Su nombre es Óscar Sotero Dena Órnelas y se desempeña en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) como el jefe del Centro de Investigación y Geosciencias del Instituto de Ingeniería y Tecnología. Lleva poco más de un cuarto de siglo en la máxima casa de estudios y su aportación a la comunidad ha sido muy grande.
En entrevista, el investigador destacó que la UACJ, con el liderazgo del rector Daniel Constandse Cortez, ha sido un faro científico en la frontera, fortaleciendo la investigación y formando especialistas en una región tectónicamente activa conocida como el rift del Río Grande, donde se asienta Ciudad Juárez.
Abordó en la conversación temas importantes como el riesgo sísmico local, el impulso a la vivienda vertical con criterios resilientes y la importancia de la zonificación sísmica. Además, subrayó la colaboración universidad-gobierno, la creación de Ingeniería en Geociencias y la participación de la Universidad en la reconstrucción tras los sismos de 2017, reafirmando el papel social y preventivo de la universidad.
-¿Cuál ha sido su experiencia en la universidad, en lo general, primero?
“En términos generales, ha sido una experiencia profundamente gratificante formar parte de una universidad ubicada en la frontera norte del país. Nuestra posición geográfica nos da una dinámica particular: no dependemos únicamente de la influencia de instituciones del centro, como la UNAM, sino que también mantenemos un intercambio constante con universidades del sur de Estados Unidos. Esa condición fronteriza nos enriquece académicamente y nos da una perspectiva más amplia.

Creo que la universidad ha funcionado como un verdadero faro en medio del desierto. Ha llevado conocimiento científico a la comunidad y ha contribuido a transformar la identidad de la ciudad. Juárez dejó de ser vista únicamente como una ciudad maquiladora para convertirse también en un espacio donde se genera ciencia, investigación y expresiones artísticas. Hemos fortalecido tanto las ciencias duras como la física, matemáticas y la biología, como las ciencias sociales, que permiten entender nuestra propia dinámica como sociedad.
Es un orgullo pertenecer a una institución relativamente joven, pero que ha cumplido un papel fundamental en el desarrollo regional. Antes, el principal polo científico del estado era la Universidad Autónoma de Chihuahua; hoy, 400 kilómetros más al norte, existe una universidad sólida que atiende a una población creciente y diversa. Aunque se llama Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, su alcance es mucho mayor: aquí se forman estudiantes de distintos estados del país, como Veracruz y Chiapas, e incluso de otros países como Cuba, Argentina y Pakistán, entre otros. Eso habla de su consolidación y de su proyección más allá de lo local”.
-En los últimos años su nombre ha cobrado relevancia a raíz de los sismos que se han registrado en Juárez. Cuando usted comenzó en esta área dentro de la universidad, ¿cómo se entendía entonces el fenómeno sísmico en la ciudad y qué cambios ha observado, tanto en el conocimiento científico como en la percepción y preparación de la comunidad hasta hoy?
“Creo que parte de lo que mencionábamos anteriormente, acerca de que la universidad actúa como un faro o referencia en esta región, se explica precisamente por este tema. Cuando estudiaba el doctorado en Ciencias Geológicas, todavía había quienes cuestionaban la necesidad de contar con especialistas en geociencias en esta zona. En ese momento no se tenía plenamente anticipado que vivimos en una región tectónicamente activa, dentro de una provincia geológica muy particular llamada Río Grande Rift. Este tipo de estructuras existen solo en cinco lugares del mundo: Noruega, Kenia, el lago Baikal —donde realicé mi tesis— y el propio Río Grande Rift.
Aquí la corteza terrestre se está adelgazando, lo que provoca movimientos telúricos que, aunque no alcanzan la intensidad de los registrados en la zona de subducción del Pacífico mexicano, siguen siendo relevantes. El hecho de que hayan permanecido “dormidos” durante cierto tiempo no significa que no existieran.
Me incorporé a la universidad en el año 2000 y, posteriormente, en 2013, se presentó el primer clúster importante de sismos cerca de la ciudad de Chihuahua, en la zona de Santa Gertrudis. También se registraron movimientos en los campos menonitas, a la altura de Villa Ahumada, hacia el río Bravo. Al revisar la sismicidad histórica encontramos eventos significativos en Parral, en Valentine, Texas, y en Bacerac, Sonora, lo que confirma que esta provincia geológica está activa.

