“La educación es admirable,
pero conviene recordar de vez en cuando
que nada que valga la pena saber
puede enseñarse”
Oscar Wilde
Hay instituciones cuya presencia resulta tan constante que se vuelven invisibles. La escuela es una de ellas. Durante generaciones se ha instalado en la conciencia colectiva como un hecho casi natural, tan indiscutible como el lenguaje o la familia. Se le imagina como el lugar donde comienza la vida intelectual, donde el niño entra por primera vez en contacto con el mundo de las ideas. La escuela se presenta así como una promesa de que el conocimiento emancipará al individuo de la ignorancia.
Sin embargo, la historia intelectual del siglo XX introdujo una sospecha persistente en esta narrativa optimista, quizá la escuela no sea únicamente un espacio de transmisión del saber, y sea también una tecnología social destinada a producir un tipo particular de sujeto. Esta sospecha aparece con claridad en el análisis de Michel Focault, quien observó que diversas instituciones modernas —la prisión, el hospital, el cuartel y la escuela— comparten una arquitectura disciplinaria. Todas ellas organizan los cuerpos mediante técnicas similares, con horarios rigurosos, vigilancia constante, distribución precisa del espacio. Lo que estas instituciones producen pasa a un segundo plano el conocimiento, la salud o la seguridad, para centrarse en la conducta como eje central.
La escuela, desde esta perspectiva, participa en una empresa más amplia de fabricación de individuos capaces de funcionar dentro de un orden social complejo.
Otros pensadores llegaron a conclusiones semejantes desde caminos distintos. Paulo Freire denunció la llamada educación bancaria, un modelo pedagógico donde el maestro deposita conocimientos en estudiantes concebidos como recipientes pasivos. Por su parte Iván Illich, fue todavía más lejos al sugerir que la escolarización institucionaliza el aprendizaje hasta el punto de sustituir la curiosidad natural por una dependencia burocrática del certificado. Lo que estas críticas comparten es una intuición inquietante, donde la escuela podría funcionar menos como una puerta hacia la libertad intelectual que como un dispositivo de organización social.
No resulta extraño, entonces, que algunas de las representaciones más incisivas de esta inquietud aparezcan fuera de la filosofía académica. La cultura popular —ese laboratorio donde las sociedades ensayan sus intuiciones más profundas— ha producido imágenes memorables de la escuela como máquina disciplinaria.
Entre ellas destacan dos narrativas separadas por casi cuarenta años, una canción de rock progresivo de la inmortal banda Pink Floyd y una película animada para niños estrenada en 2017.
Así, en 1979 el grupo británico publicó The Wall, un álbum conceptual que exploraba la alienación del individuo en la sociedad contemporánea. Entre sus episodios más recordados se encuentra la canción Another Brick in the Wall, una crítica feroz a la educación autoritaria. La adaptación cinematográfica dirigida por Alan Parker contiene una de las metáforas visuales más contundentes de la crítica cultural del siglo XX. En ella, una fila interminable de estudiantes avanza hacia una máquina industrial que los transforma en ladrillos idénticos.
En esa puesta en escena la imagen resulta brutal en su simplicidad. los niños ingresan como individuos y salen como unidades indistinguibles. La escuela aparece así como una extensión simbólica de la fábrica. El aula reproduce la lógica de la línea de ensamblaje, con cuerpos alineados, movimientos sincronizados, obediencia a un ritmo impuesto desde el exterior.
La metáfora coincide casi literalmente con la descripción foucaultiana de las instituciones disciplinarias. La modernidad se enfocó en producir máquinas industriales, a la par que produjo también máquinas sociales destinadas a regular la conducta humana. En este sistema, el tiempo escolar se fragmenta en horarios, el espacio se organiza en pupitres alineados y la evaluación permanente actúa como una forma de vigilancia. El resultado es la producción de lo que Foucault llamó cuerpos dóciles, con individuos capaces de operar dentro de estructuras jerárquicas complejas.
Sin embargo, la crítica de The Wall posee un tono profundamente trágico. El sistema aparece como una estructura casi totalitaria, frente a la cual la única respuesta posible parece ser la rebelión o el aislamiento. El muro que da título al álbum rebasa la metáfora social, alcanzando una fusión inquietante con la metáfora psicológica. Concluyendo quie cada experiencia de disciplina, humillación o control se convierte en un ladrillo más.
Décadas después, una crítica sorprendentemente similar emergió en un territorio inesperado, fue en la literatura infantil. La serie Captain Underpants, creada por Dav Pilkey y adaptada al cine en Las aventuras del Capitan Calzoncillos: La película, presenta una premisa aparentemente absurda. Dos niños —George y Harold— pasan sus días dibujando cómics en lugar de obedecer las normas escolares. El antagonista es el director de la escuela, un hombre obsesionado con la disciplina.
En un giro cómico, los niños hipnotizan al director y lo convierten en un superhéroe ridículo que combate el crimen vestido únicamente con ropa interior el cual se hace llamar El Capitan Calzoncillos. La escena provoca una risa inmediata, sin embargo, esa risa posee una dimensión cultural más profunda.
La autoridad máxima de la institución escolar es despojada de su solemnidad y convertida en objeto de burla. El poder aparece reducido a su dimensión grotesca.
Esta operación recuerda la teoría del carnaval elaborada por Mikhail Bakhtin, quien en su estudio sobre la cultura popular medieval, Bajtín observó que el carnaval funcionaba como un momento de inversión simbólica donde las jerarquías sociales se suspendían temporalmente. De esta manera, durante el carnaval, el rey puede convertirse en bufón, lo solemne se vuelve ridículo o lo alto se vuelve bajo.
