En el desaparecido periódico El Mexicano, de la OEM, había una sección policiaca que tenía mucho público entre la gente de barrio: Los Preciosos.
Ahí aparecían las fotografías de los malandrillos que habían terminado en manos de la autoridad, acompañadas de sus respectivas andanzas, aderezadas con la sal y pimienta necesarias para hacer más atractiva la lectura y con una buena dosis de sorna para exagerar los hechos. En aquellos tiempos bastaba con que el fotógrafo de la nota roja te agarrara en un mal día para que, al siguiente, medio barrio pudiera reconocerte en el periódico.
La sección tenía su encanto, aunque no precisamente para quienes aparecían retratados. Amanecer en la policiaca, con cara de pocos amigos y bajo la mirada curiosa de los vecinos, era suficiente para convertirse en tema de conversación. En Juárez, donde los apodos sobreviven a sus dueños y las historias pasan de una generación a otra, bastaban unos cuantos renglones para darte fama para rato.
En mi casa siempre hemos sido de querer a los animales. Perros, gatos y cualquier criatura que necesitara techo y comida encontraban la manera de hacerse un lugar entre nosotros. Por eso Junior, nuestro dóberman negro, era uno más de la familia. Bueno, uno más en el cariño, porque en tamaño y presencia les llevaba ventaja a varios.
El perro imponía nomás de verlo. Era alto, fuerte, de pecho ancho y con esa figura que hacía pensar que, si se enojaba, más valía tener un árbol cerca para treparse. A pesar de su apariencia, era cariñoso, juguetón y bastante inocente para el tamaño que se cargaba. No necesitaba que nadie lo entrenara para asustar gente: con presentarse tenía suficiente.
Por aquellos años pasaban una y otra vez en la televisión La banda de los dóberman. Era una película en la que un grupo de perros era entrenado para participar en un robo bancario. Quizá por eso la gente ya traía en la cabeza la idea de que aquella raza podía ser una máquina de hacer fechorías. A Junior nadie le había explicado que su tipo de can tenía fama de delincuente. Él iba por la vida tan campante, buscando cariño y cualquier oportunidad para jugar.
Mi padre, el profesor Miguel Ángel, le tenía mucho afecto. Como ocurre con los animales de la casa, uno termina acostumbrándose tanto a ellos que deja de reparar en lo que pueden provocar en los demás.
El problema comenzó cuando mi padre decidió llevarlo al Club Rosales, una cantina ubicada por la calle Fierro, entre Donato Guerra y 16 de Septiembre, en el barrio Arroyo Colorado. No sé si al profesor se le ocurrió que el perro podía acompañarlo sin mayor problema o si simplemente no vio razón para dejarlo en casa. Lo cierto es que llegaron juntos, sin imaginar que aquella visita acabaría en la nota roja.
El ambiente de la cantina era el de cualquier tarde entre parroquianos: las mesas, las botellas, la plática de los conocidos y Los Cadetes de Linares sonando en la rockola, mientras algún cristiano ahogaba sus penas de amor con una cerveza en la mano. Todo marchaba como de costumbre hasta que apareció Junior.
Bastó con que los clientes lo vieran para que se armara el alboroto. Alguien pegó el grito y, de pronto, los distinguidos consumidores de todo lo que contuviera alcohol comenzaron a levantarse de sus asientos, a hacerse a un lado, a buscar la salida o, en su defecto, a brincar detrás de la barra. Algunos todavía procuraban guardar la compostura; otros ya estarían pensando en cómo explicarle a la familia que una tarde de cantina había terminado con la aparición de una bestia de cuatro patas. A más de uno, incluso, se le bajó la borrachera que tanto trabajo y dinero le había costado.
Junior no entendía nada.
Desde su perspectiva, aquello era un juego de lo más divertido. Veía a los borrachitos moverse de un lado a otro y hacía lo que habría hecho cualquier perro emocionado: corretearlos para seguirles la corriente. Cuanto más gritaban, más se animaba él. Junior veía un montón de compañeros de juego que, por alguna razón, no dejaban de correr, mientras los parroquianos huían de lo que consideraban una bestia feroz.