A partir de 2021, durante la pandemia, la actividad comenzó a intensificarse. Existen indicios que apuntan a una posible relación con el manejo de propelentes en la cuenca pérmica, en Texas. Aunque esa zona se encuentra a 200 o 250 kilómetros, la energía sísmica liberada puede percibirse aquí. Esto refuerza la necesidad de contar con una zonificación sísmica que permita diseñar construcciones resilientes.
Se suele decir que Dios perdona siempre, los hombres a veces, pero la naturaleza nunca. Desde la ciencia geológica, la Universidad busca anticiparse a estos riesgos. Por ello se creó la Ingeniería en Geociencias, no solo con fines académicos, sino para responder a una realidad social: proteger a nuestra ciudad.
Hoy que se impulsa el concepto de Ciudad Juárez como “ciudad de altura”, con mayor vivienda vertical, debemos prepararnos no solo para vientos y tormentas, sino también para sismos. Aunque no sean de magnitud 8 como en otras regiones, sí pueden alcanzar magnitudes de 5, e incluso existe el potencial de un evento cercano a 7 asociado a fallas como la de la Montaña Franklin, que atraviesa el centro de la ciudad.
Así como una lluvia de 60 o 70 milímetros puede ser grave aquí, mientras que en estados como Tabasco o Veracruz es algo cotidiano debido a su infraestructura adaptada, nosotros también somos vulnerables si no desarrollamos resiliencia. Lo mismo ocurre con los temblores: no aplicamos la normativa de la Ciudad de México, pero debemos contar con criterios adecuados a nuestra realidad.
La función de la universidad es ser proactiva, no reactiva. Estudiar los fenómenos con anticipación y generar instrumentos que puedan convertirse en política pública. Un ejemplo son los mapas de resonancia del terreno entregados en 2016, que establecen la frecuencia de vibración de cada zona. Así, cuando se proyecta una torre de gran altura, se puede evitar que su frecuencia coincida con la del suelo y se amplifique el movimiento en caso de sismo. Esa es parte fundamental de la labor de nuestra universidad”.
-Ahora que se impulsa el concepto de “ciudad de altura” y se apuesta por la construcción de edificios verticales, ¿los nuevos edificios altos y la Torre Centinela fueron edificadados en una zona con las condiciones geológicas y sísmicas adecuadas, de acuerdo con los estudios disponibles?
“Pues mire, la realidad es la siguiente: Ciudad Juárez es una ciudad muy importante, incluso desde el punto de vista histórico. Si acudimos a la antigua Presidencia Municipal, en el salón principal, podemos observar un mural que representa parte de esa historia.
Ahí se explica que el único punto posible para cruzar lo que antes se conocía como río Grande o río Bravo (un río extremadamente caudaloso y geológicamente muy joven, condición que en esencia mantiene, aunque hoy esté encauzado) era la zona donde actualmente se ubica el puente de Lerdo. Por eso se le llamó El Paso del Norte.

Si analizamos el ancho que tenía el río en aquella época, veremos que se extendía prácticamente hasta La Cuesta, en el área donde hoy se localiza un Soriana; al subir está la tienda y enfrente algunos locales comerciales. Ese desnivel, que conocemos como la Cuesta, marcaba el antiguo banco del río. El agua llegaba hasta ahí y, del otro lado, también ocupaba una franja considerable.
Existían además la isla de Córdoba (donde hoy está el puente Córdoba–América) y las islas de San Elizario. El río fue canalizado porque, al responder a los ciclos naturales de lluvias y vientos, cambiaba su curso; en ocasiones, los habitantes de la isla de San Elizario amanecían siendo mexicanos y al día siguiente estadounidenses.
Vivimos en una planicie de inundación, porque entre el 75 y el 80 por ciento de la ciudad se encuentra en esa condición. Nuestros suelos no son duros ni plenamente competentes. Sin embargo, históricamente el ser humano se ha asentado cerca de los ríos por la disponibilidad de agua, aun cuando la naturaleza no siempre ofrece condiciones idóneas.
En este contexto, la Torre Centinela se ubica en las estribaciones de la Sierra de Juárez. No se trata de un mal terreno, pero tampoco es roca dura. Cuando decidimos asentarnos en zonas con limitaciones naturales, debemos recurrir a la ingeniería para mitigar los riesgos asociados.
Juárez es una ciudad sui generis, con factores condicionantes claros: geología compleja y una topografía marcada por una sierra alta y de pendientes pronunciadas. Esto provoca inundaciones repentinas casi cada año en las estribaciones e incluso en zonas aparentemente planas, como el aeropuerto o Desarrollo Tapioca, donde los cambios de pendiente son más notorios de lo que parecen.
