No conocía la película, pero el algoritmo ya me había preparado. Días antes de verla apareció en mi feed un video de Shia LaBeouf en Nueva Orleans, borracho, peleando en bares y luego en la calle, gritando contra nadie y contra todos, un cuerpo fuera de eje, un hombre orbitando su propia autodestrucción.
Eso es Urchin.
Cuando entré a la película sentí la misma vibración: la ópera prima de Harris Dickinson, al que algunos recordarán de Triangle of Sadness y Babygirl, no tiene nada de capricho actoral. Es alguien que decidió mirar fijo el extraradio de Londres y sostener la mirada sin parpadear; dicen que Dickinson quería dirigir antes que actuar, y se nota.
Escribió el guion a lo largo de seis años y trabajó con organizaciones de ayuda a personas sin hogar en su propio barrio. Su padre es asistente social y él mismo ha trabajado recogiendo basura y en cocinas de mala muerte, igual que el personaje, así que nadie puede acusarlo de apropiación narrativa: sabe de lo que habla.
La cámara no expone la calle, la confirma; a menudo filma desde lejos, como si observara desde la mirada indiferente de un transeúnte más. No estiliza la marginalidad ni la subraya o embellece, la constata y la atestigua.
La película sigue a Mike en su día a día como quien sigue un pulso: drogadicción, alcohol, impulso, trabajo precario, hostels, intentos de reinserción. No hay estructura clásica de superación, hay espiral.
Cuando vi la actuación de Frank Dillane pensé que estaban usando a un no-actor, un hombre real sacado directamente del asfalto; esa naturalidad dolía porque no parecía técnica sino desgaste auténtico. Luego llegan los créditos y descubres que es un actor en toda la extensión de la palabra: en Cannes le dieron el premio al Mejor Actor en la sección Un Certain Regard, y la película también se llevó el Premio FIPRESCI de la crítica internacional. Lo que Dillane hace es descarnado; no representa la adicción, la encarna.
Su cuerpo se vuelve territorio fracturado, alguien escribió que pilota la película “como un conductor imprudente que pierde el control del volante”, y su respiración se vuelve narrativa. Cada recaída no es gesto dramático sino impulso inevitable, y su llanto en el careo, cuando el hombre al que golpeó le pregunta por qué, no tiene discurso, solo ruptura; ese silencio llorado es de lo más honesto que he visto en el cine reciente.
***
Hay una escena en particular que me partió en dos.
Mike conoce a una chica, gitana creo; vive en una caravana, tiene luz en los ojos y parece un respiro en medio de tanta asfixia. Van bien, o eso parece, y por un rato uno quiere creer.
Entonces aparece un familiar de ella, saca una bolsa con ketamina y se da unos pases así nomás, como quien ofrece un trago de agua.
—¿Quieres? —le dice a Mike.
Mike niega con la cabeza.
—No, estoy bien.
Pero quien ha pasado por eso lo sabe: un adicto en recuperación siempre va a ser un adicto en recuperación. Eso no se quita; se aprende a llevar, pero no se quita.
Mike ve la bolsa, la mira fijo uno, dos segundos.
—Okay —dice.
La agarra, se da un pase, luego otro. La chica lo voltea a ver y no dice nada, pero mira, y él siente esa mirada; sabe lo que significa, sabe que ella sabe. Entonces, como si esa mirada lo empujara al vacío en vez de sostenerlo, se da otros tres pases más. Tres.
Ahí empezó todo, ahí se desbarrancó.
Lo que Harris Dickinson quería mostrar, según dijo en alguna entrevista, es cómo alguien puede recaer en una versión más oscura de sí mismo. Lo que él no podía saber, porque no lo ha vivido, es que esa versión oscura no llega como un monstruo sino como un alivio, como un “total, ya la cagué, qué más da”, y luego viene el resto.
Esa escena no es actuación, es memoria; es el pasado mirándote desde la pantalla, son todas esas veces que uno dijo “no, estoy bien” y cinco minutos después estaba diciendo “okay”.
Esa es la honestidad de Urchin: no te muestra la adicción como lección moral sino como impulso, como pozo, como algo que uno sabe que va a pasar y aun así no puede evitar.
Urchin funciona como espejo fiel de la calle. No la utiliza para tesis social ni la convierte en pancarta; la observa como quien mira una herida abierta sin intentar cerrarla con moraleja. Bebe del cine social británico, de Ken Loach y de Mike Leigh, pero Dickinson se permite romper sus límites. El extraradio aquí no es solo geografía londinense, es estado contemporáneo del hombre precario: alguien que consigue empleo y no logra sostenerlo, que encuentra amor y lo contamina, que quiere estabilidad pero no sabe cómo habitarla.
