La piel de zapa en la era de los corridos tumbados.
Balzac, el Club de los 27 y la nueva economía del deseo.
“La piel de zapa” en la era de los corridos tumbados.
Para la economía humana, el deseo es un fuego que devora;
el poder es una luz que ciega; pero el Saber deja al organismo en perpetua calma.
Querer nos quema y Poder nos destruye;
pero Saber deja nuestra débil organización en un perpetuo estado de reposo.»
Honoré de Balzac, La piel de zapa (1831).
En 1831, Honoré de Balzac formuló la primera ecuación termodinámica del sujeto moderno. Su vehículo fue la ficción, ese laboratorio donde la realidad se ensaya antes de ocurrir. La piel de zapa narra la trayectoria de un hombre que posee un talismán capaz de materializar cualquier voluntad, sin embargo, este objeto es un organismo que respira, donde cada deseo cumplido contrae su superficie y, de forma proporcional, devora la cronología vital de su dueño.¹ La piel de zapa pasa de ser una novela para convertirse en un axioma.
Balzac comprendió que el deseo es una fuerza entrópica, en su nucleo el sujeto pasa de ser quien lo administra, para transmutar a un parásito que lo consume. En su narrativa, el deseo se manifiesta como una magnitud física cuantificable donde cada satisfacción es, en rigor, una amputación. La vida deja de ser el escenario donde el deseo actúa para convertirse en el queroseno que lo alimenta.
Décadas después, Sigmund Freud formalizaría esta intuición al describir el aparato psíquico como un sistema de flujos energéticos cuya meta es la descarga total.² Bajo esta luz, el individuo es una economía de gasto; su existencia es el residuo de una combustión constante. La modernidad, más que inventar el anhelo, diseñó su centrifugado, con la aceleración como destino.
El llamado “Club de los 27” constituye la primera gran pira pública de esta estructura. Jim Morrison, Janis Joplin o Kurt Cobain operaron como alquimistas que transformaron el tiempo en fulgor. Su muerte ocurrió en el nodo exacto donde la intensificación de la experiencia colisionó con el agotamiento del soporte biológico. Cobain lo sintetizó con la precisión de un teorema balzaciano: “It’s better to burn out than to fade away”. La cultura contemporánea ha canonizado el incendio por encima de la penumbra.
Lo que en el siglo XX era una anomalía trágica, en el siglo XXI es una arquitectura estética. La nueva mitología sonora, encarnada en la crudeza de los corridos tumbados, es una oda a la fugacidad. Esta narrativa celebra la velocidad del ascenso y la aceptación del desplome. El lujo relámpago, el riesgo como moneda de cambio y la exposición total sin filtros son los síntomas de una subjetividad que se afirma en el derroche. Aquí, el artista es un reactor nuclear y brilla porque se está desintegrando deliberadamente.
Balzac anticipó esta equivalencia con rigor de cirujano, cada expansión del goce implica una contracción de la existencia. Georges Bataille elevaría este concepto a ley universal, sugiriendo que la vida soberana se define por su capacidad de pérdida, no por su instinto de conservación.³ La intensidad es el ácido que disuelve la duración, el mecanismo mediante el cual el tiempo se transmuta en significado puro, aunque este sea breve.
El artista contemporáneo es el avatar de esta ecuación. La hiperconectividad y la eliminación del intervalo entre el impulso y su descarga han mutado la naturaleza del deseo. Jacques Lacan sostenía que el deseo es el andamiaje mismo del sujeto;⁴ hoy, al suprimirse la espera, el deseo ya no es una brújula, es vista como una urgencia que exige la liquidación del presente.
La piel de zapa ha mutado de forma, pero su rigor es el mismo. Hoy se manifiesta en la economía de la atención, en el capital temporal y en el desgaste del cuerpo expuesto a la mirada digital. Cada “clic”, cada acto de visibilidad, es una contracción invisible del reservorio subjetivo. Michel Foucault advirtió que el sujeto es el resultado de las prácticas que lo moldean;⁵ hoy, esas prácticas son simultáneamente herramientas de producción y agentes de erosión. El artista no vende una obra, pone en subasta su propio tiempo de vida a cambio de una intensidad que la posteridad ya no puede ofrecerle.
La figura del artista contemporáneo es inseparable de la lógica de la deflagración. Más que consumirse ante una fuerza externa como el propietario de La piel de zapa, este reside dentro de una estructura que exige su sacrificio energético para validar su existencia. Balzac descifró que el deseo busca el límite y se aleja del objeto.
La piel de zapa es un dispositivo de lectura para nuestra era. Nos revela una verdad incómoda, aquí el sujeto moderno solo es visible mientras se consume. El artista no muere por haber vivido demasiado rápido, perece porque en la aceleración ha encontrado la única forma de existencia que la época considera real. Balzac -quizá sin imaginarlo- escribió un destino.
