La novela empieza con una advertencia: “Todo esto sucedió, más o menos”. En cuatro palabras, el escritor estadounidense Kurt Vonnegut te avienta al vacío y te deja ahí preguntándote qué carajos significa “más o menos” cuando hablamos de la guerra, de la muerte, de una ciudad entera borrada del mapa en una sola noche.
Esa frase es la llave de todo lo que viene después porque Matadero Cinco es una novela que se desarma y se rearma frente a tus ojos, como los recuerdos de alguien que vio demasiado y ya no puede ordenarlos en línea recta.
El que viaja sin moverse
Billy Pilgrim es optometrista en Ilium, Nueva York, es soldado en la Segunda Guerra Mundial, es prisionero en Dresde cuando los aviones aliados convierten la ciudad en una sola hoguera, también es esposo, padre, viudo, sobreviviente de un accidente aéreo, un espécimen en un zoológico del planeta Tralfamadore, donde lo exhiben junto a una actriz porno llamada Montana Wildhack.
Todo al mismo tiempo, todo revuelto, todo “más o menos”. Billy se ha “despegado del tiempo”, dice el narrador. Vive su vida en desorden, hoy es viejo, mañana es joven, ahorita está en la guerra, luego en su casa, luego en otro planeta. No puede controlarlo, los recuerdos le llegan como llegan, sin avisar, sin permiso, como les ocurre a quienes vivieron algo que no se puede contar en orden.
Porque eso es el trauma. Eso es lo que Vonnegut entendió antes que nadie: la cabeza de alguien que vio arder una ciudad no guarda los recuerdos en una línea, los guarda en un montón y de repente, sin razón, saca uno.
Los que ven el tiempo como montaña
Los tralfamadorianos son extraterrestres verdes con forma de mano y un ojo en la palma. Ven el tiempo como los humanos vemos una cordillera, todo al mismo tiempo, todo presente, todo ya. Para ellos una persona muerta no está muerta del todo porque en otro momento sigue viva. Por eso cuando alguien muere lo único que dicen es “así es la vida”.
So it goes.
La frase se repite más de cien veces en la novela. Cada vez que alguien muere, ya sea un soldado, un civil o incluso un personaje que apenas aparece, vuelve a surgir esa idea de que así es la vida. Al principio impacta, luego parece mecánica, y finalmente se entiende su sentido. No es insensibilidad, es una forma de sobrevivir, lo que queda cuando ya no es posible seguir llorando.
Billy abraza esta filosofía porque no tiene otra opción. Necesita creer que la muerte no es el final, que en algún lugar, en algún momento, quienes se fueron siguen ahí. Es lo único que lo sostiene.
Los niños de la cruzada
El subtítulo del libro es “La cruzada de los niños”. Vonnegut lo explica en el primer capítulo: hubo una vez, en la Edad Media, una cruzada donde vendieron niños como esclavos con la promesa de que iban a liberar Tierra Santa. Los mandaron a morir, como en todas las guerras, por una causa que no entendían.
Billy y sus compañeros son esos niños. Edgar Derby, el profesor de cuarenta años que termina fusilado por robar una tetera, también es un niño. Roland Weary, el soldado que salva a Billy y lo odia al mismo tiempo, es un niño. Todos son niños mandados a matar y a morir por viejos que no van al frente.
La guerra no es de héroes, es de niños asustados. Vonnegut lo sabe porque él fue uno de ellos, estuvo en Dresde cuando pasó lo que pasó, sobrevivió escondido en un matadero, el número cinco. De ahí el título. De ahí todo.
La escena que lo resume todo
Después del bombardeo, Billy y otros prisioneros salen de los refugios. Dresde ya no existe, es un cráter humeante. Los alemanes los forman y los llevan a buscar sobrevivientes entre las ruinas. Encuentran una cueva llena de cuerpos. Al principio intentan sacarlos uno por uno, pero son demasiados. Alguien decide incinerarlos ahí mismo.
Billy mira, no dice nada, no llora, no puede. Años después, en su casa, en su vida de optometrista suburbano, ese momento le llega de repente, sin avisar, como le llegan los recuerdos a los que vieron lo que no se debía ver.
Y uno como lector entiende por qué Billy viaja en el tiempo. No es un truco de ciencia ficción, es la única manera de seguir vivo después de haber muerto tantas veces.
La estatua de sal
En el primer capítulo Vonnegut aparece como personaje. Cuenta que intentó escribir esta novela durante años y siempre fracasó, que fue a ver a su amigo Bernard O’Hare que también había estado en Dresde y que la mujer de O’Hare les dijo «ustedes eran unos niños, eran unos niñitos». Y que por eso el libro lleva ese subtítulo.
Luego suelta esto: “Yo también hubiera sido una estatua de sal. Es un libro escrito por una estatua de sal”.
La mujer de Lot en la Biblia iba huyendo de Sodoma y Gomorra con su familia, guiada por un ángel. Las ciudades estaban siendo destruidas con fuego, lluvia de azufre y llamas que lo consumían todo. El mandato era no mirar atrás. Ella volteó y al hacerlo se convirtió en estatua de sal. Mirar atrás es petrificarse, ver lo que se perdió, lo que se dejó, lo que ya no existe, puede congelar para siempre.
Dresde también fue una ciudad incendiada, 135 mil muertos en una noche, fuego del cielo como en Sodoma. Y Vonnegut miró atrás, se pasó veinte años mirando a Dresde, a los muertos, al fuego, a los niños que fueron. Y este libro es lo que quedó: una estatua de sal, algo que ya no puede moverse, que ya no puede olvidar, que ya solo puede repetir la misma historia una y otra vez, como Billy viajando en el tiempo, como la frase así es la vida sonando después de cada muerte.
El final que no es final
Billy está en una conferencia hablando de los tralfamadorianos. Sabe que lo van a matar, sabe cuándo y cómo, pero no le importa porque en otros momentos sigue vivo. En Tralfamadore, en la guerra, en su infancia, en alguna noche con su esposa, en cualquier lugar donde el tiempo todavía tenga piedad.
Vonnegut escribió este libro como una estatua de sal. Miró atrás y se quedó mirando y de esa mirada, de esa fijeza, de esa imposibilidad de soltar, salió esta novela, para mostrar que después del horror lo único que queda es seguir repitiendo, como los discos rayados, como los viajeros del tiempo, como los viejos que todavía sueñan con la guerra.
Y qué más da. Lo importante es que alguien, alguna vez, trató de poner en palabras lo que pasa cuando una ciudad arde y los niños tienen que seguir viviendo después.

