económicos globales mucho más amplios, evitó escalar una crisis que podría afectar su relación con Washington en otros frentes estratégicos.
El silencio operativo de ambos actores deja una conclusión clara: Venezuela dejó de ser una prioridad estratégica al nivel que alguna vez tuvo. En un contexto internacional marcado por la guerra en Ucrania, las tensiones en Asia-Pacífico y la competencia tecnológica y comercial entre grandes potencias, el costo de confrontar directamente a Estados Unidos en el Caribe resultó demasiado alto.
Para América Latina, la detención de Maduro y la ausencia de un respaldo efectivo de Rusia y China reconfiguran el mapa regional. El discurso del mundo multipolar mostró sus límites cuando fue puesto a prueba. Washington demostró que conserva capacidad de acción unilateral en su área de influencia histórica, mientras que los aliados extrarregionales prefirieron administrar la crisis a distancia.

