A finales de los años noventa, mientras Ciudad Juárez era reducida en los titulares a cifras de violencia, en sus muros comenzaba a gestarse otra narrativa: la del arte urbano como resistencia. Entre esténciles, stickers y figuras icónicas como Tin Tan, una generación transformó la calle en lienzo y protesta.
Uno de los artistas gráficos más notables de esta frontera es David Flores, quien en esta entrevista con Poetripiados recorre el origen de ese movimiento fronterizo, sus primeras intervenciones y la convicción de que el arte no debía aislarse en galerías, sino dialogar con el barrio, como parte viva de la identidad cultural de Ciudad Juárez. Es un testimonio sobre identidad, comunidad y la fuerza creativa que también define a la ciudad.
-Vamos a remontarnos a esas gráficas que se volvieron icónicas en Ciudad Juárez y que comenzaron a aparecer hace varios años en espacios como el Ribereño y las principales avenidas de la ciudad. Muchos juarenses las recuerdan bien. ¿Cómo surgió esa etapa del stencil y qué significaron para ti aquellas intervenciones con imágenes de personajes como Tin Tan y El Loco Valdés?
Fue prácticamente el inicio de lo que después se conocería como el street art en Juárez. Afortunadamente, tuvimos el privilegio de estar desde el primer día en que comenzaron a aparecer este tipo de manifestaciones interviniendo el espacio público. Todo empezó con plantillas tamaño carta. A inicios de 1999 saqué el diseño de Rezizte. Primero fue una serie de stickers de Tin Tan; de esos stickers elegí un diseño y lo pasé a plantilla tamaño carta. Luego lo hice tamaño oficio, después doble carta, y fue con ese formato más grande que empecé a conocer a otros artistas que aún estudiaban en la IADA, aquí en la UACJ: Yorch, Mitín, Coral, Jonathan, Baltazar y Lisset. Todos teníamos inquietudes similares: nos interesaba lo que estaba pasando en la ciudad y estábamos atentos a la problemática social, política y económica que ya se asomaba desde entonces.
Comenzamos a reunirnos los miércoles en el Café Mediterráneo, que estaba en la López Mateos, casi esquina con el Malecón. Después de un mes de reunirnos, y motivados por un amigo que trabajaba ahí, Bifi —quien hasta hoy nos sigue apoyando mucho en todo lo que hacemos—, surgió la idea de exhibir nuestro trabajo en un espacio cerrado. Él fue quien nos dijo: si ya comparten tantas cosas, ¿por qué no hacer una exposición?

Así armamos una expo en el Café Mediterráneo. Asistió bastante gente; incluso hubo personas formadas afuera para entrar. Tuvimos una banda en vivo, una de rock alternativo, y para nosotros fue una experiencia inolvidable: la primera vez que expusimos en un espacio cerrado. Al salir, recuerdo que nos fuimos por unas birrias y nos preguntamos: “¿y ahora qué sigue?”. Decidimos organizarnos para hacer otra exposición, pero ahora en la calle.
Empezamos a intervenir señales de tráfico y algunos cruceros principales con mensajes como “Alto al feminicidio”, idea de Coral Simón, quien también fue miembro fundadora del colectivo Rezizte. Ella propuso el concepto, Jonathan hizo el diseño y entre todos lo cortamos y lo pegamos.
La campaña Rezizte, que yo venía trabajando desde 1999, fue abrazada por los demás miembros del colectivo. En ese entonces nos nombramos Máscara 656, porque utilizábamos la plantilla como símbolo y queríamos cubrir el rostro “feo” de la ciudad con color e identidad. Siempre buscamos que las imágenes del colectivo REZIZTE reflejaran ese orgullo por la identidad fronteriza de Juárez–El Paso.
-Si nos vamos todavía más atrás, antes de tu etapa universitaria, ¿cómo surgieron tus primeras inquietudes artísticas? ¿Cuáles fueron esos primeros contactos, influencias o experiencias que despertaron en ti las ganas de iniciarte en este camino?
Yo considero que una de mis principales influencias fueron los “placazos” cholos y los murales de In Memory Of que había en La Chaveña, donde vivía mi abuela. Mi padre aún tiene un taller en Los Cerrajeros y yo estudié la primaria en la Miguel Hidalgo, así que crecí rodeado de esa gráfica chola de los años ochenta que veía todos los días camino a la escuela. Todo eso fue nutriendo mi mirada.

