Huele a polvo de Ticul y a mar de Sisal
Reseña de la novela Los mil ojos de la selva, de Omar Delgado
Hay algo que siempre me incomoda cuando leo un libro de alguien a quien ya escuché hablar: la voz del autor se mete en mi cabeza como una mosca verde en la cocina. No deja leer. No deja imaginar.
Por eso agradezco que con este libro ocurrió lo contrario.
Primero apareció el libro. Después, el autor.
Y sí: abrí las primeras páginas sin saber quién demonios lo había escrito. Bastaron unas cuantas líneas para darme cuenta de algo: esto huele a Yucatán.
Cito:
La Jesusa se maravilló al ver las playas del pueblo de Sisal. A pesar de que amanecía, el calor ya le barnizaba el cuerpo y los sofocos nocturnos no habían amainado, ni porque en los últimos dos días se les había permitido dormir en cubierta. Apenas inició el amanecer, se incorporó; con sigilo, intentando no despertar a sus compañeros de penuria, se acercó a la baranda del navío y llenó sus pulmones de aire salado.
Fue cuando la visión de la costa casi le hace caer de rodillas.
—Yucatán —murmuró, como si el nombre de la península fuera también el sortilegio que le permitiera entrar a una tierra de magia esmeralda y viento salado.
Aquel lapislázuli acuático que acariciaba la arena blanca como harina de coral le consoló un poco los días y los meses de su cautiverio. Incluso el escozor que le causaba la mordedura de los grilletes en las muñecas se le olvidó un poco al recibir el saludo de las palmeras, inclinadas como si le hicieran reverencias al mar.
Fin de cita.
No huele al Yucatán de los folletos inmobiliarios, sino al otro: al de los pueblos donde la historia camina despacio y la gente habla como si las palabras pesaran.
Ticul.
Tepich.
Valladolid.
Río Lagartos.
Nombres que en el mapa parecen puntos, pero que en estas páginas son territorios completos: monte violento, polvo, calor, silencio, memoria.
Ahí empieza a moverse Horacio Rendón, un hombre que arrastra la historia como si fuera una piedra amarrada al tobillo. Y en medio de todo aparece Matilde, que no es solo una Dulcinea: es una obsesión, una brújula torcida que lo empuja a seguir.
Y luego está mi favorita: La Jesusa.
No entra en la historia: la toma.
Es uno de esos personajes que, cuando aparecen, el lector se endereza en la silla. Porque uno sabe que algo va a pasar. Algo fuerte. Algo que no se puede desleer.
Eso es lo que tienen los buenos personajes: no viven en el libro.
Se te quedan caminando en la cabeza.
Y La Jesusa, durmiendo en mi hamaca.
El libro, además, tiene algo que hoy escasea: ambición histórica.
No se conforma con contar una historia. Quiere mirar de frente el pasado, revolverlo, ensuciarse con él. Y eso, en Yucatán, es una apuesta peligrosa.
Pero aquí funciona.
Parte del mérito también es del objeto que tenemos en las manos.
Nitro/Press hizo una edición, como siempre, impecable.
No es casualidad. Esa editorial tiene el raro talento de escoger libros que todavía creen en la literatura como territorio salvaje, no como mercancía rápida o literatura inmediata creada con inteligencia artificial, que ahora abunda en las librerías comerciales.
Y cuando una editorial apuesta por un libro escrito con las vísceras y la inteligencia, se nota.
El papel, la edición, el cuidado: todo está puesto al servicio de la historia.
Pero al final, lo que queda no es la edición ni la editorial.
Lo que queda es la sensación de haber caminado, de haber escuchado esas voces, de haber visto a Horacio Rendón mirar a Matilde como si el mundo dependiera de eso.
Y de haber conocido, por fin, al autor después de haber conocido su libro.
Que, créanme, es la mejor manera de conocer a un escritor.
Y sigo escribiendo de este libro que se mueve como una carta escrita con la mano temblando sobre la mesa de una cantina vieja. Valladolid aparece primero como escenario y luego como herida. Los machetes brillan en la noche, la ceiba se vuelve altar y patíbulo al mismo tiempo, y la historia deja de ser una fecha —o un libro— para convertirse en algo vivo, oscuro, casi respirando debajo de la tierra.
El sacerdote Hilario Alegría escribe con miedo, pero también con la certeza de que está mirando algo que el poder no entiende: una guerra que no es solo de hombres, sino de símbolos, de dioses antiguos, de cruces que hablan desde la selva.
En esas páginas, el pasado de Yucatán no es museo: es polvo que se levanta cuando alguien pisa fuerte; es sal que llega desde la costa y se pega en la piel.
Es, precisamente, eso:
palabras que huelen a polvo de Ticul y a mar de Sisal.
***

Los mil ojos de la selva, Omar Delgado. Novela ganadora del Premio Nacional «José Rubén Romero» 2024. Publicada por Nitro/Press – Secretaría de Cultura de Michoacán – INBAL. México, 2025.

Para mayor información, páginas muestra y formas de adquisición: https://nitro-press.com/9786078805563

Adolfo Calderón Sabido | (Tixkokob, Yucatán, 1978). Escritor yucateco egresado de la Escuela de Escritores «Leopoldo Peniche Vallado». En 2016, publicó sus primeros libros, Enjambre y Textos enajenados y otras dispersiones. En 2018, textos suyos fueron incluidos en la antología Atorrantes, colección de autores yucatecos, colectivo con el que también publicó Perversiones en 2019. Participó en el libro Mérida, palabras y miradas. Su producción literaria se difunde a través de revistas impresas y digitales, así como en medios de comunicación como el Diario de Yucatán, Punto Medio, Por Esto! y Novedades de Yucatán. Recibió el Premio Estatal «Tiempos de Escritura» de la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán en el año 2020 por su novela El mismo silencio, publicada ese mismo año por Nitro/Press. Su obra está incluida en la Enciclopedia de la Literatura en México. Dirige el Colectivo Literario Uayé desde su conformación en 2021.

