Eternamente agradecido, una ecuación infinita
(Una Ética de la Gratitud)
He concluido un estudio profundo sobre la figura de Juan Gabriel. Hace unas semanas, publicaba en este medio, una suerte de profecía al sentenciar que partía de una intuición sencilla y, a la vez, profunda, afirmando que Juan Gabriel transciende un territorio donde la emoción se vuelve pensamiento. Se le ha celebrado y llorado, pero rara vez se ha tomado en serio la operación simbólica que su figura ejecuta. En él, lo popular trasciende el límite del espectáculo para convertirse en una condición de universalidad. Pensar a Juan Gabriel lejos de intelectualizarlo, es reconocer la potencia con la que su obra sostiene subjetividades y tramita lo que no encuentra la forma de enunciarse.
Esta historia tiene su epicentro en la siempre heroica Ciudad Juárez. Más que sumarse a la tradición de analizar al artista desde la anécdota biográfica, partimos de este territorio como el laboratorio afectivo donde Alberto Aguilera ensaya una transformación decisiva, para convertir la intemperie en canción. Juárez es el espacio donde el sujeto nace desde la ruptura y la supervivencia, un lugar donde la herida puede volverse un refugio.
A través de la noción de la máscara —ese diálogo permanente entre Alberto y Juan Gabriel—, se revela una genealogía de libertad que dialoga con Wilde y Bunbury. Pero mientras otros estetizan o conceptualizan el artificio, Juan Gabriel lo convierte en un hogar. El desdoblamiento permite una redistribución de la existencia, ahí Alberto porta la herida, mientras Juan Gabriel la canta, ofreciendo una solución singular que vuelve la grieta constitutiva un refugio para la otredad. Su voz acompaña el dolor, permitiendo que el mundo se resguarde en la sencillez de su entrega.
Este trabajo recorre ese laberinto de espejos y máscaras para desembocar en una certeza que hoy nos convoca, ver la gratitud como praxis ética. El análisis que aquí se presenta concluye en lo que hemos denominado la “ecuación infinita”. Se trata de un axioma donde el agradecimiento deja de ser cortesía para volverse una tecnología de la virtud, y un gesto que, al igual que las canciones de Juan Gabriel, elimina las variables del interés y la jerarquía para dejar caminar el movimiento continuo del afecto. Al final del camino, descubriremos que agradecer —como cantar— es la forma más pura de reconocer al otro sin apropiárselo. Es el puente que nos permite, como ciudad e individuos, rebasar la posibilidad a decir la verdad, a la par que encontramos el valor para vivir plenamente con ella.
Así, agradecer antes del triunfo es comprender que el sentido precede a la cima. El agradecimiento es el hilo que prolonga el propósito y, quizás por ello, roza siempre la eternidad, ese estado que atraviesa el tiempo rehusándose a clausurarlo.
En Ciudad Juárez, existen frases que pertenecen al aire antes que a las personas, integradas ya al ADN de su identidad. “Eternamente agradecido” es una de ellas. Se sitúa en la charla cotidiana, en el brindis y en el gesto mínimo. Aunque su origen se desdibuje en la memoria colectiva, su cadencia evoca una voz precisa. Es una forma de radicar en el mundo que Juan Gabriel grabó en la ciudad con la firmeza del mármol más duradero, en la relación que forjó con la frontera adoptiva del hombre antes que del artista.
Resulta revelador que esta sentencia nazca en la aurora de su carrera y no surge del pedestal de la consagración, florece del barro de la formación, cuando el vínculo con Juárez es presente vibrante. Este gesto inaugural se consolida como una epifanía temprana, donde la gratitud permanece intacta ante la llegada del reconocimiento o el eco del Palacio de Bellas Artes. Lejos de ser simple retórica, se funde en una congruencia permanente.
Para rescatar la política de su actual deformación, es preciso volver a Aristóteles. Para el estagirita, la virtud cívica o areté es un hábito (hexis), una disposición permanente que se adquiere mediante la repetición. Se conjuga un axioma donde si se es justo practicando la justicia, se es íntegro practicando la integridad. En este marco, el agradecimiento deja de ser un gesto privado o sentimental para convertirse en una forma pública de reconocer la acción del otro sin apropiársela.
He observado esta coherencia en un amigo que ha dedicado su existencia a la vida pública y al noble ejercicio de la política -en su concepción más abstracta-. En más de una década de coincidir, su discurso y su praxis han permanecido alineados en un mismo gesto mántrico de la gratitud. Bien dicen que la excepción también es una forma de ley.
