A sus 90 años, Martha Elena Flores Grijalba de García habla con una memoria que no titubea. Recuerda fechas, nombres y escenas como si el tiempo no hubiera pasado, como si aquellas décadas en las que se gestó una ciudad distinta siguieran ocurriendo en presente. Su historia está entrelazada con la de Ciudad Juárez y, de manera particular, con la de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), institución a la que ha dedicado buena parte de su vida desde sus orígenes, cuando aún era la Universidad Femenina e Integral.

En entrevista con Poetripiados, Flores Grijalba reconstruye no solo los inicios de una universidad, sino también la manera en que el arte y la cultura se abrieron paso en una ciudad marcada por contrastes. Para ella, ambas dimensiones no son accesorias, sino esenciales para comprender y sostener el tejido social, especialmente en un lugar como Juárez.
Su nombre está ligado a una de las tradiciones más arraigadas entre la comunidad universitaria y la ciudad: los altares de muertos que cada noviembre se levantan en el Instituto de Arquitectura, Diseño y Arte. Una práctica que hoy convoca a miles de personas, pero que comenzó como un gesto pequeño, casi improvisado, impulsado por la convicción de que la cultura también se construye desde lo cotidiano.

Su llegada a Ciudad Juárez no fue inmediata. Antes, en 1954 y 1955, estudió Diseño de Interiores en el Instituto Tecnológico de Chihuahua, en una época en la que esa carrera apenas comenzaba a abrirse para mujeres. Eran cinco entre cerca de 500 hombres. Después de casarse en 1957, formó una familia numerosa, nueve hijos en total, mientras desarrollaba su vida profesional.
Fue hasta 1970 cuando, ya en Juárez, encontró en un anuncio de periódico la oportunidad de integrarse a la naciente Universidad Femenina. La carrera que había estudiado figuraba entre la oferta académica. Se presentó, solicitó impartir clases y fue aceptada de inmediato. A los pocos meses, sin que ella misma lo anticipara, fue nombrada directora. Ahí comenzaría una historia que, más de medio siglo después, sigue latiendo en la vida cultural de la ciudad.
“De ahí continué como directora hasta la conformación de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. El proyecto inició impulsado por un grupo de mujeres empresarias, pero al poco tiempo surgió la intención de que dejara de ser exclusivamente para mujeres. Hubo tensiones y desacuerdos, pero finalmente los empresarios lograron que evolucionara hacia una institución mixta”, relata a Poetripiados, sentada en un sillón de su casa.
La maestra fundadora explica que el proyecto inició como la Universidad Integral de Ciudad Juárez y que, hacia 1972, se consolidó como Universidad Mixta de Ciudad Juárez. Señala que, en sus primeros años, fueron los empresarios quienes sostuvieron los gastos básicos, mientras que los docentes aportaban su trabajo prácticamente de manera gratuita durante cerca de tres años, con el objetivo de impulsar la institución.
Recuerda que, cuando finalmente comenzaron a recibir un pago, este era de 10 pesos por hora, aunque debían destinar nueve al mantenimiento de la universidad. A pesar de ello, asegura que lo aceptaron con entusiasmo, convencidos del valor del proyecto.
Destaca que se trataba de un grupo diverso de profesores, provenientes de áreas como medicina, arquitectura, ingeniería, idiomas, turismo y trabajo social, unidos por el interés de consolidar una oferta educativa en la ciudad.
Para todos ellos, afirma, la aprobación de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez representó un momento de gran alegría.
“Fue una gran alegría cuando los empresarios llegaron y nos dijeron que el proyecto ya iba a concretarse”, recuerda. Aquella noticia no solo implicaba la formalización de la universidad, sino también el respaldo del Gobierno federal, la construcción de edificios y la posibilidad de contar, por fin, con aulas y condiciones más dignas para trabajar.
Durante casi tres años, explica, el esfuerzo se sostuvo prácticamente sin sueldo.
“No era mucho, pero significaba todo”, dice, al referirse a un periodo en el que la vocación y el compromiso fueron el motor de un proyecto que aún no tenía certezas.
En ese contexto, destaca la formación de un grupo de maestros que, más que colegas, compartían una causa común. “Estoy muy satisfecha de haber formado un grupo tan bonito”, señala, al recordar el empeño colectivo por consolidar una universidad que respondiera a las necesidades de Ciudad Juárez y dejara testimonio del esfuerzo que implicó su creación.
Las condiciones, sin embargo, distaban mucho de lo que hoy se conoce. Las carreras se impartían en espacios improvisados y dispersos. En su caso, relata que le asignaron una casa de tres recámaras en la zona de la 20 de Noviembre, donde apenas cabía el equipo necesario para trabajar. Otras áreas enfrentaban situaciones similares, lo que evidenciaba la precariedad de los primeros años.
También evoca el origen de la escuela de Medicina, instalada detrás del auditorio Benito Juárez, en un edificio que anteriormente había funcionado como estación de bomberos. Fue ahí donde el doctor Delfín (ya fallecido), a quien describe como un hombre de gran empuje, impulsó el desarrollo de esa área.
“Me llevó a conocer el lugar donde hacían las autopsias”, recuerda. Era un subterráneo reducido, donde los procedimientos se realizaban con limitaciones evidentes.

