Menos de un día bastó para que la Casa Blanca cambiara el tono y volviera a la confusión. El presidente dijo que el bloqueo petrolero a Cuba ya no se aplicaría y que no le importaba que llegaran cargamentos para que la gente pudiera vivir. Horas después su portavoz aseguró que no había cambio alguno y que la plaza se reservaba el derecho de confiscar barcos que atendieran a la población cubana.
Ese vaivén es la muestra de una política exterior que parece dirigida por impulsos y espectáculos en vez de por principios y diplomacia seria. Washington administra sanciones que asfixian a comunidades enteras y luego proclama que actúa por humanitarismo. Esa doblez se siente en La Habana como otra forma de violencia porque la historia del embargo no es solo números sino hambre, medicinas que faltan y expectativas rotas.
Detrás de la contradicción hay cálculos electorales y pugnas internas que van de Miami a los pasillos del Departamento de Estado. Allí donde debería haber coherencia hay negociaciones de corto plazo y amenazas de castigo a terceros países por solidarizarse con la isla. México recibe presiones mientras la Unión Europea y otras voces piden respeto a la soberanía y al derecho humanitario.
Criticar al bloqueo es sostener que la política que estrangula poblaciones no puede presentarse como solución. La medida de confiscar barcos que llevan gasolina a familias desesperadas convierte a la diplomacia en un tablero de ajedrez donde la población siempre pierde.
En el Congreso y en los medios se escuchan llamados a mantener la presión y a proteger intereses electorales. Al mismo tiempo surgen voces que piden poner fin a seis décadas de castigo colectivo. Ese clamor tiene razones morales y prácticas porque la estabilidad regional no se construye con asfixia sino con apertura y diálogo.
Al final la pregunta es simple y dura. Qué gana Estados Unidos con parecer al mismo tiempo juez y verdugo. Si la intención es ayudar a Cuba entonces la incoherencia debe terminar. Si se pretende seguir castigando, que no se disfrace de humanidad. La política exterior merece menos tuits y más responsabilidad. La historia juzgará a quienes eligieron la contradicción en vez de la coherencia.