Esta disposición se extiende y se hace presente en la labor de su esposa. Al colaborar con ella, advertí una dinámica que suele pasar desapercibida para el ojo común -quizá porque no busca ser reconocida-, de resaltar que cada pedido, cada instrucción o escrito, era seguido —una vez cumplido o incluso antes— por un agradecimiento explícito.
Em ambas personas, esta práctica ignora jerarquías y funciones. Incluso cuando la tarea realizada forma parte de una obligación ética o profesional, el agradecimiento aparece para humanizar el engranaje. Es la política en su forma más pura y abstracta, ahí el reconocimiento de la otredad como un agente esencial en la acción común. Allí donde el agradecimiento se desprende del interés, la política recupera su dignidad original.
Hannah Arendt sostenía que el poder reside en el «entre», en ese espacio que surge cuando las personas actúan juntas. El agradecimiento genuino opera precisamente allí, y mantiene abierto el espacio de la acción compartida sin acumular obediencia. Es una posición ética que se sitúa fuera de la economía de la adulación, esa corrupción del vínculo moral que ya advertían Maquiavelo y Séneca.
Como señaló Foucault, el poder se ejerce en microprácticas, por ello, agradecer lo «debido» interrumpe la lógica disciplinaria que reduce al sujeto a una función. Al agradecer de forma constante, se fabrica una grieta en la frialdad institucional, recordando que toda estructura se sostiene sobre actos humanos concretos. Así la gratitud conserva la visibilidad del otro como agente, impidiendo que el ejercicio del poder se vuelva anónimo.
En esta mismo orden de ideas, la eternidad es el puerto al que aspira toda universalidad. En Siete noches, Borges observa cómo sumar una unidad al infinito desborda la aritmética para entrar en la metafísica. El «uno» introduce lo interminable, aquello que se resiste a cerrarse. Esa misma lógica late en el verso de Enrich Heine, “te amaré eternamente, y aún después”. El amor y la gratitud necesitan ese «aún después» para dotar al lenguaje de un exceso sobre el tiempo.
Bajo esa tesitura, cuando Juan Gabriel se declara “eternamente agradecido” antes de la cúspide, establece una toma de posición, donde el éxito no funda el sentido, al traducirlo en hechos. Es una ecuación infinita donde dos palabras forman un vínculo irreductible que traspasa fronteras y generaciones.
La gratitud es, en esencia, una pedagogía del límite. Nos enseña que el sujeto es insuficiente y que la vida excede la voluntad propia. Cervantes situaba al desagradecimiento como una soberbia radical, pues implica una ruptura con la alteridad. Agradecer, en cambio, es sostener el lazo con la historia y con quienes hacen posible nuestro camino. Es una forma de desaprender la arrogancia para situarnos en la humildad.
Entre la métrica de Borges y la ética de Cervantes, entre la sabiduría de Séneca y la lírica de Juan Gabriel, el agradecimiento aparece como una constante universal. En la praxis cotidiana de quienes aún agradecen el deber cumplido, la gratitud emerge como una ética silenciosa. Más que prometer redención, nos dota de una forma de estar en el mundo sin pretender poseerlo. Como el infinito al que se le suma uno, el agradecimiento siempre dice más de lo que las palabras permiten, borrando la distinción entre el artista, el político y el hombre, para devolvernos al origen donde la virtud vuelve a ser el aire de la polis.
Esta frase cumple la función de una ecuación de movimiento continuo, al eliminar las variables de la utilidad y dejar caminar el movimiento del afecto. Mientras exista memoria, la ecuación se niega a converger al permanecer abierta y vibrante.
En estas dos palabras, se nos lega una síntesis donde la filosofía, la política y la matemática dialogan para devolvernos al origen, la génesis de esa posición ética donde el agradecimiento deja de ser cortesía para volverse el aire mismo de la convivencia humana.
Referencias Bibliográficas:
Arendt, H. (2005). La condición humana. Paidós.
Aristóteles. (2002). Ética nicomáquea. Gredos.
Borges, J. L. (2005). Siete noches. Alianza.
Cassirer, E. (1944). An Essay on Man. Yale University Press.
Cervantes, M. de. (2005). Don Quijote de la Mancha. RAE.
Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI.
Jung, C. G. (1969). The archetypes and the collective unconscious. Princeton University Press.
Levinas, E. (1993). Entre nosotros. Pre-Textos.
Séneca. (2010). De los beneficios. Alianza.
Taylor, C. (1996). Fuentes del yo. Paidós.
Wilde, O. (2005). El retrato de Dorian Gray. Cátedra.

