Sobre Jean Smart y un par de actrices que han sobrevivido a la Cedemequis.
Mi amiga Lakshmi y yo pasábamos el tiempo libre —que era mucho— en nuestro departamento subarrendado, intenseando sobre la vida, el teatro, la actuación, los amores tóxicos… Ella tenía poco de haber llegado de NY, con outfits e ideas neoyorkinas, mientras yo me había bajado apenas del Transportes Chihuahuenses y tenía pánico de usar el metro.
Nos unía el objetivo de ser actrices.
Lakshmi iba detrás del cine, la televisión —un camino esperado después de ser alumna destacada y de las pocas mexicanas egresadas de un prestigiado conservatorio—. Yo, en cambio, me conformaba con actuar. Así nomás: donde me dejaran, donde pudiera colarme —una limosnita de teatro, por el amor de Dionisio—…
La cosa es que, sin importar las ciudades, la formación o la distinta perspectiva, había un fantasma común que rondaba nuestras metas: la prisa, una vocecita insidiosa, insoportable, susurrándonos al oído que más nos valía ser delgadas, bonitas y estar preparadas para llegar a las producciones antes de que la carroza de los veititreinta se convirtiera en calabaza y nos volviera invisibles.
Toda actriz aprende que no existe personaje pequeño. Y si estamos estrictamente hablando de oficio, es verdad. Un personaje secundario interpretado con alma y precisión puede instalarse en la memoria del público. Pero no es lo mismo defender la dignidad de cualquier papel que aceptar el hecho de que pasada cierta edad, los personajes complejos, deseantes, contradictorios, centrales… desaparecen para las mujeres. Entonces dejan de tener nombre para adquirir parentesco: la mamá de, la tía de, la abuela… la vecina…
Recuerdo una —o muchas— pláticas en donde apareció Adriana Barraza como una esperanza: una actriz a la que le llegó un personaje que le abrió la posibilidad a una nominación al Oscar a los 50 años. Pero era un caso tan aislado que no se podía fincar en él ilusión alguna.
«Es ahora o nunca», porque nuestra fecha de caducidad ya estaba marcada y era bastante más temprana que la de un actor: ¿qué chingados tenemos que hacer para llegar a donde se supone que tendríamos que llegar antes de los treintaymuchos? Nadie nos habló entonces —como casi nadie lo habla ahora— de lo poco que estaba en nuestras manos para alcanzar esos anhelados personajes.
Entonces empiezas a evaluar alternativas: si los personajes no llegan a ti, tú puedes llegar a ellos. Yo caí en esa tentación. Pensé que, si aprovechaba mi facilidad para arrastrar el lápiz, podía escribir los personajes que no estaba encontrando afuera. Y me topé con algo peor: tampoco yo conseguía imaginarme con facilidad fuera de las categorías que la sociedad y, por supuesto, la industria me habían machacado durante años. Fue bastante más doloroso descubrir hasta qué punto esa mirada exterior había educado mi propia imaginación delimitando, incluso para mi dizque deconstruido ser, quién podía desear, cambiar, comenzar de nuevo o, sencillamente, tener derecho a protagonizar una historia.
Así pasó el tiempo, la prisa enmudeció —casi— y cierta urgencia se nos reveló como un engaño. En medio de un montón de dudas, frustraciones, madrazos emocionales y llanto, aquellas dos amigas, Lakshmi y Claudia, dejamos de perseguir una carrera en términos de televisoras y de una forma específica de “éxito”.
El reloj de la industria y de la sociedad sigue ahí, pero la experiencia nos regaló descubrimientos y nuevas preguntas. Ahora intenseamos sobre otras cosas: ¿queríamos ser actrices o queríamos ser creadoras?, ¿queríamos contar historias o ser elegidas para aparecer en ellas?, ¿qué queremos decir aunque nadie nos haya contratado para decirlo?, ¿qué otros juegos nos da la chingada gana jugar a esta edad, con este cuerpo, con esta consciencia?
Tratando de responder eso, la vida desbordó el mapa profesional del 2010 y nos llevó a lugares muy diferentes. A Japón, por ejemplo. Otro mundo al que llegamos juntas para vivir una experiencia artística que ninguna de las dos habría sabido colocar dentro de lo que antes entendíamos por “hacer carrera”.
14 de septiembre 2026: Pocos días después de cumplir 75 años, la enorme Jean Smart ganó su quinto Emmy como protagonista de Hacks.
Jean tenía una carrera de, nada más, cincuenta años como actriz y había ganado nominaciones y premios, pero adivinen: como actriz invitada o secundaria. Deborah Vance le llegó a los 69 años, un personaje que no es la mamá de alguien ni la tía excéntrica ni la vecina chistosa. Es una perra fantástica que tiene dinero, ligues, vida sexual y un ego mayor a su fortuna. Es tan brillante como mezquina, ambiciosa y políticamente incorrecta, pero capaz de modelar su pensamiento, de cambiar… La historia no le exige ser buenita ni envejecer con gracia, la deja ser lo que es a los 70 años y le permite desear, ¡desear!
Jean Smart no nos demuestra que la industria haya cambiado —Ja: NO—. Pero abre una rendija, un halo de luz sobre el que se puede fincar cierta ilusión de que hay otros personajes posibles, de que podemos envejecer sin abandonar el centro de la historia porque los treinta años, los cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta, noventa o cien años femeninos no tienen por qué verse como nos han hecho creer.
Una mujer mayor puede escribirse con el mismo privilegio narrativo que durante décadas se concedió casi exclusivamente a los hombres: el derecho a que todavía le pasen cosas.
Aquí prendo una velita para santa Jean, patrona de actrices que nos negamos a confundir juventud con futuro, para derribar el mito de la invisibilidad después de los cuarenta y doy gracias a Adriana, Sonia Braga, Jean Fonda, Lily Tomlin, Kathy Bates, Kim Katrall… y todas las actrices que nos muestran a esos personajes que están lejos de ser únicamente “la mamá de…”.

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Claudia Silki. Actriz, dramaturga y creadora escénica. Ha participado en una veintena de puestas en escena como: Diana y la sombra, Nadie se va a reír, Telegramas, También ha incursionado como actriz en cine, radio y televisión, en proyectos entre los que destacan: La historia de Juana (2024), La Hora Marcada (2023), Falsos Falsificados (2017) y El Fantástico Mundo de Juan Orol (2012). En 2025 fue integrante de la residencia de Verano Suzuki Toga Camp, en Toga, Japón, sede de la SCOT Company, creada por el maestro Tadashi Suzuki.