Si siguiéramos estrictamente lo que dicta la naturaleza, ni Juárez ni El Paso estarían habitados. Sin embargo, históricamente fue el punto más viable para cruzar el río, y desde antes de la conquista ya existían comunidades asentadas aquí, como los indios mansos.
Por ello, debemos adecuar el terreno mediante la ingeniería para garantizar nuestra seguridad, pues inevitablemente estamos expuestos a fenómenos naturales. La región presenta actividad sísmica. El registro más antiguo lo menciona el barón de Humboldt, naturalista alemán, quien documentó que hacia finales del siglo XVIII el río Bravo se desvió notablemente después de un temblor (A pesar de no aventurarse hasta el extremo norte, Humboldt en su viaje por la Nueva España entre 1803 y 1804, reunió información minuciosa sobre cartografía, minería y geografía de las provincias interiores de la Nueva España, incluyendo la región de Chihuahua y el Paso del Norte, que luego utilizó en su obra Ensayo político sobre el reino de la Nueva España).
Ese dato histórico no puede quedarse en anécdota; requiere investigación. En El Paso, la Universidad de Texas, a través de la empresa Geo-Haz, ha realizado estudios para ubicar la falla, determinar su desplazamiento y evaluar el riesgo. Al cruzar esa información con tesis y estudios desarrollados en Juárez, se ha podido identificar con mayor precisión el trazo aproximado de la falla”.
-Se ha informado que en la ciudad podría ocurrir un gran terremoto, ¿qué tan cierto es?
“De hecho, particularmente en la Universidad de Texas en El Paso, que cuenta con un departamento sólido de sismología, a este posible evento le llaman el Big One. Se refieren a un terremoto que podría liberar una magnitud de 7 en la escala de momento; es decir, un sismo muy fuerte para el nivel de preparación que actualmente tiene nuestra ciudad.
Incluso considero que un evento de magnitud 4 o 5, con epicentro cercano a la sierra, podría generar afectaciones importantes. Los sismos de magnitud cinco que hemos percibido no han provocado mayores daños, más allá del movimiento de objetos o caída de libros, porque han ocurrido relativamente lejos, en la zona de Odessa y Midland. Sin embargo, desde el punto de vista histórico y geológico, estamos en una región activa y debemos tomar precauciones.
La función de la universidad es precisamente tomar ese conocimiento, sacarlo de los estantes, de los libros y de los artículos científicos, y traducirlo a un lenguaje accesible para que gobernantes e ingenieros puedan aplicarlo en construcciones resilientes, capaces de resistir los embates de la naturaleza en todos sus aspectos.
Respecto a las autoridades y al cambio tras los estudios presentados por la universidad —porque antes se consideraban hechos aislados y ahora el fenómeno se ha repetido—, sí hemos observado un mayor acercamiento, no solo por parte de la autoridad, sino también de desarrolladores urbanos. Creemos que la perspectiva ha evolucionado gradualmente desde un enfoque educativo. No puede atribuirse únicamente a una universidad; más bien ha sido el resultado de un conglomerado académico que ha influido en gobernantes, inversionistas y empresarios para adoptar la filosofía del due diligence, es decir, hacer las cosas conforme al debido proceso y con responsabilidad.

Hoy lo perciben como un asunto que también impacta sus propios intereses. Hace unos días, por ejemplo, en el Municipio se presentó ante regidores un nuevo desarrollo urbano, y se cuestionó al representante empresarial sobre las medidas de protección frente a fenómenos naturales. Él respondió afirmativamente, señalando que al invertir recursos significativos necesita garantizar que el proyecto esté bien cimentado, de modo que su inversión quede protegida cuando avance a la siguiente etapa”.
-Entonces, a partir de esa necesidad y de los riesgos identificados, ¿son los propios desarrolladores y autoridades quienes se acercan a la universidad para solicitar asesoría técnica y estudios especializados que les permitan conocer mejor el terreno?
“No solo participamos desde el ámbito geológico y de la ingeniería; también se integraron biólogos y especialistas en ciencias sociales. El enfoque es integral, verdaderamente holístico: todos colaboran con el objetivo de construir una ciudad que no solo sea segura en lo social, sino también resiliente frente a los fenómenos naturales.
Percibimos un interés real, y lo constatamos en regidores de distintos partidos. Cuando ocurrieron los temblores, Protección Civil se acercó de inmediato. Asimismo, participamos en foros de Desarrollo Urbano para analizar las reglamentaciones y el papel de los peritos que deberán supervisar esta nueva etapa de vivienda vertical.