“Ahí mismo se hacían y tenían que sacar el cuerpo enseguida porque no había espacio”, explica, subrayando las condiciones precarias que contrastan con la infraestructura actual.
Con el tiempo, añade, la universidad evolucionó hacia un modelo más estructurado. La creación de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez implicó también una reorganización física de los espacios, separando los institutos según sus necesidades. Esta decisión no fue aislada, sino parte de un contexto internacional en el que las universidades buscaban evitar concentraciones excesivas ante los movimientos estudiantiles de la época.
Así, entre carencias, improvisaciones y convicciones firmes, se fue consolidando una institución que hoy forma parte central de la vida académica y cultural de la ciudad.
Un proyecto y problemas que tomaban forma…
Con el paso de los años, la universidad comenzó a tomar forma y cada instituto ocupó su propio espacio, pensado según sus necesidades. Hoy, cuenta, recorre el Instituto de Arquitectura, Diseño y Arte y casi no lo reconoce. Es precioso, dice, al referirse a bibliotecas, talleres y una infraestructura que en sus inicios parecía inalcanzable.
Pero antes de ese presente hubo años convulsos. En 1973, con la colocación de la primera piedra durante la visita del presidente Luis Echeverría, el proyecto avanzaba, aunque también se reconfiguraban los liderazgos. Ella dejó la dirección y otros continuaron al frente, mientras la universidad buscaba consolidarse. El nombramiento del primer rector sustituto, el licenciado René Franco Barreno, marcó una etapa de transición. Sería interino por un año antes de definir una rectoría formal, pero en ese periodo las tensiones internas crecieron y las diferencias entre áreas como medicina, ICSA e ingeniería se hicieron evidentes.

Fue una etapa muy difícil. Las clases continuaban, pero el ambiente era incierto. En el edificio de ingeniería, donde impartían sesión, comenzaron a escucharse rumores que pronto se convirtieron en gritos y después en desorden. De pronto, la indicación se convirtió en advertencia: salgan rápido. Al mirar hacia afuera, recuerda, ya venía un grupo numeroso de jóvenes y en cuestión de minutos la violencia escaló. Hubo enfrentamientos entre estudiantes, vehículos incendiados, objetos lanzados. Algo que nunca se ha vuelto a ver.
El miedo se instaló de inmediato. Incluso el director del instituto, también interino, tuvo que huir por la parte trasera del edificio porque iban por él. Era muy serio. El desalojo fue inevitable y las aulas quedaron vacías. La universidad, otra vez, sin espacio.
Entonces surgió la urgencia de continuar. El departamento de diseño consiguió un edificio frente al Monumento a Juárez, un lugar que ya había sido utilizado antes. Ahí se reubicaron arquitectura, diseño e ingeniería, compartiendo un espacio amplio pero aún inestable. En medio de esa fragilidad, la rutina intentaba mantenerse.
Un día, cerca del mediodía, ella impartía clase en un salón con grandes ventanales. Terminó la sesión y salió con sus alumnos. Minutos después, las piedras comenzaron a estrellarse contra los vidrios, justo en ese mismo salón donde habían estado.
Son cosas que pasaron. Y aun así, la universidad siguió adelante, dice tranquila.
Fueron años difíciles. Ya existía el respaldo desde el centro del país, pero el conflicto estaba dentro. Había tensiones que no podían ignorarse y que, tarde o temprano, tenían que enfrentarse.
Salieron huyendo. Días después intentaron volver, pero el acceso al edificio les fue negado. Entonces, las propias alumnas propusieron trasladarse a la Plaza Benito Juárez. Ahí, bajo la sombra de un árbol, continuaron las clases durante tres días, resistiendo desde la improvisación hasta que la situación se calmó.
Después vino una etapa de mayor estabilidad. Se ratificó al licenciado Franco Barreno por cuatro años y, más tarde, asumió el licenciado Villarreal. Poco a poco, el ambiente se tranquilizó y la universidad comenzó a encontrar su ritmo.