Más adelante, me impactó profundamente ver a Otto Campbell pintar con la Sociedad de la Esquina un mural en gran formato, que podría considerarse el primero monumental en la ciudad. Lo llamaban extraoficialmente “el mural de la Catrina”, porque estaba ubicado sobre la Ferrocarril, en la I-16.
En ese tiempo, mi madre se dedicaba a la costura, así que casi cada fin de semana cruzábamos a El Paso para comprar telas e insumos. Siempre pasábamos por la Ferrocarril, cruzando las vías del tren. Recuerdo que un día le dije: “Mamá, están pintando, quiero ir a ver, quiero acercarme”. Pero ella me respondía: “No, no te cruces, son puros cholos”. Esa frase se me quedó muy grabada.
Aun así, cruzamos la calle. Yo tenía ocho o nueve años y mi mamá no me soltaba de la mano, porque pensaba que eran malandros los que estaban pintando. Sin embargo, estaban coordinados por Otto Campbell, quien años después, en 1995, cuando ingresé a la UACJ a estudiar Diseño Gráfico, fue mi profesor de dibujo durante dos semestres. Fue como cerrar un ciclo: aquella imagen suya, trabajando en andamios, pintando en gran formato, me marcó tanto que decidí dedicarme al muralismo.
En 2008 tuve otra experiencia decisiva. El Consulado de Estados Unidos trajo a una muralista internacional, Michelle Ángela Ortiz, nacida en Filadelfia de padres latinos, para intervenir un espacio conocido como el Arroyo del Indio. Ese lugar había sido escenario de una tragedia: tras una fuerte lluvia, se rompió una presa cercana a la piedrera y el agua arrasó con tres colonias.
Fechac apoyó la reconstrucción del área y, junto con el Consulado, gestionó la llegada de la artista. Ella necesitaba apoyo, y en ese momento yo colaboraba con el Consulado impartiendo talleres en comunidades de la periferia, así que me contactaron. Michelle me capacitó en la técnica y yo convoqué a varios artistas locales, además de algunos alumnos de la universidad, para sumarnos al proyecto.
Fue una experiencia muy significativa, porque me acercó a otro nivel del muralismo: el muralismo comunitario y el arte público. También aprendí una técnica que hasta hoy sigo utilizando, conocida como parachute cloth o polytab. Fue un momento clave en mi formación y en la manera en que entendí el arte como un trabajo colectivo y transformador.
–En una ciudad atravesada por conflictos y fracturas sociales, ¿cuál es la función de la gráfica dentro del espacio público?
Pues yo considero que, como artistas, tenemos una responsabilidad social de asumir una postura y manifestarla a través de la gráfica, ya sea mediante stencil, sticker, póster o mural. No podemos mantenernos enajenados ni quedarnos únicamente en un viaje introspectivo como artistas. Vivimos en una sociedad que está afectada por varios frentes y, ante eso, tenemos que expresar nuestra postura.
Apoyar una causa social siempre enriquece el alma. Deja una riqueza que no es material, pero que nos fortalece a futuro. Por ejemplo, nos acerca a personas que nos llevan a conocer otras causas y espacios con los que podemos solidarizarnos.

Siempre hemos tenido una marcada inclinación social, al menos en lo personal, y este espacio de Biznaga Laboratorio, ubicado arriba de Calaveras y Diablitos en Vicente Guerrero 1750, entre Perú y Colombia, que codirijo junto con la artista Ana Infante, también busca generar eso: abrir las puertas a estudiantes de cualquier disciplina creativa o a artistas que hayan abandonado la práctica por falta de espacio o de herramientas. Queremos facilitarles no solo un lugar de trabajo, sino también asesoría, herramientas y acompañamiento mutuo.
El camino del artista es complicado, sobre todo porque Juárez no es una ciudad turística como Oaxaca, Zacatecas, Aguascalientes o Jalapa, donde ya existe un mercado del arte consolidado. A nosotros nos ha tocado picar piedra y queremos apoyar a estas nuevas comunidades de artistas, a esta nueva generación que viene con todas las ganas y que requiere de nuestra experiencia y apoyo.
