La escena internacional atraviesa un momento de quiebre que ya no puede explicarse con eufemismos diplomáticos. La Organización de las Naciones Unidas, concebida como un dique frente a la guerra y la arbitrariedad de las potencias, parece hoy atrapada en un letargo burocrático que la vuelve incapaz de cumplir su razón de ser. Pareciera estar en coma, o al menos enferma.
Mientras los conflictos se multiplican y la violencia se normaliza, el multilateralismo se reduce a comunicados tibios y sesiones estériles que no detienen bombas ni restituyen derechos. Eso es lo que hemos visto en los últimos años.
La crítica expresada desde México no es menor ni aislada. Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum señala que la ONU debe salir de su inmovilidad y defender de manera activa la Carta que le da sustento, apunta al corazón del problema, porque el sistema internacional funciona con reglas que solo se aplican a conveniencia de los más poderosos. La autodeterminación de los pueblos y la no intervención, principios fundacionales del organismo, son ignorados cuando estorban a los intereses geopolíticos de Estados Unidos y sus aliados. Tiene razón.
El caso de Venezuela es ilustrativo. El historial de violaciones a derechos humanos del gobierno de Nicolás Maduro no puede convertirse en coartada para una intervención militar que vulnera el derecho internacional. Sin embargo, Washington actúa como juez y parte, decide quién es legítimo y quién no, y utiliza la fuerza como herramienta política, mientras la ONU observa, debate y posterga. Esa pasividad no es neutral, porque termina siendo funcional a la guerra y a la inestabilidad.
Lo mismo ocurre en Gaza, donde desde 2023 la devastación y la muerte han exhibido la parálisis del Consejo de Seguridad, bloqueado por vetos y cálculos estratégicos. La Asamblea General, reducida a un foro simbólico, emite resoluciones que no se traducen en acciones concretas. En Ucrania y Sudán, el guion se repite: condenas selectivas, silencios prolongados y una incapacidad estructural para frenar la violencia. El mensaje implícito es peligroso: el uso de la fuerza vuelve a ser un instrumento legítimo si quien la ejerce pertenece al club de las hegemonías.
Estados Unidos insiste en presentarse como defensor de la democracia y del orden jurídico internacional, pero esa narrativa se derrumba frente a la evidencia. El derecho internacional se invoca contra gobiernos incómodos y se ignora cuando se trata de aliados estratégicos. Esa doble vara erosiona la credibilidad de las instituciones globales y alimenta un cinismo que debilita cualquier esfuerzo real por la paz.
Aun así, dicen, la ONU sigue siendo la principal estructura multilateral disponible. Es cierto. Precisamente por eso resulta urgente reformarla y fortalecerla, no en su aparato administrativo, sino en su capacidad política y moral para contener los abusos del poder. De lo contrario, el mundo seguirá avanzando hacia un escenario donde la democracia se subordina a la fuerza, la legalidad se vuelve decorativa y la guerra se normaliza como forma de gobernanza global. El mundo seguirá a la deriva, en manos de políticos que parecen sacados de una película de ficción, o de terror, como lo es Donald Trump.

