Este libro le pertenece a Patricia Monter Hernández,
parte tangible y definitoria de mi herencia,
que me enseñó la diferencia entre lo correcto
y lo fácil y me dio una infancia abundante de detectives y monstruos.
Aunque inspirado en hechos reales, salvo algunas excepciones,
lo que están a punto de leer no representa a nadie en particular.
1
Tenía casi una década que la Dirección General de Servicios Periciales se había mudado al complejo de Avenida Coyoacán 1635, pero él no terminaba de acostumbrarse. Su antigua sede, ubicada en el cruce de Niños Héroes y Doctor Liceaga, se desplomó en el sismo de 1985, donde le tocó indirectamente vivir los estragos, con tantos conocidos que perecieron en el desastre y todas las historias negras de cadáveres de detenidos —con signos de tortura— que fueron encontrados en los sótanos de la Procuraduría de Justicia de la capital. En su memoria infantil se recordaba recorriendo los laboratorios o comprando esas paletas heladas recién cubiertas de chocolate con chochitos de azúcar que vendían a las afueras.
La oficina del doctor Fernández Sala no era muy diferente de la de su mamá. Sólo era cuatro veces más grande, estaba mejor ubicada e iluminada, y su mobiliario era evidentemente más nuevo: los escritorios eran de madera de roble, lo mismo que las sillas tapizadas de piel, los libreros repletos de tomos sobre Ciencias Forenses, Dactiloscopía —su especialidad de formación— y Derecho Penal. Al fondo, al lado de dos archiveros de metal, había una mesa con una gran y moderna computadora que atrajo inmediatamente su atención. «Mírate. La última vez que nos vimos eras sólo un chamaquito con su cuaderno y sus colores. Aún recuerdo los dibujos que nos hacías en la oficina. Creo que debo tener uno en mi casa», le dijo Fernández una vez que su secretaria los dejó solos. Se saludaron con apretón de manos y un fuerte abrazo. Fernández era un hombre a la mitad de su cuarta década de vida. Salvo por su notoria alopecia, lucía exactamente como lo recordaba. Siempre fue carismático, encantador. Tenía madera de alto funcionario y la seguridad en su actitud lo reflejaba. Le señaló una silla y le ofreció algo de beber. No tenía sed y como respuesta le dio las gracias por hacerle un espacio en su apretada agenda como flamante Director General. La mirada solemne y oficial de Óscar Espinoza Villareal pareció seguir sus movimientos desde su marco en la pared. De hecho fue él quien designó en el puesto a Fernández un año atrás. «Tu mami me puso al tanto de tu situación, y créeme que lamento no poder ayudarte. No necesito en este momento un estudiante de diseño gráfico para hacer servicio social. Si hubieras estudiado derecho o medicina sería otra cosa». Sintió una gran desilusión, pero lo que siguió disipó todo: «No te me pongas triste. Creo que podemos ayudarnos mutuamente. Tengo una plaza de Perito en Retrato Hablado que me urge cubrir. Piénsalo. Este trabajo corre por tus venas. Todos recuerdan a tu abuelo: fue maestro de muchos. Sus libros de Crimi fueron tus primeras lecturas. Y de tu mamá ni se diga, todos la quieren y respetan en Dacti. Además eres un gran dibujante. Conoces todas las bases. Te puedo enviar por un mes para capacitarte a Periciales de la delegación Gustavo A. Madero y listo. Tus exámenes de ingreso —que son un mero requisito— serán pan comido. La paga no es mala, tienes derecho a todas las prestaciones del ISSSTE y lo mejor es esto…», corrió hacia un librero, extrajo un volumen y lo hojeo hasta encontrar algo: «Míralo por ti mismo»:
Artículo 91. Los estudiantes y profesionistas trabajadores de la Federación y del Gobierno del Distrito Federal no estarán obligados a prestar ningún servicio social distinto del desempeño de sus funciones.
«No es una mala opción. Trabajas un año, tienes un sueldo y liberas automáticamente tu servicio social. Si fuera tú, yo aceptaría».
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Roberto Coria Monter (Ciudad de México, 1973) Licenciado en Diseño Gráfico, es investigador en literatura y cine fantástico. Desde 1998 imparte cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias. Es asesor literario del Festival de Cine Fantástico y de Terror «Mórbido». Coescribió las obras de teatro Yo es otro (Sinceramente suyo, Henry Jekyll) y De niños y otros horrores y es autor de El hombre que fue Drácula y Renfield, el apóstol de Drácula. Fue co conductor del podcast Testigos del Crimen y es co conductor del programa de radio Horroris causa. Creó, junto al Dr. Vicente Quirarte, las Jornadas de Literatura de Horror de la FIL Minería. Fue coordinador del encuentro internacional de narrativa gráfica «Felices 80, Batman». Coordinó el Coloquio Auguste Dupin de Literatura y Ciencias Forenses en la Cátedra Extraordinaria José Emilio Pacheco de la UNAM. Es autor de Escribir el crimen, una guía para dar verosimilitud a un relato policial, publicado por Nitro/Press y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Hombre de arte que trabajó con policías, Roberto Coria Monter. Nitro/Press – Efiartes, col. NitroNoir, núm 48, México, 2026.

Para mayor información y formas de adquirirlo: https://nitro-press.com/9786078805679