-Has sido invitado a diversos festivales, tanto nacionales como internacionales. ¿Cómo describirías tu experiencia en esas participaciones?
Desde la primera vez que nos invitaron a salir de la ciudad, que fue a la ciudad de Chihuahua, y después cuando salimos del estado hacia Oaxaca —de hecho, regresamos hace dos semanas—, hemos retomado el contacto con estudios de gráfica, galerías y artistas con los que llevamos años de conocernos. A través de redes sociales hemos mantenido la comunicación, pero siempre es muy bonito volver a encontrarnos en persona.
Pues ha sido muy enriquecedora, porque nos ha permitido conectarnos con artistas de otras latitudes. Ellos se han solidarizado con nuestras causas y nosotros con las de ellos, y así hemos mantenido buenas relaciones a lo largo de los años.
En el ámbito internacional, las invitaciones que hemos recibido, tanto en Europa como en Sudamérica, han sido oportunidades para generar nuevas amistades y contactos que nos permiten seguir colaborando a la distancia.
-¿Cómo perciben la ciudad desde fuera? En los lugares que has visitado, ¿qué imagen se tiene de ella?
Híjole, siempre nos han visto como una ciudad peligrosa, como una ciudad de alto riesgo. Incluso cuando vivía en la Ciudad de México, la gente se espantaba de que yo pudiera vivir, o de que mi familia siguiera viviendo en Juárez. En Europa, por supuesto, éramos un foco de atención mundial; en esa época se nos consideraba la ciudad más violenta del mundo, al lado de la más pacífica, que era El Paso.
Cuando fuimos a Chile, la gente también estaba sorprendida. Los venezolanos, desde 2010, estaban muy familiarizados con lo que pasaba aquí y sentían empatía porque veían que su país atravesaba situaciones similares. Colombia también se ha identificado mucho con nosotros. De hecho, ahora tenemos un lazo muy cercano con el Instituto Bogotano del Corte.

Cuando abrimos este espacio, dijimos que sería un espacio hermano del Instituto Bogotano del Corte. Nosotros empezamos como Biznaga Laboratorio de Corte Fronterizo y, con el tiempo, surgieron cambios hasta convertirnos en Biznaga Lab Coworking Creativo, para abrir las puertas a la comunidad fronteriza de El Paso con talleres y ofrecer el espacio como coworking. La idea es que artistas o estudiantes que no tengan un lugar donde crear puedan venir aquí a hacerlo.
-Háblanos un poco sobre cómo inició el proyecto Biznaga Laboratorio.
Pues yo llegué aquí gracias a Chabelo, amigo y colaborador de hace mucho tiempo. Él es quien tiene Calaveras y me comentó que estaban arreglando, de manera muy austera y sin lujos, los espacios de arriba. Me dijo que, si quería ir a verlos, me lanzara, porque estarían en una renta accesible.
Cuando vine, de inmediato le eché el ojo a uno de los espacios en los que ahora estamos. Ya estando aquí, noté que el de enfrente estaba más amplio y que funcionaba muy bien para proyectar y dar talleres, precisamente por el tamaño. Así que, aunque ocupé primero uno, siempre tuve en la mira el otro. Después de tres meses empecé a rentar ambos y ya no los hemos soltado. Llevamos aquí dos años y cuatro meses ocupando este espacio y esperamos permanecer un tiempo más, aunque también veremos hacia dónde nos mueve la propia dinámica del lugar.
El espacio nos ha llevado a colaborar con músicos, titiriteros como Etuga y DJs. Aquí realizamos el encuentro de norteñas contra cumbias, que fue impulsado por Oscardo, vocalista de Cachimbo, quien antes también tuvo aquí un espacio llamado CUBO (Cultural Border). Además, había un estudio de tatuajes, y entre todos comenzamos a colaborar y a organizar eventos conjuntos en los tres espacios, junto con Set, el estudio de tatuajes del Bar Real.
Ahora el estudio de tatuajes se fue a El Paso y Cultural Border está buscando otro lugar para reiniciar actividades. Nosotros seguimos en contacto y apoyándonos también a través de redes.
