Seguimos encerrados (cada quien en su respectiva prisión), mi vecina y yo, e intercambiando mensajes por WhatsApp:
—¿Con que me estuvo checando mi página de Facebook?
—Sí, y a fondo. Para ser sincera, yo pensé que su esposa era su hija, pero seguí “escarbando” y revisando las fotos que ha subido, y esa mujer tan joven y bella resultó ser nada menos que su esposa.
—¡Ya me la partió todita! ¿Tan viejo me veo?
—Hasta eso que no, pero junto a ella sí se ve muy correteado. Si no es indiscreción, ¿cuántos años tiene su mujer?
—No me lo va a creer, pero no sé.
—¿No sabe cuántos años tiene su esposa?
—No… Es que cuando me dio el infarto cerebral, me dejó en coma y, al volver (despertar), la embolia me pegó gacho y me dañó el “disco duro”… al principio no sabía ni quién chingaos era yo. No tenía recuerdos ni memoria… mucho menos iba a conocer la edad de ella.
—Esa no me la sabía… Sé de gente que queda muy dañada o de plano muere por eventos tan delicados.
—Sí, hay derrames muy leves, sin secuelas, graves y mortales. El mío fue muy severo, por poco ni la cuento. Hay estadísticas: “la probabilidad de sobrevivir a un derrame cerebral varía, pero se estima que alrededor del 80% de los pacientes sobreviven el primer año. Un 10% se recupera casi por completo, un 25% tiene discapacidades menores y un 40% presenta discapacidades moderadas a severas que requieren cuidados. El pronóstico depende en gran medida de factores como el tipo de derrame, la gravedad del daño cerebral, qué funciones se ven afectadas y la rapidez con la que se administra un tratamiento”.
—Pues yo lo veo muy funcional, vecino.
—¡Ni la burla perdona!… Me sirve nada más medio cuerpo.
—Pero a usted se le percibe que eso no le importa… Se la pasa viajando por su trabajo de escritor. Para que vea que sí revisé a fondo su página de Facebook.
—Desde que me publicaron mi “Obra Reunida” de poesía y mi novela, no paraba de viajar… pero con la pandemia “se me acabó el corrido”.
—A todos nos ha quitado algo esta inesperada pandemia. Ya ve yo… estaba muy a gusto viviendo en el lago Travis, allá en Texas, y véame aquí… Toda triste y sin poder salir de la casa de mi hermana… ¡y en México!… Mis planes eran irme a vivir más adentro de Estados Unidos… tenía la vista puesta en Nueva York, Boston o Chicago… Y aquí estoy atorada en Ciudad Juárez… Oiga, ¿pero a poco de verdad no sabe la edad de su esposa?
—No… Solo una vez se la pregunté y me dijo sonriendo: “eso nunca se le pregunta a una dama”.
—¿Y no tiene curiosidad?… ¿A poco nunca ha revisado su licencia de manejo, su visa o su credencial del INE?
—No, eso sería invasión a su privacidad.
—Qué caballero es usted.
—Para que vea… ¡Casi soy un santo!
—¡Será el sereno! Pero en las fotos donde salen juntos, usted se ve como si fuera su padre.
—Ja, ja, ja… Sí, lo acepto… Ella es más joven que yo.
—¡Y bonita!
—De hecho, casi siempre que andamos en la calle… en algún centro comercial o en un restaurante, la gente (los meseros, sobre todo) piensan que somos padre e hija… ¡Me lo dicen!
—Se lo creo… Se ve muy chica para usted.
—Vecina… ¿entonces mañana nos vemos?
—Yo creo que sí. No se le olvide prestarme su libro donde viene toda su poesía.
—Fíjese que de mi “Obra Reunida” (POESÍA COMPLETA)… sí tengo ejemplares, le voy a regalar uno nuevecito de paquete.
—Entonces le pone una dedicatoria.
—Primero léalo… Y si le gustan mis poemas, se lo dedico después.
—¡Esa voz me agrada!
Terminamos de chacotear por el WhatsApp. Yo vuelvo a mi trabajo y, a los cinco minutos, recibo una llamada de mi esposa:
—Miguel Ángel, te acabo de dejar un poco de mandado junto a la puerta. No se te olvide lavar todo y desinfectarlo… ¡Y no se te ocurra salir a la calle!… Está aumentando, de manera alarmante, el número de contagios.