Algo semejante ocurre en Capitán Calzoncillos. La autoridad escolar es ridiculizada sin necesidad de destruirla, de esta manera, la risa produce una breve suspensión del orden jerárquico.
La eficacia de esta operación humorística fue analizada por Freud en El Chiste y su relación con el inconsciente. Para el austríaco, el chiste funciona como un mecanismo psíquico que permite expresar pensamientos reprimidos de forma socialmente aceptable. Así, aquello que no puede decirse directamente encuentra una vía de escape en la broma y la risa produce entonces una liberación de energía psíquica acumulada por la represión.
En el contexto escolar, esta dinámica adquiere un significado particular. El niño ocupa una posición estructural de subordinación frente a la autoridad adulta. El enfrentamiento directo resulta imposible, y el humor aparece para ofrecerle una salida indirecta. Transformar al director en un superhéroe en ropa interior no es simplemente una broma infantil, es una forma simbólica de invertir la relación de poder. Como resultado la risa introduce una grieta en la solemnidad de la autoridad.
El filósofo esloveno Slavoj Zizek ha desarrollado esta intuición freudiana en un sentido político. En Mis Chistes, mi filosofía, Žižek sostiene que los chistes pueden revelar la estructura ideológica que sostiene nuestras instituciones. El humor produce un cortocircuito, y de repente vemos el sistema desde fuera. La autoridad depende de una ficción simbólica que exige ser tomada en serio, y el chiste interrumpe esa seriedad.
Cuando el director aparece corriendo por los pasillos en ropa interior, la imagen revela algo fundamental, que el poder institucional descansa sobre una construcción imaginaria que puede desmoronarse mediante un gesto de ridiculización. Bajo esta lógica el humor muestra la fragilidad del sistema.
La literatura había intuido mucho antes esta función subversiva del humor. En varios relatos de Edgar Allan Poe, la risa aparece como un mecanismo que desestabiliza jerarquías aparentemente inamovibles.
En Hop-Frog, quizá uno de los relatos más crueles de Poe, un bufón de la corte —deforme, ridiculizado, reducido a objeto de entretenimiento— invierte súbitamente la relación de poder durante un baile de máscaras. El rey y sus ministros, disfrazados grotescamente, terminan convertidos en víctimas de una venganza que transforma la risa cortesana en un espectáculo de horror. Algo similar ocurre en La Barrica de Amontillado, donde el personaje de Fortunato —cuyo propio nombre encierra una ironía— es conducido a su destino fatal bajo el disfraz de la camaradería y el humor carnavalesco del carnaval.
En ambos relatos la risa cumple una función ambigua, por un lado, disfraza la violencia, y por otro, revela la fragilidad del poder cuando se expone al ridículo. Poe parece sugerir que toda jerarquía necesita preservar una cierta distancia simbólica para mantenerse intacta. Cuando esa distancia se rompe —cuando el rey se vuelve grotesco, cuando la autoridad se convierte en espectáculo— el orden social comienza a resquebrajarse. En este sentido, la risa es un gesto filosófico que revela la precariedad de las estructuras de poder.
La comparación entre The Wall y Capitán Calzoncillos revela dos respuestas distintas frente al mismo problema. La obra de Pink Floyd propone una crítica trágica, donde la institución aparece como una estructura opresiva cuya única salida parece ser la ruptura. En la narrativa infantil se propone una crítica carnavalesca, donde el sistema no colapsa, pero su autoridad se vuelve vulnerable cuando es atravesada por la imaginación. George y Harold en sus cómics funcionan como una especie de contra-relato que altera simbólicamente la estructura del poder escolar.
Quizá la lección más interesante de esta comparación sea que la risa infantil posee una dimensión filosófica que suele pasar desapercibida. La risa introduce distancia y la distancia es la condición mínima del pensamiento crítico. Cuando algo se vuelve objeto de risa, deja de parecer natural, y su carácter arbitrario se vuelve visible. En este sentido, el humor puede funcionar como una forma rudimentaria de crítica ideológica.
El niño que ríe ante la figura del director convertido en superhéroe grotesco más que formular una teoría pedagógica, está realizando algo cercano a un gesto filosófico, mostrando que la autoridad puede ser cuestionada.
La modernidad edificó la escuela como una de sus instituciones más respetadas, sin embargo, junto a esta legitimidad institucional ha persistido una crítica cultural que recuerda su dimensión disciplinaria. Desde la rebelión melancólica de Pink Floyd hasta la risa irreverente de Capitán Calzoncillos, diversas narrativas han mostrado que la autoridad pedagógica no es tan sólida como parece.
Freud sugirió que el chiste permite expresar lo reprimido, Žižek añadió que el humor puede revelar la estructura ideológica que sostiene nuestras instituciones. Tal vez por eso la risa infantil posee un potencial filosófico inesperado. Cuando los niños ríen al ver a un director convertido en superhéroe en ropa interior, por un instante, están recordando algo que toda estructura de poder prefiere olvidar:
que incluso las instituciones más solemnes pueden volverse frágiles cuando son atravesadas por la la antigua inteligencia de la risa, esa forma elemental de filosofía que, desde el bufón medieval hasta el superhéroe en ropa interior, recuerda a las instituciones que ninguna jerarquía es completamente invulnerable al poder corrosivo del ridículo.
1. Michel Foucault, Vigilar y Castigar (1975).
2. Paulo Freire, Pedagogía del oprimido (1970).
3. Ivan Illich, La Sociedad Desescolarizada (1971).
4. Mikhail Bakhtin, Rabelais y su Mundo (1965).
5. Sigmund Freud, El chiste y su relación con el inconsciente (1905).
6. Slavoj Žižek, Mis Chistes, Mi Filosofía (2014).

