Desde hace unos días, la administración Trump se aburrió de bombardear embarcaciones pesqueras en el Caribe y se decantó por un negocio más lucrativo: robar buquetanques petroleros con crudo Venezolano para su propio beneficio. Argumentando que el régimen de Maduro es una dictadura sanguinaria, los Estados Unidos han decidido robarse todo el petróleo que salga del país caribeño y meterlo a sus reservas, sin importar el derecho internacional.
La piratería es una ocupación que es tan vieja como el imperio Romano (o quizá más), sólo hay que recordar a aquellos pobres bucaneros chipriotas que secuestraron a un muy joven Julio César por allá del siglo I a.C. El futuro César, encabronadísimo porque los desarrapados piratas habían pedido a su familia un rescate muy bajo, indigno para su prosapia, los convenció de aumentar el costo por liberarlo. Incluso, se hizo amigo de los chipriotas, lo cual no impidió que, una vez que lo liberaron (luego de pagar una descomunal cantidad de oro), los persiguiera para crucificarlos por mamones y migajeros.
Sin embargo, la época de oro de la piratería fue entre los siglos XVI y XVIII, y fue una extensión de la guerra económica entre los imperios más grandes de la época: España e Inglaterra. En aquellas épocas los españoles eran los que repartían las tortas a nivel mundial simple y sencillamente porque tenían bajo su dominio a los dos principales productores de oro y plata del mundo, México y Perú.
Los metales mencionados eran la base de las finanzas mundiales, por lo que los hispanos tenían en sus manos todo el comercio mundial. Inglaterra, en aquellos tiempos gobernada por Isabel I, sabía que era imposible competir contra la entonces llamada “armada invencible”, así que decidió habilitar a combatientes no registrados que actuaban a manera de freelancers para robar los cargados galeones hispanos en su ruta hacia Europa.
Estos combatientes, llamados genéricamente piratas por lo ilegal de su actividad, actuaban en embarcaciones pequeñas y rápidas, fuertemente artilladas, que tendían celadas relámpago a los pesados buques españoles para quitarles su cargamento. De ahí nacen los famosísimos bucaneros, que no eran sino personeros de la reina Chabela (algunos incluso, como Sir Walter Raleigh, le calentaban las patitas y más arribita en las frías noches londinenses). Los bucaneros se apropiaron del caribe y pronto fueron el terror de la marina mercante española, mermando poco a poco el dominio hispano en la economía y a la postre convirtiéndose ellos mismos en los amos del mar océano y, por extensión, de occidente.
La época de oro de la piratería fue alrededor del siglo XVII y principios del XVIII, y poco a poco fue menguando su importancia conforme Inglaterra predominaba sobre España. Aquellos bucaneros del Caribe, en un principio fomentados por la corona inglesa, fueron después combatidos y casi exterminados por la misma cuando ya no fueron útiles (si usted encuentra similitudes entre esto y el trato que el imperio americano le está dando a los cárteles de droga actuales no es casualidad).
Los piratas del Caribe actuales (es decir, los buques estadounidenses que roban el crudo Venezolano), tienen la misma función que sus pares de siglos atrás: consolidar el predominio de la superpotencia y otorgarle el control mundial de precios del petróleo (así como hace siglos fue el oro), al regular el comercio de uno de los productores más importantes del orbe. Además, recordemos que Venezuela tiene como principales clientes a China y Rusia, lo cual lleva la guerra de algo simplemente económico a un asunto de dominio global.
Por ello, tanto Moscú como Pekín están muy atentos a los movimientos del Agente Naranja, ya que, si bien una intervención directa en el país caribeño puede desbalancear el tablero geopolítico, las incursiones corsarias de la US NAVY son también capaces de mover algunas piezas a favor de Trump y sus alegres muchachos.
Así pues, los piratas reales no tienen nada que ver con el simpático Jack Sparrow, sino que están más emparentados con el Agente Naranja y su neofascismo rampante.
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Omar Delgado, escritor, periodista y docente, irrumpió en el panorama literario en 2005 con Ellos nos cuidan, publicada por Editorial Colibrí. Su talento narrativo volvió a brillar el pasado 26 de noviembre, cuando fue galardonado con el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero por su obra Los mil ojos de la selva.
En 2011, su pluma conquistó dos escenarios: obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela Siglo XXI Editores-UNAM-Colegio de Sinaloa con El Caballero del Desierto y, en ese mismo noviembre, ganó el concurso nacional de cuento Magdalena Mondragón, convocado por la Universidad Autónoma de Coahuila.
Su narrativa continuó expandiéndose con Habsburgo (Editorial Resistencia, 2017) y la inquietante El don del Diablo (Nitro Press, 2022). Delgado, con una carrera marcada por la crítica y los reconocimientos, reafirma su lugar entre los imprescindibles de la literatura contemporánea.


