El cuarto informe de Gobierno de María Eugenia Campos Galván terminó convertido en el escaparate para impulsar la narrativa de su proyección rumbo a 2030. Dirigentes del PAN, incluido su líder nacional, la llamaron abiertamente “precandidata presidencial”, reforzando un discurso que se ha vuelto habitual en actos partidistas. El evento se desarrolló en un ambiente de posicionamiento político anticipado, con énfasis en su proyección nacional y en la construcción de una aspiración rumbo a la elección presidencial.
El problema es que el entusiasmo partidista no sustituye la realidad. En seguridad, Chihuahua sigue arrastrando cifras que distan de ser ejemplo nacional. La violencia en diversas regiones del estado no ha sido erradicada ni contenida de manera estructural. Los episodios de alto impacto continúan marcando la agenda pública y cuestionan la eficacia de la estrategia estatal. Difícil vender como carta fuerte nacional a una mandataria cuyo principal flanco débil es precisamente el tema que más preocupa al país.
En materia laboral, aunque hay dinámicas propias de la frontera que impulsan inversión y empleo, no existe un modelo distintivo que coloque a Chihuahua como referente nacional. No hay una política económica emblemática que pueda exhibirse como caso de éxito exportable al resto del país. El crecimiento ha respondido más a inercias del mercado que a un sello claro de política pública.
En el terreno político, la gobernadora tampoco ha logrado consolidar una narrativa de liderazgo nacional. Sus polémicas del pasado y las tensiones internas dentro del panismo no han desaparecido del radar. El respaldo cerrado de la dirigencia nacional luce más como necesidad estratégica del PAN que como reconocimiento incuestionable de resultados extraordinarios.
Mientras Jorge Romero Herrera, el líder del PAN, habló de la “autodestrucción” de la Cuarta Transformación, el Partido Acción Nacional parece caminar por una ruta igual de riesgosa: la de la autocelebración anticipada. En su narrativa, el desgaste del oficialismo bastaría para abrir la puerta de regreso a Palacio de Gobierno, como si el simple paso del tiempo fuera un proyecto político. La idea suena cómoda, porque solo hay esperar a que el adversario se equivoque mientras se reparten candidaturas en discursos y aplausos.
Pero asumir que la sola oposición a Morena convierte automáticamente a cualquier figura en presidenciable es una lectura simplista del electorado mexicano. Las urnas han demostrado que el voto no se concede por default ni por nostalgia. Si algo ha quedado claro en los últimos procesos es que la ciudadanía castiga la desconexión con la realidad y la falta de autocrítica. Apostar a que el hartazgo hará todo el trabajo puede ser más un acto de fe que una estrategia ganadora.
A tres años del arranque formal del proceso de 2030, hablar de precandidaturas puede ser parte del juego político. Pero sostener que Campos tiene posibilidades reales de competir por la Presidencia exige algo más que discursos encendidos y aplausos de militancia. Requiere resultados contundentes, percepción positiva sostenida y un liderazgo que trascienda lo local.
Por ahora, más que una ruta clara hacia Palacio Nacional, lo que se observa es un intento prematuro de posicionamiento. Y en política, adelantar los tiempos sin tener los números de tu lado suele ser más un acto de fe que una estrategia ganadora. Al tiempo.