Durante un periodo asistimos a reuniones mensuales en la Dirección de Desarrollo Urbano y mantenemos comunicación constante con el IMIP (Instituto Municipal de Investigación y Planeación) en temas relacionados con inundaciones y sismos. A su vez, el IMIP colabora con el área de Ingeniería Civil, incluso en asuntos de transporte.
Se empieza a consolidar este binomio universidad-gobierno. En el pasado se trabajó con el Gobierno estatal y, en ciertos momentos, con la Federación. Sin embargo, recientemente, en el tema sísmico, el Municipio ha sido la instancia más cercana. Existe una preocupación legítima: hasta ahora los efectos no han sido graves porque la mayoría de las edificaciones son de dos pisos, donde el impacto del llamado “péndulo invertido” es menor.
Si el terreno se mueve y el edificio tiene solo dos niveles, prácticamente acompaña el desplazamiento del suelo. Pero en estructuras de diez pisos, la inercia provoca que los niveles superiores tiendan a mantenerse en su posición original, generando oscilaciones que deben prevenirse. Por ello, dependencias como Protección Civil, Desarrollo Urbano, el IMIP y la Dirección de Proyectos Especiales se han acercado para conocer con mayor precisión la realidad local.
Esa realidad no ha sido estudiada al cien por ciento, pero el avance es significativo. Incluso el mapa de zonación y microzonación sísmica de Ciudad Juárez se elaboró antes que el de El Paso, cuyo estudio concluyó apenas hace un par de años; el nuestro está disponible desde hace varios.
Es cierto que se requiere mayor densidad de datos. En gravimetría, por ejemplo, la Universidad adquirió un gravímetro y ha levantado alrededor de treinta mil estaciones de medición, lo que permite identificar el trazo de la falla.
Vivimos en el desierto. Si hoy recorremos Samalayuca o El Barreal, veremos extensas planicies donde no siempre son evidentes las expresiones geológicas, más allá de la Sierra del Presidio o la Sierra de Juárez. En muchos puntos, el subsuelo es desconocido, y es precisamente mediante estas tecnologías y la masa crítica que aporta la universidad como se construye una verdadera cadena de valor.
A veces se piensa que la universidad solo sirve al sector maquilador a través de la ingeniería industrial, pero no es así. También desde la geociencia, la física, las matemáticas y la biología se genera el conocimiento indispensable para que, cuando la maquila esté instalada, no enfrente inundaciones ni colapsos”.
¿Qué tipo de estructuras tendrán que diseñarse ante este problema?
“Por ejemplo, desde Desarrollo Urbano ahora se establece que deben solicitarse estudios distintos a los que se pedían antes. Ya no es suficiente realizar una mecánica de suelos a tres metros ni un estudio hidrológico con un periodo de retorno corto. Actualmente se exige aplicar técnicas que alcancen hasta treinta metros de profundidad, porque al proyectar edificaciones de muchos más niveles se requiere una mayor protección.
En la mayoría de los casos, las empresas ya son conscientes de ello; sin embargo, es fundamental que exista un instrumento normativo que lo obligue y que establezca la necesidad de contar con el aval de peritos especializados, particularmente estructuristas, quienes deben determinar si el proyecto será sismo resiliente. Esto garantiza la seguridad no solo de los habitantes del inmueble, sino también de las personas que se encuentran alrededor, porque el riesgo no se limita al edificio: en caso de colapso, el impacto puede extenderse a un radio considerable.
Consideramos que hoy existe un interés más genuino, impulsado por la propia realidad.
La Universidad ha actuado de manera proactiva, y el gobierno no ha esperado a que ocurra un gran fenómeno para reaccionar; ha comprendido que debe acudir a su universidad, que es patrimonio de todos. No pertenece únicamente a quienes trabajan o estudian en ella; todos contribuimos, por ejemplo, mediante el impuesto universitario, y es ahí donde se genera conocimiento.
Por eso es importante aprovecharla para informarnos y desarrollar mayor conciencia —awareness— sobre la realidad que habitamos, a fin de protegernos. Al final, el gobierno no puede asignar un ingeniero y un policía a cada ciudadano.
Como sociedad, también debemos mantenernos informados. En una etapa en la que abundan opiniones de todo tipo, resulta fundamental recurrir a fuentes confiables. La universidad ofrece la garantía de ser un verdadero vector de conocimiento sin sesgos, porque está obligada a apegarse plenamente al método científico, que nos mantiene anclados a la realidad objetiva. Eso es fundamental”.