-¿Cuál consideras que es el papel del artista dentro de la sociedad?
Pues yo considero que el papel es ser la voz de los que no tienen, para empezar. Esa es, para mí, la principal tarea que debemos asumir los artistas. Por ejemplo, cuando se colabora con familias de personas desaparecidas, con comunidades indígenas que están en riesgo de perder su territorio o simplemente con fronterizos, que siempre tenemos en riesgo nuestra identidad, se trata de apoyar para fortalecer la identidad de un espacio, reclamar un territorio, recordar el nombre de las víctimas de desaparición y que dejen de ser un número. Ahí es cuando el arte que hacemos empieza realmente a tener valor.
De nada sirve estar en las mejores galerías del mundo si no tenemos empatía con la comunidad. Yo siempre he preferido estar en barrios que consideran violentos, en barrios periféricos, que estar, no sé, cuando nos invitaron a participar con tres piezas en el Cooper Heaven, que es del Smithsonian, pues fue algo muy chido, pero la neta siempre he preferido que mis piezas estén en la calle, que la gente interactúe con ellas, incluso que las intervengan o que las vandalicen hasta cierto punto, porque te sensibiliza estar en la calle, que la plataforma de tu obra sea la calle. Eso es más valioso que una pared de una galería o de un museo, aunque sea de los más finos o de los más renombrados.
Pienso que si un artista solamente realiza trabajo introspectivo, que también es muy válido, la obra no va a trascender más allá de tu familia o tus conocidos, pero no va a tener un impacto social, y ese impacto es lo que realmente perdura. Cuando uno se muera, a lo mejor, si hubo un coleccionista que te compró una pieza, va a estar en su sala o la va a prestar a alguna galería en alguna ocasión y ahí se acabó. Pero si tu obra se queda en la calle o la vio gente en la calle, esa gente también va a morir con esa imagen en la mente. Yo creo que lo que queremos permear es la gente, el transeúnte, la gente a pie, la que vive todos los días en la calle. Eso es lo que considero más valioso.
¿De qué me sirve que me compre un coleccionista en otro país y que ahí muera esa obra, que muera solo como algo ególatra, para adquirir un estatus social o económico? Prefiero que me tengan en la calle, que repartan mi obra en una marcha. Incluso cuando murió un compa que era activista y que ya estaba muy movido apoyando a las comunidades, se me hizo muy bonito que, cuando él murió, pusieran una imagen de un stencil que yo le hice en cada árbol, porque como la gente es de muy bajos recursos, dedica árboles a las personas que aprecia y valora, y estaba ahí una impresión del stencil que yo le diseñé.
Se me hizo un homenaje muy bonito y pensé que eso es más chido que estar en un museo o donde sea. Al final, ese es el éxito para mí, aunque para otros artistas pueda representar cosas muy distintas. Para mí, el éxito es tener 50 años y seguir dedicándome a lo que hago, y seguir tocando temáticas sociales.
Claro que hago jale comercial, porque la renta se tiene que pagar, los recibos de luz y agua también, los hijos tienen colegiaturas y comen, y hay que cumplir con todas esas obligaciones económicas. Pero fuera de eso, el jale que más disfrutamos hacer es el social, el que está cargado de temáticas que le dan voz a quienes no la tienen.
-Oye, ¿eres juarense al cien por ciento, verdad? Cuéntanos un poco en qué colonia creciste y cómo era el juarense en aquel entonces.
Pues yo nací aquí, en la colonia Chaveña. Ahorita el estudio lo tenemos en el Barreal, que también es otro de los siete barrios originarios, igual que La Chaveña. Ahí nací y crecí toda la primaria. Mi papá aún tiene un taller en Los Cerrajeros, es electricista, y en los ochentas me tocó crecer ahí como niño, feliz, porque en Los Cerrajeros conseguía los juguetes que estaban de moda en esa época, todos los de He-Man y G.I. Joe los tenía gracias a Los Cerrajeros.

Entonces ahí estábamos los jueves esperando que descargaran los camiones con mercancía que venía de Estados Unidos, porque si no, no hubiéramos tenido acceso a esos juguetes, ya que no contábamos con la solvencia económica. Posteriormente me moví a La Galeana, porque mis papás tenían allá un terreno donde construyeron una casa, así que dejaron de vivir en La Chaveña y me llevaron a vivir a La Galeana.
