Ese día seguimos en el WhatsApp, mi vecina y yo. (De alguna manera, charlar nos servía a los dos, que vivíamos en aislamiento radical por culpa de la pandemia. Aunque ella sí tenía contacto directo con su sobrina… y su hermana y su cuñado cohabitaban en una sección de la casa; ellos sí salían a trabajar).
—¿Así que sus nalgas deslumbraron a esa gringa?
—Sí… aunque creo que exageraba. Y me daba por mi lado para que me fuera a trabajar a su club para caballeros.
—Le confieso algo, vecina.
—Claro.
—Yo, antes de la pandemia, iba seguido a los teibols.
—¿En serio?
—Bueno… no tan seguido.
—¿Hay muchos teibols en este rancho?
—¡Había!… Ahora quedan muy pocos, pero antes de 2008, cuando se desató el demonio en la ciudad por la violencia, pululaban teibols por varias zonas de Juárez… Y de chavo, no se diga: existían muchos encueraderos. Conocí varios cuando trabajaba en la Juárez y me iba de desbalagado.
—Antes de que le siga, ¿la avenida Juárez qué tiene de especial? La primera vez que vine a Ciudad Juárez, mi hermana y mi cuñado me llevaron a conocerla y se me hizo una callecilla pinchurrienta. Me imagino que sigue igual.
—En primer lugar, esa calle termina en la entrada al primer mundo, o sea, al “Chuco”… y casi toda la historia de Ciudad Juárez, desde que era un caserío —rancho, como usted le dice—, gira alrededor de esa calle o avenida. Los juarenses de antaño saben de qué hablo.
—Ummmh… con qué poco se conforman.
—Podríamos pasar días hablando de lo que la Juárez representa para nosotros, que la conocimos en sus épocas de esplendor… A mí me tocó su último suspiro; le hablo de los 60 a los 80. Pero nuestros gobiernos municipales se han encargado de partirle la madre en nombre de la urbanización.
—¡No se enoje! Parece que le pisé un callo.
—No me enojo con usted… Me enojo con los guangos del gobierno, empeñados en quitarle su encanto a la avenida Juárez y a toda la ciudad… Si de por sí no tenemos muchos sitios históricos… Sépase, vecina, que la avenida Juárez ha sido, históricamente, el epicentro de la vida social, turística y nocturna de la frontera. Durante mediados del siglo XX fue un punto de encuentro para turistas, soldados gabachos y celebridades, famosa por sus bares, restaurantes y vida nocturna, consolidándose como un ícono nostálgico del corazón de Ciudad Juárez.
—Le propongo algo.
—¿Qué?
—Si quedamos vivos al término de esta pandemia, nos vamos a festejar a la Juárez, para que me muestre los encantos que dice que tiene esa calle.
—¡Me gusta la idea!… Pero nos llevamos mi silla de ruedas y usted me empuja.
—¡Usa silla de ruedas!
—¡Sip!… Cuando tengo que recorrer varias cuadras o salgo de parranda. Con mi bastón no la armo.
—Sería una simpática experiencia… Un honor para mí sacar a pasear a semejante escritor.
—¡Bájele, bájele!… Lo que sí es que subirían mis puntos: que me vean postrado en una silla de ruedas, acompañado de semejante mujer… Muchos me envidiarían.
—Igual le ha de pasar cuando lo empuja su bella esposa.
—Exacto… Pero nos divierte que muchos crean que es mi hija o mi cuidadora (enfermera).
—Vecino, cuando sale a regar sus árboles frutales, lo veo caminar hasta sin bastón.
—Camino todo pando y con seguridad por toda la casa, el patio y las cocheras de enfrente… sin ayuda del bastón, porque son espacios que ya me sé de memoria. Ya al salir a la calle necesito el bastón o la silla de ruedas… depende de las distancias.
—¿Y sí le darán permiso de salir conmigo? A lo mejor le pegan.
—Iríamos en plan de amigos o, mejor aún, yo sería su guía de turistas… No hagamos planes… dejemos que termine esta tormenta (pandemia).
—Okey… Sirve que me enseña lo más chido de su rancho, no nada más la Juárez… Me interesa conocer sus lugares emblemáticos, sus barrios, sus zonas fifís… En general, lo feo y lo bonito… Sus cantinas tradicionales… ¡Y sus teibols!
—Chin-chin el que se raje… Vecina, ya le voy a colgar… Que pase buena noche.

