La narrativa volvió a ser conocida, casi predecible. Bajo el viejo libreto de la “transición pacífica” y la “estabilidad regional”, Estados Unidos desempolvó su vocación tutelar y decidió que Venezuela necesitaba ser dirigida, bombardeada y, de paso, administrada por las petroleras más grandes del mundo. La democracia, al parecer, llega escoltada por cazabombarderos y contratos millonarios.
Donald Trump no habló de soberanía ni de derecho internacional, pero sí de crudo, infraestructura petrolera y ganancias. Todo muy transparente. La Doctrina Monroe, dijo, quedó atrás; ahora es una versión premium, con apagones inducidos y conferencias desde Mar-a-Lago. El Congreso estorba, la ONU incomoda y los pueblos sobran.
No es intervención, aclaran: es una oportunidad de negocio con misiles incluidos. Porque nada dice “libertad” como un pozo petrolero bien custodiado.

