Desesperada y desesperante. Así era María Rosario cuando la conocí en la vocacional. Corría el tercer año y la selección de Escuela Superior era una prioridad que asumí nos correspondería a los dos. Su espíritu, en su insondable dramatis personae, se hallaba encerrado en su mismidad. He ahí su congoja. En un clima hostil de tránsito académico había desesperación y violencia en las palabras; desesperación y violencia en sus acciones.
Los viernes paladeábamos una vianda antes de la función de las cuatro de la tarde en el extinto cine Cosmos. Salíamos de la Biblioteca Central del Casco de Santo Tomás donde leíamos a cuatro manos un libro semanal y caminábamos por Avenida de los Maestros hasta un café de chinos ubicado en la esquina de México Tacuba y el callejón de Delgadillo. Luego, nuestro espacio de lectura al aire libre era una banca de la Capilla Británica del Parque Juan Ruiz de Alarcón, sobre la lateral de Melchor Ocampo, donde, un día de marzo, un dandi cojo y jubilado secuestró nuestra atención con anécdotas memorables sobre la Capilla y su amplio espectro de lecturas filosóficas y pasión por la música mexicana. Nos vimos reflejados en esa dualidad. Gradualmente su seductor gesto nos hizo presa fácil, olvidamos el café de chinos y las dobles funciones vespertinas en ese palacio cinematográfico de la colonia Tlaxpana.
Una provocación que no ignoró nuestra malvada tarea de engullir cuanto libro nos alargaba con su mano siniestra el dandi, fue su exquisita conversación sobre todos los temas. Cuánto sabía el hombre y cuánto ignorábamos nos decíamos al final de cada jornada. Su elegancia, refinamiento y estilo sofisticado nos permitían enumerar sus actitudes, modales y filosofía de vida. Un toque especial en su vestir era la combinación de corbata y pañuelo color beige con la impresión de un rostro desconocido para nosotros. Y ni María Rosario ni yo daríamos un paso en falso con una interrogante que arruinara la naciente amistad. Advirtiendo las incógnitas en nuestros rostros, su indiferencia y despreocupación natural nos indicaba que no era el momento de saber sobre ese personaje. Entendimos que para él vestir era una forma de vida, un manifiesto estético. Portaba, además, un antiguo Bastón Ebonizado, Victoriano, con sello de 1889, herencia de su abuelo, coincidimos.
El soliloquio íntimo de la desesperación de María Rosario sostenía que no podría ser feliz nunca por sí misma. “Lo que los hombres llaman felicidad no pasa de ser una ilusión vana o absurda”, sentenciaba. Y repetía: “Quienes se consideran felices no tienen lucidez o valentía suficientes para ver su humana realidad según lo que ésta en sí misma y por sí misma es”. Ese radical modo de sentir la desesperación comenzó cuando el Romanticismo hizo sentirse al hombre “o infinitamente esperanzado o infinitamente infeliz” nos decía José Julio Nares en su cátedra de Lógica, conteniendo la superficialidad de los versos que cantaba Marta Sánchez, vocalista del grupo español Olé Olé, que por aquellos años hacía suyos María Rosario: “Soy una mujer normal / una rosa blanca de metal / pero en este amanecer / el dolor me vuelve de papel. / Camino bajo el sol / pero es invierno en mi corazón. / Así estoy yo desesperada”.
Infinitamente esperanzados fueron Hegel y Comte, en cuanto partícipes de la historia del hombre, matizaba Nares; en cuanto personas de carne y hueso, infinitamente infelices se sintieron no pocos poetas, y a la cabeza el profundo y sutil Giacomo Leopardi. Habíamos leído los seis grandes idilios del amor universal del poeta italiano y ahora entrábamos a sus Cantos cuando conocimos al dandi en la banca de la entrada de la Capilla Británica. A dos voces gorgoreábamos el Canto XII El Infinito: “Siempre grata me ha sido esta colina / y la alta cerca que en redor se extiende / a mi vista cerrando el horizonte; / aquí, sentado a meditar, me finjo / tras de esa valla espacios insondables, / sumo silencio y calma tan profunda, / que casi me da espanto; y como el viento / oigo en la selva susurrar, comparo / el silencio infinito a sus rumores; / pienso en lo eterno, y en los tiempos idos, / y en el tumulto de la edad presente. / En esta inmensidad mi alma se anega / y dulcemente en este mar naufrago”.
