Ciudad de México.- Hace un par de semanas, varios nostálgicos y yo presenciamos lo que fueron las últimas andadas —o eso dicen— de Pentagram, banda pionera del heavy y el doom metal —subgénero del metal hasta la fecha poco valorado por su lentitud—, surgida casi a la par que Black Sabbath, pero en EU, y comandada por el mágico pero cadavérico Bobby Liebling, cuya osamenta famélica y mirada desorbitada parecen indicar una cercanía con la muerte, la locura y una especie de dimensión demoniaca, las tres piedras angulares sobre las que ha girado toda su vida llena de excesos, entiéndase alcohol, putas, drogas del más alto calibre, depresión, problemas con las autoridades y, quizá la más peligrosa en toda carrera de músico rockero, un ego desmedido combinado con una tremenda falta de prudencia que siempre le significó estar a un paso del éxito que tanto quiso. O será que ya tenía planeado convertirse en una celebridad del underground.
Como era de suponerse, Pentagram fue enviado al Foro 28, un salonsucho pedorro al que no le cabían más de mil personas, donde se escucha a bocina reventada y huele a culo. Todo el sitio estaba poblado por vestimentas negras, rostros perdidos y deprimidos, algunos más alegres, y se percibía un constante olor a marihuana. La mayoría de los aficionados tuvimos la mala suerte de que, por lo pequeño del concierto, solo hubiera un puesto de mercancía pirata. La oficial costaba casi lo mismo que el boleto, y eso parecía una mentada de madre o, simplemente, algo para pensarse dos veces antes de comprar.
El concierto inició con riffs profundos y la compañía de tres músicos igual de talentosos, pero monstruosamente menos famosos que Liebling. Siempre he pensado que no todo tiene que girar en torno al frontman; este, sin su equipo, no es nada. Otro par de fans alternativos y yo nos tomamos fotos con ellos a la salida, mientras que la mayoría los ignoró. ¿Grosería? ¿Les importaba eso? ¿Hasta ellos eran conscientes de que la presencia avasalladora de Bobby los volvería invisibles?
Liebling subió al escenario y observarlo era un espectáculo surreal: un vejete de 72 años que se veía todavía más acabado, famélico como un Don Quijote del rock a punto de morir, con ojos locos y una cabellera abundante. Se movía y temblaba, cantaba con una gran energía, se comportaba como un loquito de la calle, pero con una elegancia imposible. Y la cerecita sobre el pastel: se la pasó mamaseándose, con señas obscenas y comentarios como “Are we having a good night, mamacita?” a las aficionadas más guapas que tenía enfrente. Me sigo preguntando si, para que uno pueda hacer eso a sus 72 años sin ser considerado un viejo cochino, necesita ser una leyenda del rock, con un amplio historial de investigaciones policiales y de quien se presume que hace pactos con entidades demoniacas para seguir luciendo sexy en la vejez.
Todos nos fuimos contentos pero tristes a la vez porque no por nada el tour se llamaba “Last Days Here”, Bobby Liebling va de retirada con Pentagram, y así como él lo creo el será quien lo sepulte, ojalá no sea pronto, pero no se sabe, su estado de salud no parece el mejor, aunque dicen que el alma de un rockero les otorga una especie de inmortalidad que hace que sus huesos y cerebro persistan pese a la vida loca que siempre tuvieron.
Tengo el presentimiento de que Bobby no volverá a México como músico sino como viejito jubilado pagándole sus viajes a sus fans tal cual un sugar daddy lo hace, o a tomar el sol en alguna playa oaxaqueña o se quedará en su natal y rural Virginia a pasar los últimos años de su vida, o hasta planear su funeral con mujeres, alcohol, juerga y satanismo. O quizá no vuelva nunca a México…pero su música seguirá con nosotros y aunque no regrese sabemos que Bobby guarda un oscuro secreto, ya que él nos dijo a todo pulmón, que habló con la muerte la noche anterior.
Gabriel Nikash Salazar. Monterrey 1996. Melómano, metanero old school y ruidoso contemporáneo. Guionista, polichambista de la escena visual; actor, doble, iluminador, godín del arte y director de cine.

