Terminé la llamada por celular con mi esposa. Me habló para preguntarme el número de cuenta para pagar el cable e internet de la casa… y para saber cómo me encontraba; también me preguntó si no se me ofrecía algo del supermercado.
Le dije que me comprara unos Hershey’s.
—Más tarde paso y te los dejo ahí en la puerta.
Y colgamos.
Al mismo tiempo me puse a pensar: “Pinche Miguel Ángel, se me hace que ya es hora de que le comentes que conociste a una nueva vecina, con la cual conversas de vez en cuando, aunque no de cerquita”.
Pero enseguida me contestaba: “No, porque te va a regañar, ya que ella cuida mucho que no tengas contacto con nadie para que no te dé Covid… y yo exponiéndome con una desconocida”.
También pensaba: “Si le digo, va a pensar que son alucinaciones mías”.
Conclusión: no quise incomodarla.
No crean que no le decía nada a mi esposa de mi nueva vecina porque se iba a molestar… hasta donde yo sé, no es nada celosa. Además, no tendría por qué serlo.
Toda la vida he tenido más predilección por tratar y trabajar con mujeres.
Trabajé en El Diario de Juárez por más de quince años. Me tocó la época en la que El Diario tiraba cerca de 90 mil ejemplares diariamente… fue el último boom de los tirajes masivos de los periódicos en papel.
Cuando entré a El Diario, a principios de los 90 (creo), fui testigo del cambio radical de las máquinas de escribir a las computadoras de escritorio. Me tocó coincidir con periodistas de la vieja guardia que se negaban a dejar sus máquinas de escribir eléctricas.
En un dos por tres, El Diario se modernizó y a cada reportero se le dio su módulo y se le asignó su computadora.
A los tres meses de andar en la talacha periodística, me avisaron que yo iba a ser editor de la sección de espectáculos (GENTE) y de las secciones especiales… y que podía formar mi equipo de trabajo. Entonces escogí a puras mujeres que ya trabajaban en el periódico y a otras que se contrataron para colaborar conmigo.
En aquellos años eran tantos los anuncios de publicidad que El Diario tenía que publicar una sección adicional todos los días… había secciones de cocina, viajes y turismo, una cultural, una de moda y estilo, etcétera, aparte de las tradicionales.
¿Por qué me rodeaba de mujeres? Pues porque siempre he pensado que las mujeres son más responsables y le echan todos los kilos a lo que hacen.
Así que me la pasaba rodeado de mujeres que reporteban para mis secciones, y me tocó nombrar a varias coeditoras.
Por esa tendencia de laborar con puras colaboradoras, los compañeros periodistas y fotógrafos me daban carrilla, señalándome de gay… otros decían que tenía mi harén.
El caso es que siempre me he llevado muy bien con las chicas. Tengo más amigas que amigos; o sea, me llevo requetebién con las mujeres.
De manera que mi esposa sabe que me junto —amistosamente— con varias mujeres que son mis mejores amigas. Pero, aun así, todavía no me animaba a confesarle la existencia de mi vecina, y mucho menos que charlaba con ella de patio a azotea.
Después de terminar la llamada con mi esposa, me conecté por WhatsApp con mi vecina de nuevo:
—Me estaba diciendo que consiguió un trabajo chido de bartender y que Elijah jugaba con fuego.
—Fíjese que sí… trabajar detrás de una barra tiene su ciencia, sin contar que a una bartender la ven como a una amiga confidente… y en mi caso, muchos deseaban llevarme a la cama.
—Aquí en Juárez —y creo que en todo México— no había bartender hombres o bartender mujeres; eran cantineros y cantineras. El término bartender se empezó a usar en este siglo… esa es mi teoría, pero no me haga mucho caso. Pero déjeme decirle, sin ofender a nadie, que aquí, en las barras, cantinas o bares, a muchas de las mujeres que te sirven un trago se les ve o se les percibe como prostitutas… aunque no lo sean. Es como un estigma.
—¿No es igual que en Estados Unidos?
—¡Para nada!