La secundaria la cursé en la Industrial, en la Federal 4. Cuando estaba terminando en la Federal 4, mis papás, preocupados porque me veían con indumentaria chola, decidieron sacarme del barrio. Pensaron que alejándome se me iba a quitar lo cholo y me llevaron a San Ángel, donde mi papá compró una casa.
Ahí nunca me sentí parte de ese fraccionamiento. Incluso ahora que mi madre murió y la casa me la heredaron, no la he habitado. Me siento más parte de estos barrios antiguos y yo creo que por aquí voy a morir, en alguno de los barrios originarios de Juárez, la neta.
-¿Cuál es la diferencia de aquel Juárez al de ahora?
Híjole, pues para empezar, antes había menos inseguridad. Yo podía jugar en la calle, en el callejón de Emiliano Zapata, aquí en La Chaveña, donde vivía mi abuela. Me la pasaba jugando, incluso en La Galeana, que era un barrio más periférico y sin pavimentar. También me la mantenía jugando al bote volado, al chinchilagua y a todos esos juegos que ahora se han ido perdiendo, lamentablemente, con la tecnología y después de la pandemia, que volvió tan individualistas a los chavos.
Yo tengo un adolescente de 17 años y a él le tocó estar en sexto de primaria y pasar a la secundaria en esa época. Yo veo que no son tan sociales como éramos nosotros en los ochentas. En los ochentas te organizabas con el barrio para jugar; si querías jugar fútbol, a la traya o lo que fuera, era algo muy comunitario. Ya en los noventas se empezó a sentir un poco más el cambio por la inseguridad.
Por ejemplo, a mi jefa, que iba a trabajar a la maquila, una vez la quisieron levantar en un carro y terminó aventándose; se descalabró, dejó de trabajar en la maquila y desde entonces ya me vigilaba más, me decía que nada más aquí enfrente, que ya no me fuera para allá. Esos eran los principios, yo creo finales de los noventas o inicios de los noventas, cuando pasó eso, y fue entonces que mi mamá dejó la maquila.
Yo todavía en la secu me movía en el barrio. En la prepa ya fue distinto, porque me movía más en otros rumbos, ya que estaba en la prepa de El Chamizal.
Que de hecho, Blas García Flores y yo éramos los únicos cholos ahí en la prepa El Chamizal. A pesar de ser de distintos barrios, él de la Altavista y yo de La Chaveña, siempre fuimos compas por ser los únicos cholos entre todos los fresas.
Pero estuvo chingón, porque siempre nos hemos identificado con la vida de barrio. Nunca nos hemos sentido de fraccionamiento, aunque llegamos a vivir en San Ángel. Yo nunca me sentí de ahí y, para mí, ser de un barrio originario de Juárez es parte de mi identidad.

A donde voy, eso me conecta. En Tepito he hecho muchas colaboraciones, proyectos y hemos pintado murales. Mi comadre, que en paz descanse, siempre me abrió las puertas del barrio y me decía que yo también venía de barrio y que mi barrio era su barrio. Es una hermandad barrial que he sentido no solo en México, sino también en otros países.
Ha sido algo muy chido. Donde vas, el barrio te representa y allá te identificas con otros barrios. Eso pasa mucho como con las barras de fútbol, que a nivel internacional se apoyan.
En la Ciudad de México, cuando estuve viviendo allá, siempre me sentí bien respaldado por Garibaldi, La Lagunilla, Tepito e Iztapalapa. Incluso vivimos ahí un tiempo para desarrollar un proyecto y fue algo muy chido.
Si yo no fuera de un barrio originario de Juárez, de un barrio viejo, creo que no me sentiría a gusto ni seguro en ese tipo de barrios. Me da gusto que después de un tiempo ya haya proyectos con asociaciones civiles y fundaciones que me hablan porque dicen que soy de barrio de Juárez y que no me da miedo entrar a barrios bravos. Pues no, al contrario, me siento como en casa, me siento chido de poder identificarme con los códigos de otros barrios.
Entonces siento que, aunque mis padres trataron de sacarme del barrio, el barrio no sale de uno.

