Avanzaba el Covid y el encierro, por momentos, me desesperaba. Estar enclaustrado como un monje me sumía en una melancolía que a ratos rozaba la depresión.
Pero también sabía darme ánimo y mantenerme ocupado en mi trabajo, leyendo novelas inéditas y dictaminándolas. Muchos de los manuscritos giraban en torno al género policiaco, plagados de narcotraficantes, detectives, policías “buenos” llenos de manías y agentes corruptos. Eran recursos muy utilizados, incluso trillados. Pocas historias lograban ser realmente originales o estaban bien escritas.
En esas lecturas me había topado con relatos de secuestros a lo largo de los años, pero lo que sabía del caso del padre del exnovio de mi vecina rebasaba todo lo que había leído. Fácilmente podría convertirse en una noveleta o en el guion de una película, donde mi vecina aportaría la belleza y la carga femenina a esa tragedia.
En eso estaba cuando mi vecina volvió a marcarme por WhatsApp. Ya habían pasado seis largos días.
—Hola, vecino, ¿no interrumpo?
—Usted nunca. Al contrario, me rescata del encierro. Sus llamadas me dan vida.
—No sea exagerado.
—Es neta.
—¿Acaso no habla con su esposa, familiares y amistades?
—Sí, sí… pero no es lo mismo. Con usted es diferente, porque no la conozco de años. De hecho, usted tuvo suerte. Es raro que yo haga nuevas amistades; con las que tengo es suficiente.
—Me halaga eso.
—A mis casi 60 años ya tengo amigos y amigas de buena ley.
—Qué padre… pensándolo bien, yo no tengo ni amigos ni amigas.
—No le creo. Ha de tener amistades de la secundaria, la prepa o la universidad, en Austin o en Lago Travis.
—He comprobado muchas veces que eran amistades de conveniencia.
—Explíquese.
—Mis amigos, al final, querían algo más… y mis amigas, como que me tenían envidia.
—“La suerte de la fea, la bonita la desea”.
—¡Ándele! Usted sí sabe.
—Pues sí… usted es muy bonita.
—¡Ay, vecino! Usted siempre levantándome la moral. ¿Por qué no lo conocí antes?
—Así lo quiso el destino. Usted a sus veinte y yo a mis 57… amigos de pandemia.
—Cierto… ni siquiera me ha dejado brincar la barda para saludarlo.
—Con este virus no se puede. Además, se vería sospechoso que usted se anduviera brincando de su azotea a mi patio.
—Tiene razón.
—Quizá sin pandemia la invitaría a un café, por la puerta principal, o a recorrer la ciudad.
—Ya sé… somos amigos virtuales.
—Por lo pronto. Deje que pase este virus.
—A lo mejor sin Covid ya no me va a pelar… usted tiene muchos amigos. Yo no conozco a nadie en Juárez.
—Oiga, vecina… a las bonitas casi no les sobra compañía; como que la gente les tiene miedo.
—Nos ven como apestadas, ja, ja, ja.

