En los años ochenta, escaparse de la escuela en Ciudad Juárez tenía un solo nombre: zorreada.
Daba igual si estabas en secundaria, en la prepa o en la técnica. La palabra significaba exactamente lo mismo: desaparecer durante unas cuantas horas antes de que algún maestro, prefecto, vecino metiche o familiar descubriera la maniobra.
La emoción empezaba desde la huida. Había que esquivar miradas, inventar excusas con cara de inocente, calcular trayectos y evitar el encuentro fatal con algún conocido en el momento menos oportuno. Había que saber por qué barda brincar, por qué calle doblar y, sobre todo, medir el agua a los camotes antes de que alguien preguntara por nosotros. La mitad de la hazaña consistía en escapar sin ser atrapados; la otra mitad nos esperaba en las maquinitas.
Los adolescentes juarenses de aquellos ochenta teníamos nuestros puntos bien ubicados. Estaba La Pantera Rosa, sobre la avenida Juárez; Aladino, por los rumbos de la 16 de Septiembre y Santos Degollado, y el legendario Continental, conocido simplemente como “El Conti”. Aquel lugar había sido considerado el primer pasaje comercial de la ciudad, aunque para nosotros su principal atractivo eran las maquinitas. Con el tiempo, aquellas máquinas se mudarían a la esquina de Ramón Corona e Ignacio de la Peña, a un local mucho más grande. En la planta baja estaban los futbolitos; arriba, los juegos de video más modernos de la ciudad. Aquello bastaba para justificar una zorreada.
Las monedas desaparecían rápidamente jugando Double Dragon, Shinobi, Sinistar y Robocop. Cada ficha tenía que rendir lo más posible. Había que cuidar cada vida y estirar el tiempo hasta donde se pudiera.
Tarde o temprano, alguien hacía la pregunta obligada:
—¿Quién tira paro con otra ficha?
Seguía un silencio sepulcral..
—Ya no traigo.
—Yo tampoco.
—Nomás me queda una…
Entonces no quedaba más remedio que hacerse a un lado y ver jugar a los demás. Nos acomodábamos detrás del afortunado que todavía tenía fichas, opinando sobre cada movimiento como si fuéramos entrenadores profesionales, aunque en nuestro turno nunca seguíamos nuestros propios consejos.
—No te vayas por ahí.
—¡Bríncale!
—Te va a matar, pendejo.
Y cuando finalmente lo mataban, todavía teníamos el descaro de rematar:
—¡Te mataron por buey!
Y sí, casi siempre perdían, pero en el fondo eso era una buena noticia para el siguiente jugador. Rara vez aparecía algún voluntario dispuesto a prestar otra ficha. Eran sagradas para los zorreros de los barrios bravos. Algunos sacrificaban el dinero del camión o hasta el almuerzo con tal de conseguir unas cuantas más. Cuando se acababa la lana, nos tocaba quedarnos a ver jugar a otros.
En los futbolitos había otra dinámica. El retador colocaba su ficha sobre la mesa y esperaba turno. Si ganaba, seguía jugando. Si volvía a ganar, podía pasar toda la mañana defendiendo su partido mientras los demás pagaban por intentar quitarle el lugar. Había muchachos capaces de adueñarse del futbolito durante horas. Muchos ni siquiera eran estudiantes. Eran jóvenes de pelo largo, chalecos de mezclilla y aspecto de “rockers”, que llegaban con sus característicos audífonos, escuchando a Iron Maiden, Mötley Crüe o Megadeth mientras jugaban, concentrados en cada movimiento, con esa mirada desafiante de quien parecía no tenerle miedo a nada.
Sabían exactamente cuándo dar el muñecazo, cuándo clavar un pase por la banda y cómo sacar un disparo con el portero desde el otro extremo de la cancha. Verlos jugar era un espectáculo por sí solo.
En Aladino, aunque el local era más pequeño, siempre aparecía alguna novedad. Estaban Dig Dug, Defender y, como juego estrella, Space Ace, que parecía llegado del futuro. Para nosotros, aquello era otra cosa. Había que aprenderse los movimientos, dominar los controles y reaccionar en el momento exacto. El juego no perdonaba errores. Un segundo de retraso significaba ver al personaje morir y escuchar el sonido de la ficha que se iba.
Podíamos pasar horas intentando descubrir cuál era el movimiento correcto, memorizando cada escena y esperando que el siguiente juego nos llevara un poco más lejos. Pero Space Ace tenía una crueldad especial. Cuando por fin creíamos que ya le habíamos agarrado la onda, aparecía una escena nueva. Nos tragaba un monstruo alienígena, nos disparaban las torretas láser de la base o, cuando finalmente lográbamos avanzar bastante, aparecía el Rayo Infante de Borf, el villano principal, y nos daba en la madre. Entonces había que volver a empezar.
Aun así, seguíamos metiendo fichas.
La Pantera Rosa tenía sus propios clásicos. Estaban Jungle Hunt, Bubble Bobble y Operation Wolf. Aquellas pistolas de luz nos hacían sentir soldados profesionales durante unos minutos, hasta que se terminaban las monedas y teníamos que conformarnos con ver jugar a los demás. Mientras tanto, en alguna secundaria de la ciudad, un maestro pasaba lista. Probablemente anotaba una falta y de seguro alguien ya estaba preguntando dónde andábamos, pero en ese momento nada de eso parecía importante.
Las maquinitas del centro tenían su propia dinámica y las de las tienditas del barrio también. Ahí el peligro tenía nombre y apellido: tu mamá. Los que íbamos por las tortillas, la leche o el refresco jugábamos una especie de ruleta rusa contra el reloj. Primero venía la duda:
—¿Y este mocoso? ¿Ya iría por las tortillas?
Después, la sospecha:
—A ver, ve a buscar a tu hermano.
Y finalmente aparecía la dueña de nuestros peores temores:
—¡A ver, tú, canijo! ¿Qué fregados estás haciendo ahí?
En ese instante no existía videojuego capaz de salvar a nadie. Más de uno regresó a casa correteado por una madre armada con la chancla o con una varita arrancada de algún árbol cercano. El trayecto solía estar acompañado por una lluvia de regaños que anunciaba problemas mayores al llegar a la casa:
—¡Nomás deja que te alcance, te va a ir peor!
Pero incluso entonces quedaba cierto orgullo. Podías llegar castigado, sin el cambio o sin el dinero de las tortillas o la leche, sabiendo que te esperaba una buena friega, pero con la satisfacción de haber roto un récord o dejado tus iniciales en lo más alto del marcador. Y eso compensaba muchas cosas.
Hoy no recuerdo cuántas faltas acumulé ni cuántos reportes llegaron a la casa. No sé, en realidad, cuántos chanclazos o cinturonazos me dieron cuando mis padres se enteraron de aquellas escapadas. Tampoco recuerdo demasiadas calificaciones de esos años. En realidad, me valían gorro. Lo que sí recuerdo son los sonidos: el golpe metálico de la moneda cayendo en la ranura, los botones de acrílico resistiendo el castigo de cientos de manos, el resorte de la palanca regresando a su lugar, la pelota golpeando las bandas del futbolito y los gritos de los compas rodeando al jugador que estaba a punto de romper un récord. También recuerdo la sensación de mirar el reloj y descubrir que todavía quedaba toda la mañana por delante.
Tarde o temprano había que volver a la casa y dar explicaciones. Pero durante unas cuantas horas, entre ficha y ficha, el tiempo parecía pertenecernos. Y a esa edad, eso era suficiente.


