En los tiempos modernos, el imperio ya no necesita ejércitos desembarcando en playas lejanas. Le basta una firma, un decreto, una amenaza comercial. Así opera hoy Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump, que vuelve a recurrir a los aranceles como arma política para golpear, presionar y disciplinar a otros países. Esta vez, el blanco es Cuba.
La advertencia lanzada desde la Casa Blanca es insensible. Cualquier país que venda o suministre petróleo a la isla caribeña enfrentará sanciones comerciales adicionales. El anuncio se da en medio de una crisis energética severa en Cuba, donde la electricidad es indispensable para hospitales, la conservación de alimentos y los servicios básicos. La decisión responde a una lógica de presión política que busca imponer costos a quienes mantengan vínculos con la isla.
Frente a ese escenario, la presidenta Claudia Sheinbaum fijó la postura de México al señalar que se buscará evitar una crisis humanitaria en Cuba sin poner en riesgo al país. Se trata de una línea sostenida en la tradición diplomática mexicana, basada en el respeto a la soberanía, la autodeterminación de los pueblos y el principio de no intervención. El envío de menos del uno por ciento de la producción petrolera nacional tiene como finalidad mantener en operación plantas de energía eléctrica que abastecen servicios básicos.
Sheinbaum instruyó al canciller Juan Ramón de la Fuente a entablar comunicación con el Departamento de Estado. No para desafiar, sino para advertir que asfixiar a un país no trae estabilidad, sólo sufrimiento. Aun así, el gobierno mexicano camina sobre una cuerda floja. La solidaridad con Cuba convive con el temor real de nuevas represalias comerciales contra las exportaciones mexicanas.
Eso es el imperio en el siglo XXI. No necesita justificar moralmente sus actos, porque basta invocar una supuesta amenaza a su seguridad nacional. Así de sencillo e increíble. Trump dijo que Cuba es una nación en decadencia que no podrá sobrevivir, pero pareciera que al presidente estadounidense se le olvida lo que ocurre en su país, y así, entre amenazas y desmemorias, Estados Unidos ha normalizado el castigo colectivo para convertir el hambre en herramienta de presión.
Mientras tanto, México reafirma una postura propia frente a Washington. Mantiene sus vínculos con Cuba, como los ha sostenido desde hace decenas de años, y además refuerza una política de solidaridad regional que defiende una visión de la política exterior basada en la soberanía de los Estados. En un contexto donde el poder se ejerce principalmente desde los mercados, esa decisión implica costos económicos y políticos.
La pregunta de fondo no es sólo qué pasará con Cuba, sino hasta dónde está dispuesto Estados Unidos a usar su fuerza económica para imponer su voluntad. Y también cuánto están dispuestos los países de América Latina a resistir un modelo imperial que, bajo el discurso de seguridad y democracia, sigue castigando pueblos enteros para sostener su hegemonía.