Hay algo más que se instala poco a poco, algo que tiene que ver con el cuerpo.
A lo largo de la película vemos a Mike dormir en hostales, en refugios, en el suelo de donde sea; siempre encogido, siempre en posición fetal. La cámara se centra en él, lo sostiene un rato y de repente corta a negro. Silencio. Blanco. Nada.
Quienes hemos estado ahí reconocemos esa posición, porque cuando uno es drogadicto, cuando uno es alcohólico, cuando uno es yonqui, no duerme como duerme la gente: duerme encogido, protegiéndose de algo que ni siquiera sabe qué es; duerme como si todavía estuviera en el útero, como si el cuerpo recordara que afuera duele y decidiera no terminar de nacer del todo.
Esa imagen aparece una y otra vez, como un latido, como una advertencia.
Y luego llega el final.
Después de la prisión, del trabajo en la cocina, de la basura, del amor gitano, de la ketamina y de la recaída, cuando parece que ya no queda nada más, lo corren de un pub, lo azotan contra una pared y le abren la cabeza. Sangrando, se va caminando por el barrio, entra a una licorería pero no le alcanza con lo que trae y lo echan también. Antes de irse le dice al tipo: “¿Nunca has sentido que no te toca nada, que a ti no se te va a dar nada?”. Y lo vuelven a correr.
Mike avanza zigzagueando hasta que se cae y se sienta en una puerta. De esa puerta sale ella, una señora viejita que ha aparecido a lo largo de toda la película, una presencia persistente, algo parecido a una madre. Mike la sigue.
Ella camina y él camina detrás hasta que aparece una puerta verde, brillante, casi irreal. La señora entra y Mike mira hacia adentro: hay un altar, un lugar donde algo se consuma, donde lo que se ofrece no tiene nombre pero pesa, donde lo invisible se vuelve presente por un instante. Ella se acerca, inclina la cabeza y no vemos qué entrega, solo intuimos que es antiguo, un trato con eso que dolía desde antes de tener palabras.
Mike intenta entrar, pero una fuerza lo tumba y lo arrastra por el suelo pulido de una mezquita. Entonces aparece el amigo, el personaje de Dickinson, vestido con una túnica blanca, una figura serena que no necesita hablar. Lo levanta, lo abraza, lo besa, lo sostiene un momento y luego lo conduce hacia la puerta y lo empuja.
Mike cae, pero no cae como cae un cuerpo; cae girando, encogido, otra vez en posición fetal. Ese cuerpo que vimos temblar, tropezar, golpearse y sangrar ahora flota mientras gira sobre sí mismo, cada vez más pequeño, cada vez más lejos, hasta convertirse en un punto que termina por perderse.
Se puede pensar en un regreso al origen, en una desaparición, en un descanso definitivo. La cámara no lo explica y la película tampoco; se acaba y uno se queda mirando ese punto que gira, preguntándose hacia dónde va.
Quienes hemos dormido así, encogidos, sabemos algo: no soñábamos con el infinito, solo intentábamos no existir por un rato, desaparecer un poco, comprobar si del otro lado del sueño había algo distinto. A veces lo hay, a veces no, a veces solo más vueltas en el vacío.
Después de verla entendí por qué el algoritmo me mostró aquel video días antes. No era chisme, era un espejo.
Urchin es una película sobre la gravedad, y sobre hombres que nunca aprendieron a resistirla.
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Ficha técnica:
Título original: Urchin
Año: 2025
País: Reino Unido
Dirección y guion: Harris Dickinson
Reparto principal: Frank Dillane (Mike), Megan Northam (Andrea), Amr Waked (Franco), Karyna Khymchuk (Ramona), Shonagh Marie (Chanelle), Harris Dickinson (Nathan)
Fotografía: Josée Deshaies
Montaje: Rafael Torres Calderón
Música: Alan Myson
Productoras: Devisio Pictures, Somesuch, BBC Film, BFI, Tricky Knot
Distribución en EU: 1-2 Special
Distribución en Reino Unido: Picturehouse Entertainment
Distribución en España: Karma Films / Filmin
Estreno mundial: Festival de Cannes 2025 (Sección Un Certain Regard)
Duración: 99 minutos
Premios: Mejor Actor (Frank Dillane) y Premio FIPRESCI en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025
Dónde verla en México/EU: Disponible en Disney+ (a través de la integración con Hulu) y Hulu. https://youtu.be/xUnNNwA4MiA?si=ZnpbNVn19DkAB9wm