–Finalmente, ¿cuál considera que ha sido su mayor aportación a la universidad y, en consecuencia, a la comunidad a lo largo de estos veintiséis años?
Tuve la oportunidad de integrarme a un programa que, en ese momento, era nuevo: la carrera de Ingeniería Física. En sus inicios fue una licenciatura cuestionada; se decía que la ciudad no necesitaba ese tipo de perfiles.
Con el tiempo, el programa logró consolidarse y hoy continúa vigente. Ingeniería Física comenzó en 1998 y yo me incorporé en el año 2000. Desde entonces, muchos egresados han participado no solo en la industria maquiladora, algo natural por el entorno en el que vivimos, sino también en áreas de seguridad de Gobiernos municipales y estatales. Algunos se desempeñan como ingenieros para la Sedena (Secretaría de la Defensa Nacional) en proyectos de construcción impulsados en el sexenio anterior; otros han colaborado con la Comisión Nacional del Agua.

Además, se fomentó la sinergia entre los estudiantes de Ingeniería Física, primero con los de Ingeniería Civil y posteriormente con los de Geociencia. Actualmente, el modelo de trabajo en este centro de investigación consiste en desarrollar proyectos externos mediante equipos interdisciplinarios integrados por físicos, matemáticos, biólogos, geólogos, arquitectos e ingenieros civiles.
Así se reproduce, de manera orgánica y natural, el entorno profesional al que estarán expuestos. El resultado es la formación de ingenieros sólidamente preparados, no solo en Civil o Física, sino también con aportaciones fundamentales de áreas que a veces pasan desapercibidas, como Matemáticas, cuyos estudiantes contribuyen a perfeccionar los códigos y algoritmos utilizados en los proyectos.
Considero que nuestra principal aportación ha sido vincular a los físicos con Geociencia e Ingeniería Civil. Hoy contamos con una Ingeniería Civil mucho más consciente de la importancia de comprender el terreno. Se ha trabajado bajo la premisa de que conocer el terreno es conocer la naturaleza. A la naturaleza no le vamos a ganar; debemos adaptarnos a ella de la forma más armoniosa posible para evitar consecuencias futuras, cuando nos cobre el derecho de piso por asentarnos en sus espacios.
Incluso jóvenes de la Universidad participaron en la reconstrucción tras los sismos en el Istmo. Estuvimos en Juchitán instalando sismógrafos, así como en Oaxaca, Chiapas y hasta en Guatemala. De esos trabajos se generaron datos que contribuyeron a la reconstrucción posterior al terremoto de 2017.
Resulta significativo que una universidad ubicada tan al norte del país pudiera intervenir en una región tan distante; el traslado por carretera implicaba varios días. En esa ocasión se contó con apoyo gubernamental, incluso escolta policiaca, debido al alto valor del equipo transportado. Mediante gestiones con instancias estadounidenses se obtuvo equipo de un programa de despliegue rápido para sismos: alrededor de veinte sismógrafos y cincuenta nodos sísmicos que se instalaron en Chiapas, Oaxaca, particularmente en la zona de Tehuantepec, y hasta en Petén, Guatemala.
La información recabada no solo dio origen a artículos científicos, sino que también se compartió con autoridades de protección civil y contribuyó al Programa Nacional de Reconstrucción.
Finalmente, a la comunidad le diría que la universidad es ese faro o luz del conocimiento. Vivimos en una época con enorme acceso a información en internet: hay contenidos valiosos, pero también otros manipulados o poco confiables. Acercarse a la Universidad brinda la certeza de recibir información veraz, sustentada en el método científico.
La invitación es a aprovecharla. Los jóvenes pueden integrarse a su amplia oferta académica, y quienes ya cuentan con otra profesión pueden acercarse mediante programas de educación continua, foros y jornadas como la Semana de la Tierra o las jornadas de Física y Matemáticas.
En estos espacios se abordan temas fascinantes, como el impacto del meteorito en la península de Yucatán, que marcó un hito en la historia del planeta. Se analizan evidencias como la capa de iridio que permitió datar el evento y comprender cómo cambió la vida antes y después de ese suceso. Entender estos procesos ayuda incluso a explicar la riqueza petrolera del país.
Vale la pena acercarse a la universidad, conocerla y participar en sus actividades para comprender mejor la realidad local y global”.