El dandi sumó su voz y le escuchamos íntegro el Canto XIII, El día de fiesta. “En lo que a la esperanza se refiere, jóvenes, el pensamiento filosófico de Sartre viene a ser una versión ontológica del pensamiento poético de Leopardi”, matizó con autoridad. “¿Han leído Crítica de la razón dialéctica? Me refiero al Sartre anterior a dicha obra”. Y nos dejó la tarea de reflexionar sobre lo siguiente antes de extendernos la invitación para que ahora nuestras charlas fueran en su departamento de Icazbalceta 81, en el corazón de la colonia San Rafael. ¿Qué debe hacer quien pretenda vivir conforme a lo que realmente es? Examinó nuestros rostros y aseveró: “La respuesta es inmediata: prescindir de la esperanza, en cuanto pretensión de una felicidad real y verdadera, y convertir en animosa desesperanza la posible desesperación”. Luego matizó que el hombre debe aceptar serenamente la realidad de su condición humana. Que conquistando paso a paso la propia libertad, se da cara a la angustia de existir. “Que hay que inventar sus propios valores y comprometerse en la realización histórica de éstos, aun sabiendo que el término de su empeño es la nada”. En su resuelta desesperanza, bajo un cielo sin Dios, sobre una tierra sin infierno, el “hombre nuevo” de la filosofía de Sartre —sentenció con afable bonhomía— debe aprestarse a ser sólo hombre y a sólo como hombre vivir. En efecto, jóvenes ilustres, ironizó: “Leopardi y Sartre son los dos más radicales testimonios literarios en la historia de la desesperación del hombre occidental”.
Renuncia para siempre a la esperanza me dijo María Rosario y solo brillen tus ojos con el llanto, dijo parafraseando a Leopardi. Día de fiesta este, nos dijimos ambos, “en tan risueña edad”. Y detuvimos la respiración para asimilar lo que miramos en el departamento del dandi. “Y fieramente el corazón me oprime / el pensamiento de que todo pasa / y apenas deja huella. Murió el día / festivo, y otro de labor ya llega, / y arrastra el tiempo las humanas cosas. / ¿A dónde es ido el esplendor de aquellos / antiguos pueblos, la ruidosa fama / de nuestros padres, y el imperio augusto / de Roma, y de sus armas el estruendo / que la tierra llenó y el océano? / Todo es paz y silencio; el mundo calla, / y de ello no habla el hombre. En mi primera / edad, cuando con ansia se suspira / por la llegada de la fiesta, luego / que era pasada, adolorido, en vela, / me reclinaba en las ingratas plumas, / y en alta noche, un canto que se oía / lentamente alejarse por la senda, / el corazón ansioso me oprimí”. Enhebramos con un golpe seco en la garganta mientras nos preguntamos si era posible la amistad con un desesperado total o un ser de incierta esperanza, no lo sabíamos aún. Solo advertimos en el retablo fotográfico de su sala la santísima trinidad de sus devociones: la Capilla Británica, el músico-poeta Agustín Lara y El Bello Brummell, aquel rostro estampado en sus corbatas inmaculadas.
Suponiendo que la total desesperación se dé en la existencia del hombre, pensamos que, si nuestro anfitrión era un desesperado según el modo que Leopardi llama “furioso”, era imposible la amistad verdadera sin su efusiva participación; porque un desesperado furioso no vive más que para sí. Pero con el desesperado “resignado” —“a la manera más pasiva de Leopardi o a la más activa manera de Sartre”, como tildaba Nares—, la verdadera amistad era, desde luego, posible, e incluso fácil. ¿Cómo no ser amigos de un desesperado “resignado” luchador de los años sesenta según daban cuenta diez fotografías de gran formato donde lucía impecable la cumbre de su gloria y su arte en el pancracio? “Un dandi, un exhibicionista, un ingenioso, verdaderamente original” dictaba una portada de revista, que acusaba además el origen del nombre luchístico de nuestro anfitrión. “George Bryan Brumell: El caballero dandi, árbitro de la moda en la Inglaterra de la Regencia y amigo del príncipe Regente, que accedió al trono en 1820 como Jorge IV”.
Príncipe de los elegantes, Bello Brumell o Bello Adán en sus inicios allá en Reynosa, hidrataba su piel con leche para conservar su juventud. Además de que lustraba sus zapatos con champán, emulando al original árbitro de la elegancia londinense. La excentricidad y galanura extrema abonaron a la construcción del gladiador exótico Brumell. Lujoso tren de vida el suyo, gracias a la herencia que su padre, un hacendado de San Luis Potosí, le había destinado y el cual volcó en sus dos pasiones de vida, la moda y el estudio. Una prestigiosa tienda de telas, lisas y estampadas en Ciudad Textil que le daba “para bien vivir” y la posibilidad de haber estudiado Teología, Filosofía y Literatura en “universidades extranjeras”. Omitió el detalle, dijo, “por el sigilo de mi profesión”. Ahora sabíamos que no solo tenía reputación de dandi. También era culto y letrado -dijo María Rosario- y su lengua era temida y valorada como conferencista. Su temor, matizó, fue incomodar a quienes usaban movimientos amanerados sobre el cuadrilátero, a menudo, interpretados por luchadores heterosexuales.
