Hay líderes que gobiernan como estadistas y otros que actúan como si estuvieran frente a una audiencia cautiva, pendientes del rating más que de la realidad. En el caso de Donald Trump, la política parece convertirse, una y otra vez, en un espectáculo nocturno: luces encendidas, aplausos calculados, enemigos caricaturizados y una narrativa diseñada no para informar, sino para entretener y provocar.
El presidente de EU vive como en un sueño. Dice que su país vive una edad de oro, pero la mayoría de los habitantes de su nación, las cosas son diferentes. Así fue su mensaje anoche sobre el Estado de la Unión, por cierto no solo el más absurdo, sino el más largo de la historia.
Su estilo recuerda a esos programas de televisión que intentan mezclar comedia, drama y escándalo en horario estelar, pero que terminan siendo rechazados por la crítica y cuestionados por el público. Un talk show sin éxito, sostenido a base de exageraciones, invitados sorpresa y frases rimbombantes. Cada intervención pública funciona como un monólogo donde la realidad es moldeada al antojo del conductor: la economía siempre “la mejor”, la frontera “la más segura”, los conflictos internacionales “resueltos” gracias a su intervención casi providencial.
CNN hizo un ejercicio de verificación muy interesante al terminar su discurso, en el que expuso imprecisiones puntuales en el discurso de Trump, además de revelar un patrón discursivo con la construcción de una narrativa política basada más en la magnitud del impacto que en la solidez de los datos.
El caso de los supuestos 18 billones de dólares en inversiones es ilustrativo, porque la propia Casa Blanca hablaba de 9.7 billones en “anuncios”, cifra que ya incluía promesas vagas y propuestas sin compromisos firmes. Inflar el dato casi al doble fue parte de una estrategia retórica donde el tamaño sustituye a la precisión. La lógica es clara, ya que los números más grandes generan titulares más contundentes.
Algo similar ocurrió con los precios de la gasolina. La afirmación de que la mayoría de los estados registraban promedios por debajo de 2.30 dólares por galón contrasta con los datos de la AAA, que mostraban cifras superiores. Luego, en materia de inflación, la narrativa también apuesta por el dramatismo. Hablar de “la peor inflación en la historia” ignora que el máximo histórico en Estados Unidos fue de 23.7 % en 1920 y que, al inicio de su actual mandato, la tasa rondaba el 3 %.
El problema de Trump es la desconexión sistemática con los hechos verificables. Cuando la narrativa oficial contradice datos, encuestas y experiencias cotidianas, lo que queda no es una versión optimista del país, sino una ficción persistente. Y esa ficción, repetida hasta el cansancio, erosiona la confianza pública. Gobernar como si se tratara de un guion implica asumir que la ciudadanía es audiencia pasiva, no sujeto crítico.
Hay además un rasgo importante en la construcción de ese espectáculo, una marcada ausencia de empatía. El adversario no es presentado como un contendiente democrático, sino como un enemigo al que hay que ridiculizar. Los problemas complejos se simplifican hasta convertirse en consignas repetidas. El dolor ajeno termina reducido a utilería política. En términos psicológicos, estas conductas que encajan con la llamada “triada oscura”, entre ellas un narcisismo desbordado, una inclinación al cálculo frío y un desprecio persistente por las normas que limitan el protagonismo personal.
Como en esos programas que sobreviven a base de polémica porque la calidad no los respalda, la estrategia parece ser mantener la atención a cualquier costo. Pero un país no es un set de televisión. Las decisiones no se cancelan tras el corte comercial. Las declaraciones inflamadas tienen consecuencias diplomáticas, económicas y sociales.
Cuando la presidencia se ejerce como espectáculo, la verdad se vuelve escenografía y la institucionalidad, simple atrezo. Y lo que debería ser un ejercicio de responsabilidad histórica corre el riesgo de degradarse en un show ruidoso que, lejos de fortalecer la democracia, la desgasta desde el escenario.