Para entonces, ella ya había sido nombrada directora de la carrera, hacia 1982. Aceptó el cargo con entusiasmo. Quería profundamente su área, aunque sabía que otras carreras habían crecido más, con mayor apoyo. La suya, técnica, se sostenía con respeto, heredera de la tradición de las escuelas femeninas.

“Éramos muchachitas… y nos juntábamos con mucho cariño”.
Entre las estudiantes había cercanía y complicidad. Incluso las llamaban, con cierta ironía, “las chicas mientras me caso”. Así eran vistas, así eran nombradas.
El inicio de una gran tradición juarense
Desde el inicio, se propuso transformar la carrera. No solo quería que se reconociera como una formación técnica, sino también como un espacio cultural, con presencia, con voz propia dentro de la universidad.
Fue entonces cuando pensó en el Día de Muertos. Habían pasado apenas unos días desde su nombramiento, el 20 de octubre, y buscaba una forma de dar a conocer la carrera. Decidió comenzar por ahí.
Se reunió con una maestra y una alumna. La propuesta fue montar un altar. Investigar cómo se hacía en distintos estados, entender sus variaciones, sus símbolos. La maestra Leni González impulsó la idea de hacerlo con rigor, con sentido.
El problema era otro. No había materiales. En Ciudad Juárez no se conseguían flores de cempasúchil, ni papel picado, ni los elementos tradicionales. Era 1982 y todo había que inventarlo en lo que ahora es el Instituto de Arquitectura, Diseño y Arte (IADA), ubicado en la avenida Del Charro.

Aun así, insistieron. Reunieron jarros, improvisaron decoraciones, crearon lo necesario. El proceso se volvió colectivo. Las alumnas observaban, aprendían, participaban. El altar quedó listo por la tarde, cuando comenzaron a llegar estudiantes de otras carreras. También compartieron comida. Pan, café en un jarro prestado. Invitaron a los demás, a quedarse, a mirar, a preguntar.
Ahí explicaban la tradición. El sentido del altar, su origen, su significado. Aunque en otros espacios como el Museo de la ciudad (Museo del INBA) ya se realizaban estas prácticas, en la universidad y en la ciudad no formaban parte de lo cotidiano.
“En realidad es una tradición, era una tradición de México, de los pueblos de México, pero acá en la frontera y nosotros tan cerquita del Halloween… bueno, pues fue un éxito. Un éxito de todas las familias ahí, un éxito de que nos pudieran apoyar las alumnas”, recuerda.
Al año siguiente, poco antes de noviembre, la iniciativa dejó de ser solo suya. Fueron las propias alumnas quienes se acercaron con la intención de repetir la experiencia. Querían montar otro altar. Ella respondió organizándolas por semestre, acompañando el proceso y proponiendo algo sencillo pero colectivo: reunir recursos entre todas para conseguir flores de cempasúchil, velas, papel picado o, en su ausencia, fabricar sus propias flores de papel.
En ese proceso, recuerda, comenzaron a entrelazarse la creatividad, la cultura y la tradición. El ejercicio dejó de ser una actividad aislada y se convirtió en un espacio compartido. Para el siguiente semestre, incluso, se sumaron personas que habían llegado del sur del país, como familiares de las propias alumnas, quienes aportaron conocimiento y entusiasmo.
Aquel año, dice, fue especialmente significativo. Un momento en el que la tradición comenzó a echar raíces.
“Al tercer año formamos un grupo de mucha creatividad; andábamos por allí cuando fue la devaluación del peso, y luego recuerdo una tumba chusca, por decir, todas ahí llorando, puras monjas, de la muerte de las monjas embarazadas, y luego la decoradora que se quedó muerta del trabajo. Y cómo gozábamos esos días”, agrega la maestra con la sonrisa dibujada en su rostro.
Recuerda que en ese tiempo apenas comenzaban a plantar árboles; ella misma se encargó de comprarlos, tras la indicación de su jefe de llevar cuantos fueran posibles. Al colocarlos, se abrían hoyos en la tierra que, de manera espontánea, fueron reutilizados por los estudiantes como parte de una escenografía que simulaba un panteón.
A partir de ese gesto improvisado, señala, comenzaron a surgir ideas. Para ella, ahí se revelaba algo esencial: bastaba un impulso para que la creatividad apareciera.
“Pues déjame contarte entonces que en el 82, en el 83, al año que tenía yo de directora, vi yo que el instituto quedaba solo los sábados, no se tocaba, y dije yo, qué desperdicio. Entonces junté a cuatro maestros, uno de artesanías, uno de pintura, uno de baile y otro de teatro, y propusimos solicitarle al rector que invitara a los maestros y mandaran a sus niños gratis a darles clases de arte, de todo eso”, dice.