Bello Brumell representó una de las facciones más icónicas y disruptivas de la lucha libre mexicana. Subía al ring con un acompañante que extendía una alfombra roja para su pasarela sobre el encordado. Era un hombre extremadamente pulcro, bien peinado y sus gestos delicados enardecían al público, actitud narcisista considerada ruda por aquellas épocas. Villano refinado, prefería mostrar su rostro para resaltar su belleza y su porte de técnico excepcional lo resguardaba en una bata de seda color lavanda. La delicadeza en sus modales no le quitaba la fuerza o la habilidad en el llaveo. Las ocasiones que nos recibió en su departamento, investido en ese tono suave y relajante, mezcla de morado con blanco, “que evoca creatividad, paz y romance”, añadía con prestancia, desdén y superioridad, su presencia desafiaba el concepto tradicional del luchador convencional enfocándose más en la ambigüedad y el refinamiento del espectáculo visual que ahora impera en las arenas de lucha libre. Así consta en una de sus fotografías, con firma al calce de Arturo Ortega Navarrete y en la de pequeño formato en sepia que me regaló como prueba de que existió el Bello Brumell. En el anverso se distingue la firma de John O´Leary y el número 72.
Visitamos por última vez su departamento, decorado en tonos lila y malva, con códigos hexadecimales comunes del Pantone, como #dab1da o #9f56a5, una semana después de haber elegido la ESIQIE y mudarnos a Zacatenco. Prestancia o desdén, Bello Brumell nos había enseñado la fórmula de su presunción. Un modo de ser de los hombres que con solo sus fuerzas son capaces de conquistar la plenitud de su propia naturaleza. No entramos en debate si en esa faena de conquista suya predominó la estimación del propio esfuerzo o la conciencia del propio merecimiento. Nos había dejado claro que ambas vías, dos formas de la “soberbia de la vida”, menos distintas entre sí de lo que a primera vista parecen -matizó en más de una ocasión Brumell- permiten conseguir esa meta suprema del afán humano que llamamos comúnmente plenitud de la propia naturaleza.
María Rosario entendió que, bajo su dorada apariencia, la presunción nunca deja de ser un vicio. La desesperación –su desesperación individual, situacional y metafísica – en cambio, siempre comienza y acaba siendo solo una desgracia. La suya fue creer que la plenitud de su propia naturaleza no era posible, que nunca lo sería. Cuestionó si podíamos ser amigos de un hombre que vivía presuntamente instalado en la existencia, sea su presunción producto del esfuerzo o del merecimiento. ¿Era posible la amistad con quien respecto a su propia perfección está, como suele decirse, al cabo de la calle? Se preguntaba María Rosario retomando palabras de Brumell e imponía respuesta negativa a su corazón y proceder. De los hombres muy seguros, parafraseábamos a Graham Greene, sobre todo cuando esa seguridad atañe a su propia perfección, podemos ser admiradores, discípulos, súbditos oprimidos o a lo sumo, camaradas, mas no amigos. Y me puso contra las cuerdas, a mí, que ya entrenaba lucha grecorromana en el gimnasio de la calle Aluminio: “Una de dos: o somos como ellos, o vivimos con el dolor de cada día nuestra deficiencia y nuestra falibilidad”. Desde el día que conocimos a Brumell se dio entre nosotros una de las condiciones que desde Aristóteles -nos decía José Julio- vienen señalándose a la relación amistosa: la igualdad. Un hombre endiosado pero terrenal, nos dijimos con un guiño cómplice. Él advirtió nuestra zozobra y habló de nuestro endiosamiento por la “presunción de su próxima o remota plenitud en los cuadriláteros”. Así sucedería años después cuando abrazamos la lucha libre. Mientras, por aquellas latitudes frente a su olímpica seguridad no pudimos exhibir otra cosa que la condición menesterosa y precaria de nuestra juventud. Una radical desigualdad que no nos impidió ser amigos del exótico Bello Brumell.
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Daniel Téllez (Ciudad de México, 1972). Poeta, narrador, ensayista e investigador del Estridentismo y de tópicos populares vinculados a la literatura. Es Doctor en Historia del Arte, Profesor de Educación Básica y Académico de la UPN. Ha publicado diez libros de poesía, diez antologías literarias y es coautor de más de veinte títulos de crítica literaria, narrativa y ensayo. Parte de su obra poética se encuentra en numerosas antologías y anuarios de poesía, nacionales e internacionales. Ha sido colaborador de las revistas Luvina, Crítica, La Otra, Periódico de Poesía, Letras Libres, La Cultura en México de la revista Siempre!, Castálida, Círculo de Poesía, Revista Altazor (Chile), Ómnibus de Poesía (Barcelona), Tierra Adentro, Blanco Móvil, Fuentes Humanísticas, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea (El Paso, Texas), Kulturaustausch (Berlín) y La Jornada Semanal, entre otras. Artículos y poemas suyos han sido traducidos al inglés, alemán, portugués y griego moderno. En 2025 publicó: No tan lejos. Muestra de poesía mexicana reciente para jóvenes (UNAM); Un decir literario: la radiografía lectora (UPN); Cuatro esquinas (Bonilla Artiga Editores) y Manía del albedrío (Gamar Editores, Colombia).

