Madre hay una sola, dice el dicho. En la música estadounidense también, y se llama Emmylou Harris. Hay discos que uno descubre tarde y lo dejan con la sensación de haber llegado tarde a su propia vida. Wrecking Ball es uno de esos. Suena “Where Will I Be”, la primera canción, y desde el minuto cero el shock es legítimo, porque uno se pregunta cómo es posible que la raíz de todo esto llevara treinta años ahí, esperando.
Emmylou Harris nació el 2 de abril de 1947 en Birmingham, Alabama, hija de un oficial de la Marina que fue prisionero de guerra en Corea. Se graduó de preparatoria como la mejor de su clase y obtuvo una beca de teatro en la universidad, pero la niña buena terminó marchándose a Greenwich Village con una guitarra y las canciones de Dylan y Joan Baez en los dedos. Grabó un primer disco que nadie escuchó (Gliding Bird, 1969), se casó, se divorció, tuvo una hija y terminó cantando en un bar de Washington D. C., donde la escucharon unos tipos de los Flying Burrito Brothers que le presentaron a su excantante, un flaco hermoso y condenado llamado Gram Parsons. Grabaron GP (1973) y Grievous Angel, salieron de gira y, en septiembre de 1973, Parsons apareció muerto en un cuarto de hotel en California. Tenía 26 años, los mismos que Emmylou, quien, en vez de hundirse, convirtió el duelo en fundación. Dos años después abrió Pieces of the Sky (1975) con “Boulder to Birmingham”, su elegía para Parsons, y el country-rock encontró a su sacerdotisa.
Lo que siguió fue una de las carreras más impecables de la música estadounidense. Armó la Hot Band con James Burton y Glen D. Hardin, y encadenó clásicos como Elite Hotel (1975), Luxury Liner (1976), Blue Kentucky Girl (1979) y Roses in the Snow (1980). Se juntó con Dolly Parton y Linda Ronstadt para Trio (1987) y rescató el Ryman Auditorium del olvido con un disco en vivo que ganó el Grammy. En su trayectoria acumula catorce premios Grammy, el Polar Music Prize, más de 15 millones de discos vendidos y su ingreso al Country Music Hall of Fame en 2008. Ha cantado con Dylan, Neil Young, Willie Nelson, Johnny Cash, Roy Orbison, Beck y Elvis Costello, y en 2004 fundó Bonaparte’s Retreat, su refugio para perros rescatados, porque las reinas también recogen callejeros.
A mediados de los noventa, la radio country había decidido que era material de museo. Su disco Cowgirl’s Prayer (1993) fue ignorado por las estaciones y ninguno de sus sencillos entró al Top 40, así que hizo lo único sensato y dejó de pedir permiso. Su disquera le dio libertad total y, en vez de buscar un productor de Nashville que la devolviera a la radio, eligió al único que le interesaba, Daniel Lanois, el canadiense que había producido The Joshua Tree de U2, So de Peter Gabriel y Oh Mercy de Dylan. Era un tipo del rock atmosférico, sin conexión con Nashville, y aunque sobre el papel parecía una locura, en la práctica resultó el encuentro más fértil de la década.
Grabaron durante dos semanas en los estudios Woodland de Nashville, todos en vivo y en un mismo cuarto, antes de mudarse al estudio Kingsway de Lanois, en Nueva Orleans. La banda base era un delirio, con Lanois en guitarras y mandolina, Malcolm Burn en teclados, Tony Hall en el bajo y Larry Mullen Jr., de U2, en la batería, con el joven Brian Blade tocando en la apertura antes de pasarle las baquetas. Entre los invitados estaban Steve Earle, Neil Young, Lucinda Williams y las hermanas Kate y Anna McGarrigle. Lanois tomó el sonido panorámico que había inventado para la banda más grande del mundo y lo trasplantó a un disco de música americana grabado en dos semanas. Wrecking Ball no suena a country ni a rock, sino a un sistema climático.
La selección de canciones es una clase de curaduría en la que Dylan, Young y Hendrix conviven con dos compositoras entonces desconocidas. “Orphan Girl” era de Gillian Welch, a quien en 1995 no conocía ni su familia, mientras que “Sweet Old World” era de Lucinda Williams, años antes de que Car Wheels on a Gravel Road la canonizara. El disco, más que un álbum de covers, es un acto de fundación.
Wrecking Ball salió en septiembre de 1995 y, aunque la radio country lo ignoró, la crítica se rindió ante él. Apareció en las listas de lo mejor del año, ganó el Grammy a Mejor Álbum de Folk Contemporáneo en 1996 y décadas después ingresó al Grammy Hall of Fame. Los Angeles Times consideró que su producción influyó en el establecimiento del género americana, mientras que la prensa lo sitúa al nivel de No Depression, de Uncle Tupelo, como uno de los grandes puntos de partida del alt-country.
Y aquí va la frase exacta: si te gustan Lana Del Rey, Big Thief y Phoebe Bridgers, Wrecking Ball te va a volar la cabeza, porque esos tres discos vienen de ahí. El sonido atmosférico de la música americana presente en Norman Fucking Rockwell!, la ética de estudio de Dragon New Warm Mountain y la voz susurrada de Punisher tienen su origen en lo que Emmylou y Lanois inventaron en 1995. Gillian Welch es la ahijada directa, Lucinda Williams es la otra, y en esa descendencia también aparecen Alison Krauss, Waxahatchee y la Taylor Swift de Folklore y Evermore, que la crítica emparentó directamente con este disco.
Wrecking Ball es la prueba de que la peor estrategia consiste en perseguir la fiesta que ya no te invita. Emmylou tenía 48 años, una leyenda construida y una radio que le había cerrado la puerta, así que, en vez de rejuvenecerse, se oscureció y, en lugar de endulzarse, se volvió fantasma. De esa transformación surgió la casa donde vivirían todas las que vinieron después.
Madre hay una sola, se llama Emmylou Harris y su Wrecking Ball sigue demoliendo muros treinta años después.
Ficha: Wrecking Ball (1995). Emmylou Harris. Producción: Daniel Lanois. Sello: Asylum. 12 canciones. Grammy a Mejor Álbum de Folk Contemporáneo (1996). Grammy Hall of Fame. Dónde escucharlo: plataformas digitales.