Recuerda ese momento con una mezcla de sorpresa y afecto. Cuenta que el licenciado Silveyra envió a sus hijos a tomar clases; hoy, dice, seguramente ya son abuelos. Ellos formaron parte del primer grupo, que apenas reunía a unos veinte niños, en un inicio modesto que con el tiempo cobraría mayor dimensión.
Con el paso de las semanas, las madres comenzaron a acercarse. Preguntaban si también ellas podían tomar clases. Ella les respondió que tendrían que esperar al siguiente semestre, ya que primero debía concluir el ciclo en curso, al que los niños asistían cada sábado.
Y empezaron los pagos a los maestros…
Fue entonces cuando el proyecto empezó a transformarse. Surgió la necesidad de ofrecer una gratificación a los maestros, aunque fuera simbólica, de unos veinte o treinta pesos por todo el semestre. Aun así, decidió ampliar la oferta y organizar nuevos talleres: diseño floral, artesanías para el hogar, pintura, dibujo.
Lo recuerda como un proceso casi orgánico. Sin grandes planes, sin estructuras rígidas. Simplemente comenzó a crecer, poco a poco, en distintos frentes.
“Fue muy bonito también porque tuvimos un intercambio; el Community College se interesó y logramos un intercambio cultural. Yo tenía mucho apoyo de los rectores, mucho respaldo en lo cultural, y nos invitaron a ir allá a dar clases, mientras ellos nos enviaban uno o dos maestros para impartir otras disciplinas, como muralismo. Entonces aquello creció; se llamó Instituto Internacional de Artes y duró unos tres o cuatro años como tal, pero fue un intercambio que también surgió en ese momento”, relata.
lo que comenzó como una iniciativa impulsada desde la universidad terminó por desbordarse hacia la ciudad. La maestra recuerda cómo, poco a poco, aquella idea fue encontrando eco en distintos espacios: llevaron los altares de muertos a UTEP, al Community College, al Consulado.
Esa misma lógica de expansión marcó otras iniciativas. Evoca, por ejemplo, una Navidad en la que, a partir de la llegada de un maestro que enseñaba a hacer mojigangas, decidió organizar algo distinto. Reunió a sus colegas, aprovechó las exhibiciones que realizaban en el entonces Pueblito Mexicano y propuso un nacimiento viviente. La escena creció hasta involucrar a familias enteras: niños vestidos de pastores, figuras representadas por mojigangas —la Virgen, San José, un ángel—, incluso uno de sus nietos, recién nacido, como Niño Dios.
La celebración no se quedó en lo simbólico. Gestionó permisos para cerrar calles y convertir el trayecto en una procesión. Con velas encendidas, acompañados por matachines y una patrulla que abría el paso, avanzaron hasta el Pueblito Mexicano, donde eran recibidos por la comunidad. Aquella mezcla de tradición, organización y entusiasmo colectivo convirtió el evento en una experiencia compartida.
Para ella, esas actividades fueron fundamentales para fortalecer los vínculos entre la universidad y la ciudad, para sembrar prácticas culturales que después echarían raíces propias.
“Se siente mucho orgullo haber aportado algo así, una de las tradiciones más grandes que tiene Juárez. Pero al mismo tiempo pues me impacta, porque nunca pensé que una idea tan chica como el primer altar, fuera a crecer tanto. El año pasado y el antepasado tuvieron que hacerlo en dos días. Me dijeron que fueron 50 mil personas”, manifiesta.
“Y como me dicen, usted fue directora, pero ninguno de los que usted me puede enseñar aquí ha hecho algo por la universidad que se valore, que florezca, que se sostenga, que se haga tradición”, afirma serena. Para ella, el verdadero impacto se encuentra en aquello que logra echar raíces y sostenerse en el tiempo.
Todo creció
“Así como crecieron los talleres para señoras, aquello fue creciendo. Cuando yo lo dejé, cuando terminé como directora del instituto internacional de arte, ya eran muchísimos”, recuerda, al evocar un proceso que avanzó sin pausa, impulsado por la constancia y la necesidad. Su gestión concluyó en 1990, después de haber sido reelecta tras su primer periodo iniciado en 1982. “Del 82 teníamos que estar cuatro años como directores, pero a mí me reeligieron otros cuatro, y terminé en el 90”, explica.
Al dejar el cargo, se apartó parcialmente de la universidad. “Al terminar, quedó otra directora y yo me separé un poco de la universidad porque por esas fechas me iba a jubilar. Me tomaron en cuenta los años anteriores”, dice. Sin embargo, el proyecto no se detuvo. Continuó, incluso, dentro de su propia familia.
“Entonces nombran a mi hija Dolores, que queda al frente de los talleres. Le cambian el nombre por Artes y Oficios, como se conoce ahora”, cuenta. Desde ahí, el crecimiento se volvió aún más evidente. “Pero realmente Artes y Oficios creció más todavía, y se lo agradezco a mi hija. Aquello crece y sigue creciendo, porque ya tiene casi 5 mil alumnos. Yo creo que no se compara con un nstituto, no hay instituto que tenga tantos”.
La expansión obligó a ocupar nuevos espacios. “Ha crecido tanto la necesidad que ya tienen que dar clases en otros espacios, por ICSA y otros lugares, pero no lo dejan caer”, señala.
Enamorada de la UACJ y de Juárez
Cuando se le pregunta por el significado de la universidad en la ciudad, hace una pausa. “¿Qué representa la universidad para Ciudad Juárez?”, se repite. Duda un momento. “¿Qué? ¿Los talleres?”, responde, antes de ampliar la mirada. “La universidad en su conjunto, ¿qué representa para Ciudad Juárez? ¿Cómo ha colaborado con el crecimiento de la ciudad?”. Entonces recurre a la memoria. “Yo la veo, por ejemplo, claro que ahorita, sobre todo los alumnos nuevos o otros, o a lo mejor los más anteriores, no saben cómo surgió, no saben los problemas que tuvimos, el interés que tuvimos en formarla, que no se nos pagaba. La Univesidad representa para mí el corazón de esta gran ciudad”.
Pero al mirar atrás, la imagen cambia. “Ahora yo volteo para atrás y digo, esto es la Universidad, que fue una cosa hermosa”, sostiene. Habla de un proceso colectivo, de los rectores que fueron sumando esfuerzos.

