Volví a mi rutina. El encierro por la pandemia no me afectaba mucho, porque desde que tuve el derrame cerebral pasaba largos periodos sin salir de casa.
Así que el confinamiento, para mí, era pan comido.
Tres días después de que vi a mi vecina en el patio (y ella en su azotea), me hizo una llamada por WhatsApp. Eran las ocho de la noche.
(Antes me mandó un mensaje para preguntarme si le aceptaba una llamada… a lo cual accedí).
—Hola, vecino… Le hablo porque ya terminé de leer su novela: me la aventé en tres días. De hecho, hace una hora le di mate.
—¡Excelente!… ¿Y qué le pareció?
—Primero le comunico que rompí mi récord; nunca había terminado una novela tan pronto. Soy lenta para la lectura, pero su libro me atrapó. La hubiera terminado en dos días o en uno, si no hubiera tenido encima a mi sobrina.
—Eso es buena señal… La novela no es un ladrillote, casi no trae “paja”. Ciento sesenta y cuatro páginas de pura acción.
—¿Y cómo le hizo para que se la publicaran en una editorial tan importante? Porque publicar en Océano no es “enchílame otra”… ¿O tiene amigos que le hicieron un parote?
—¡Ándele!… Bueno y fuera tuviera palancas. Es toda una historia cómo mi novela llegó a manos de la editorial Océano. Pero no me ha dicho qué le pareció mi novela.
—¡Muy padre!… No le digo que la terminé en tres días. Parecía que estaba viendo una película o serie; ni parpadeaba.
—¡Qué chido que le llenó el ojo!
—Es todo un escritor… Lo felicito. La historia de amor entre el “Comandante Amarillo” y la teniente Ruth es el centro de la trama principal y, para mí, es una novela romántica aderezada con el narcotráfico sangriento y cruel. Las reseñas que leí en internet la clasifican en el género policiaco… para mí es una historia de amor.
—Sí… los dos personajes se enamoran en medio de balazos, ejecuciones y masacres.
—No se guardó nada. Oiga, no sé, pero a mí se me hace que trata a Ciudad Juárez como el personaje principal. Se lo digo porque yo no conozco la ciudad, no he tenido la oportunidad, ya que llegué del lago Travis a encerrarme en la casa de mi hermana. Al terminar su novela conocí más de Juárez… no sé si me entiende.
—Sí… Esa fue mi intención: que los lectores conocieran más a Juárez y a los juarenses.
—Lástima que estemos en confinamiento por Covid. Me gustaría que me llevara a conocer todos los lugares que toca en su novela, sobre todo esa cantina llamada “El Recreo” y también las Dunas de Samalayuca. El Campestre sí lo conozco, porque mi hermana y mi cuñado son socios del club, y me llevaban a nadar cuando vine de vacaciones por primera vez a su rancho.
—¡Y dale con lo de rancho!… Juárez es una ciudad bonita.
—¿Bonita?… No sé dónde le ve lo bonito.
—Pues en su gente.
—Ha de ser eso. Oiga, le voy a prestar la novela a mi hermana… ¿Puedo?
—Sí, pero dígale que se la encargo mucho.
—Debo decirle que me dejó picada… ¡y no es albur!… ¿Tiene más libros publicados?
—Sí… Antes de la novela me publicaron seis libros de poesía.
—¡¿Es poeta?!
—Yo me considero poeta… pero desde que me dio la embolia no he vuelto a escribir poesía.
—¿Y eso?
—Algo le pasó a mi cerebro, porque los borradores de poemas que he escrito después del derrame están bien cursis… y no me gustan. Por eso me puse a escribir narrativa.
—Pues móchese con sus libros de poesía… Para comprobar que “es poeta y en el aire las compone”.
—¡Grosera!