Para validar estos sustentos, podemos observar la dialéctica del exceso y la agonía del talismán. En esa tónica, observando el inicio de la novela, Raphaël acepta el pacto bajo una premisa de omnipotencia: “Quiero que mi vida sea un banquete continuo”. Esta misma pulsión define el núcleo de temas como “VVS» (Peso Pluma / Edgardo Nuñez). La letra apuesta más allá de una simple enumeración de bienes, se traslada a la confirmación de que la identidad se sostiene sobre el gasto:
“Diamantes VVS en mi pecho brillando / La vida que llevo no la ando contando / Saben que el riesgo es lo que me mantiene…”
Para Balzac, el “riesgo» es la medida del encogimiento de la zapa. Raphaël descubre que cada vez que brilla socialmente, su soporte vital se reduce físicamente. En el corrido, el diamante «VVS» (pureza máxima) funciona como La piel de zapa, es un objeto de luz que exige, a cambio, la exposición total del cuerpo al peligro. La “pureza» del éxito es proporcional a la «impureza» del riesgo de muerte.
En el mismo orden de ideas, hacia la mitad de la obra, Raphaël de Valentín intenta un retiro ascético. Busca la “ataraxia» (la falta de deseo) para detener el encogimiento de la piel. Se encierra, come lo mínimo, evita mirar a las mujeres. Pero el deseo es una inercia. Esta lucha contra el destino final resuena en la atmósfera de “AMG” (2023). Aunque la canción celebra el ascenso, subyace una aceptación del vértigo:
«Muchos dicen que la vida es de un volado / Yo me la juego, no me quedo sentado / El destino ya está marcado…»
Cuando Raphaël intenta estirar la piel mecánicamente mediante prensas hidráulicas y reactivos químicos, la piel resiste y se burla de él. No se puede “des-desear». El corrido tumbado acepta lo que Raphaël tarda 300 páginas en entender, que el «volado» (el azar/destino) no se puede deshacer una vez que la moneda está en el aire. La velocidad del Mercedes (AMG) es la metáfora perfecta de la piel contrayéndose, entre más rápido llegas, más cerca estás del límite de la carretera.
En las escenas finales, Balzac describe a un Raphaël cadavérico, aferrado a una piel que ya no es más grande que una hoja de hiedra. Su tragedia es que, incluso en la agonía, el cuerpo desea. Al ver a su amada Pauline, el deseo final consume el último milímetro de cuero.
Esta fatalidad se refleja en la poética del «último adiós» que permea el género, donde el artista reconoce que el “polvo» y el “fuego” son su materia prima. La piel de zapa deja de ser entonces, objeto externo, y muta a ser el sistema nervioso del artista.
En conclusión, la trayectoria de Raphaël de Valentin y la narrativa de los corridos tumbados convergen en una verdad incómoda, en la modernidad tardía, el sujeto no se posee a sí mismo, se administra como un recurso finito. Michel Foucault argumentaba que el poder no solo reprime, también se produce, en este escenario, produce una subjetividad de alto rendimiento cuya única validación es su propia quema.
La piel de zapa ya no es un talismán externo, es el propio sistema nervioso del artista, sometido a una vigilancia digital y a una demanda de contenido sin reposo. La tragedia de Balzac es hoy una estética de mercado. Mientras el protagonista de la novela intentaba, en un acto de desesperación final, sumergir la piel en reactivos químicos para detener su encogimiento, el artista contemporáneo acepta que es inexistente un solvente para el destino. La “racha” (el éxito) es el reactivo que acelera la contracción. Vivir es, rigurosamente, gastarse.
La cultura de los corridos tumbados más que tratarse de una apología de la muerte, se trata de una aceptación radical de la ecuación balzaciana, donde la intensidad es el peaje de la trascendencia. El sujeto moderno ha dejado de buscar la eternidad en la permanencia para buscarla en el destello. Al final, la piel siempre se encoge, pero la música —como el relato de Balzac— es el rastro de ceniza que prueba que, por un instante, hubo fuego.
Notas:
1. Balzac, Honoré de. La piel de zapa (1831). Representa la transición de la novela de costumbres a la anatomía del deseo moderno.
2. Freud, Sigmund. Proyecto de psicología (1895). Introduce la idea de la «cantidad» energética en el sistema nervioso.
3. Bataille, Georges. La parte maldita (1949). Propone que el exceso de energía debe ser gastado de forma no productiva (gasto soberano).
4. Lacan, Jacques. Seminario 11 (1964). Define el deseo como la esencia del hombre, mediado por el lenguaje y la falta.
5. Foucault, Michel. Las palabras y las cosas (1966). Analiza cómo las estructuras de saber constituyen al «Hombre» como un invento reciente y frágil.
Referencias bibliográficas
• Balzac, H. (2009). La piel de zapa. Madrid: Cátedra.
• Bataille, G. (1991). The Accursed Share. Nueva York: Zone Books.
• Cano, N. (2019). Corridos Tumbados [Álbum]. Rancho Humilde.
• Cano, N., & Peso Pluma. (2023). AMG [Canción]. En Nata Montana. Rancho Humilde / Los Studios.
• Foucault, M. (1970). The Order of Things. Nueva York: Vintage.
• Freud, S. (1895). Project for a Scientific Psychology. SE, Vol. 1.
• Lacan, J. (1978). The Seminar, Book XI. Nueva York: Norton.
• Peso Pluma, & Nuñez, E. (2023). VVS [Canción]. En Génesis. Double P Records.