La cantina se convirtió en un manicomio. Mientras unos buscaban cómo ponerse a salvo, el animal disfrutaba el desorden sin tener la menor idea de que era el responsable. Junior estaba haciendo todo lo posible por decepcionar a quienes esperaban que se comportara como una bestia feroz. El problema era que nadie se había tomado la molestia de preguntarle.
Alguien llamó a la policía.
Los agentes llegaron a poner orden y se encontraron con un profesor acompañado de un dóberman al que los presentes atribuían el terror de aquella tarde. La salida de mi padre, que seguramente había comenzado sin complicaciones, terminó convirtiéndose en un problema con la autoridad. El resultado fue que ambos terminaron detenidos.
Así llegaron el profe Miguel y Junior a la barandilla, en la famosa Cárcel de Piedra, en el cruce de la avenida 16 de Septiembre y la calle Oro. En Juárez bastaba mencionar aquel lugar para que cualquiera supiera de qué se estaba hablando. Era un destino poco agradable para pasar la tarde, mucho menos acompañado de un perro cuyo principal delito parecía haber sido entusiasmarse con unos desconocidos.
Junior, por cierto, no dio mayores problemas. Se comportó con la docilidad de siempre. Para quienes lo conocíamos, aquello era de esperarse; lo curioso era que el perro que en casa buscaba caricias hubiera terminado convertido, a ojos de los demás, en una amenaza pública.
Mi padre también se tomó el asunto con una tranquilidad que, vista desde fuera, podía parecer desconcertante. Decidió quedarse detenido unas horas en lugar de apresurarse a pagar una multa para salir del apuro. No sé si fue por orgullo, por no darle gusto a nadie o porque simplemente consideró que no había que hacer tanto escándalo. El caso es que prefirió aguantar antes que resolver el asunto como esperaban las autoridades.
Y entonces entró en escena El Mexicano.
Un fotógrafo del periódico consiguió la imagen que necesitaba para la sección Los Preciosos. La historia tenía todos los ingredientes para una buena nota policiaca: una cantina alborotada, clientes aterrorizados, policías, un profesor detenido y un dóberman al que le atribuían más peligrosidad que a un asaltante de bancos. Difícilmente podía pedirse una combinación más atractiva para el lector de la nota roja.
Al día siguiente apareció la noticia con un encabezado que terminaría haciendo historia en mi familia:
EL PROFE DÓBERMAN.
Según recuerdo, la nota presentaba a mi padre como el responsable de aterrorizar una cantina con una bestia entrenada que hasta le llevaba botellas de licor para consumir, mientras mantenía a raya a los clientes bajo las órdenes de su dueño. La versión periodística exageraba considerablemente las habilidades del perro que conocíamos en casa. A Junior le faltaba poco para aparecer como integrante de una banda criminal, de esas que uno veía en las películas de la época.
Y así fue como mi padre consiguió un apodo que ni sus alumnos ni sus conocidos le habrían puesto por cuenta propia. Se convirtió, para quienes leyeron aquella nota, en el Profe Dóberman. Junior, por su parte, pasó de ser el consentido de la familia a convertirse en una especie de leyenda de cantina.
Ya sabemos cómo funciona el teléfono descompuesto. Alguien cuenta lo que vio, otro le agrega un detalle y un tercero le pone más salsa. Cuando la historia vuelve a quien la contó primero, el perro que había entrado jugueteando al Club Rosales está a punto de comerse al cantinero, mientras su dueño aparece como el cerebro de una peligrosa operación. En el barrio, una buena historia nunca se queda quieta.
Con los años, el episodio se convirtió en uno de esos recuerdos familiares que se cuentan porque todavía provocan una sonrisa.
Aunque, si alguien le hubiera preguntado a Junior, seguramente habría contado la historia de otra manera: había salido con su dueño, conoció a un montón de señores que corrían muy rápido y se divirtió como nunca. Lo de la cantina, la cárcel y el periódico fueron asuntos de los humanos.