“Cada rector, como el doctor Daniel Alberto Constandse Cortez, lo está haciendo ahora de forma maravillosa, en muy poco tiempo que lleva en el cargo, le ponía su granito de arena para acabarla de empujar más, ya sea estructuralmente, con edificios, con apoyos”, dice.
Recuerda incluso momentos que nunca imaginaron. “Nos llegó la novedad de que nos iban a jubilar, fíjate. Eso ni por aquí nos pasaba”. Entre esos logros, destaca uno en particular. “Otro gran apoyo que logró, se lo debemos al licenciado Villarreal, en paz descanse, él fue y luchó porque nos dieran servicios médicos a los maestros de tiempo completo”. Hoy, agrega, esos beneficios siguen vigentes. “Gracias a eso tenemos un servicio médico de primera, con medicamentos y todo”.
Luego regresa a lo que representa la Universidad: “Para mí es el corazón de Ciudad Juárez”, dice. Y lo explica sin rodeos. “Es el que la hace latir, porque de aquí surgen doctores, licenciados, ingenieros que hacen mover a la industria maquiladora”. En su memoria también persisten los conflictos que marcaron su origen. “Yo creo que nunca se imaginaron por qué”, señala.
“Dentro de las satisfacciones que tengo de haber hecho todos estos altares y trabajar en conjunto con maestros y alumnos, estoy muy contenta de que todo esto lo hice por amor a la universidad y a mi amada Ciudad Juárez”, afirma.
Reconoce las dificultades actuales, pero su mirada no es derrotista. “Ciudad Juárez atraviesa por graves situaciones, pero hay que aprovechar lo bueno, porque hay mucha gente, mucho arte, muchos artistas”, dice. Incluso plantea una idea concreta: “Yo, por mí fuera, en cada parque, cada sábado, juntaría a los niños de esa colonia, darles materiales, que el gobierno los proporcionara”.
Piensa en las colonias, en lo que aún puede construirse desde lo comunitario. “Sobre todo en las colonias humildes, hay tanto por hacer en arte en Ciudad Juárez”, concluye. Y deja una última advertencia que resume su historia: “Que no olviden que hay tanto que rascarle al arte”.

