Apenas se disipó el bloqueo que paralizó la frontera durante casi cuatro días cuando surgió un nuevo frente, no en las carreteras sino en el discurso. Productores y transportistas celebraron mesas de trabajo con la Federación y levantaron los cierres que tenían miles de camiones petrificados como paisaje involuntario.
Pero justo cuando parecía que el aire volvía a circular, la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, lanzó un mensaje a través de las redes sociales en la que se le nota el enojo, algo que recuerda que en la política la calma dura menos que un semáforo en verde. La vía pública se despejó, sí, pero la batalla apenas cambió de carril.
El avance del diálogo no parece bastar. Ni siquiera el restablecimiento del tránsito, el inicio de negociaciones y la reducción del riesgo de colapso económico dieron pie a una postura conciliadora por parte de la mandataria. Al contrario, Campos afirmó en medio que no existen compromisos claros, una postura que contrasta con la de los propios líderes agrícolas que ya transitan hacia el entendimiento.
El reclamo no es menor. Campos sostiene que la comisión designada por los productores no fue atendida como se esperaba y que su intervención tampoco recibió respuesta. Llama a continuar la lucha, pero sin bloqueos y por vías alternativas que no afecten a terceros. Sin embargo, el mensaje no sólo deja entrever preocupación.
También revela una pugna por el protagonismo en el escenario. Desde su campaña hacia la gubernatura, la defensa del agua se convirtió en una de sus banderas políticas y ahora, con un acuerdo federal caminando, parece no estar dispuesta a soltar ese estandarte con facilidad. No es casual que el tono del mensaje sugiera un desacuerdo más profundo.
Como si la solución alcanzada sin su mano visible resultara incómoda. Como si la gobernadora quisiera estar en la foto del rescate, pero la emergencia se desactivó antes. En la grabación son más allá de lo visible, los gestos de desaprobación o enojo.
Mientras tanto, los hechos muestran otra ruta. Los líderes campesinos reconocieron avances, los transportistas desmontaron coberturas y las aduanas volvieron a funcionar. Se instalaron mesas para discutir seguridad en carreteras, ordenamientos hídricos y protección a los precios de las cosechas.
El tránsito fluye y el escenario, aunque frágil, apunta a una despresurización que miles de familias necesitaban. Pero el discurso de la mandataria introduce una lectura distinta. Una en la que la liberación de vías no significa cierre del conflicto, sino una pausa obligada mientras se redefine quién capitaliza políticamente la causa.
El contraste es evidente. Para el Gobierno federal y los productores, el acuerdo es avance. Para la gobernadora, es insuficiente y excluyente. En medio queda el estado, que apenas comienza a respirar después de jornadas de tensión. La política, sin embargo, no descansa. Y el mensaje lanzado desde Palacio es reflejo de ello.
El peligro de que los intereses electorales vuelvan a tensar la cuerda no está descartado. No sería la primera vez que el agua —recurso vital y símbolo de identidad en Chihuahua— se utilice como arma discursiva y plataforma de posicionamiento.
La pregunta ahora es si prevalecerá la ruta del diálogo o la disputa por el crédito. El campo requiere soluciones, no disputa por reflectores. Porque si la lección de estos días deja algo claro es que nadie gana cuando la frontera se detiene.
La gobernadora dice no rajarse. Los productores aseguran que ya hay acuerdos. Lo que viene pondrá a prueba si la política sabe ceder o si volverá a empujar al estado al borde del mismo escenario que todos celebraron haber evitado.

